12/12/2010

La bolsita de Muñeca



Una calle fría y tranquila. Diciembre ya había entrado hacía días. La oscuridad recortaba algunas sombras de farolas contra el ladrillo de los edificios en silencio. Amenazaba con llover.

Muñeca miraba al cielo estrellado de vez en cuando, con sus ojos grandes y brillantes de color lila grisáceo. Andaba despacio, sin prisas, disfrutando del tacto del viento frío contra su inorgánica piel. Como todas las noches de invierno, atravesaba los barrios de la ciudad con rumbo a ningún lugar. Si algún cuervo se posaba sobre su hombro, ella sacaba una bolsa marrón del bolsillo de su vestido blanco de flores violetas y le ofrecía unos cuantos granos de maíz correosos que sacaba con sus congelados y largos dedos articulados. El cuervo los devoraba en segundos, alzando el vuelo con majestuosa maestría y dejándole a Muñeca como regalo una o dos plumas negras, que ella depositaba en otra bolsita que guardaba en su vestido. Cuando llegaba a su casa, abría la bolsita con cuidado y colgaba todas las plumas recogidas esa noche en la pared de su habitación. Tenía ya tantas que cualquiera que la hubiese visto, diría que aquella habitación estaba envuelta en alas de cuervo.

Esa noche, sin embargo, ningún pájaro se había posado todavía en su hombro. En las calles sólo reinaban silencios como cristales rotos. Ni gatos buscando en la basura, ni gruñidos de borracho, ni aleteos majestuosos. Era la calma absoluta. El ojo del huracán. Todos los personajes que pudiera haber colocado en esa noche fría y tranquila, estarían en este momento observando a Muñeca desde la distancia. Porque el peligro, lectores míos, soplaba en su espalda. Y nadie querría acercarse a él.

-Eres preciosa.

La voz de aquel hombre despreciable sonaba quebrada y desgarraba, quemada por años de adicción al tabaco y al alcohol. Su boca de dientes amarillos y podridos sonreía cruelmente, exhalando bocanadas de vaho con cada expiración fatigosa. Los ojos, plagados de venas enrojecidas, permanecían clavados en el hermoso cabello de Muñeca.
Ella se dio la vuelta. Sus ojos lila grisáceo coincidieron con los amasijos de venas que componían la mirada de aquel hombre.

-¿Quieres algo?

-Te quiero a ti.

Muñeca sonrió. La ligera curvatura que apareció en sus labios destilaba seguridad y elegancia, y no se parecía en absoluto a la mueca grotesca que se suponía que era la sonrisa de su acosador.

-Sabes que no puedes tenerme. No dependo de tu voluntad.

El acosador ensanchó aun más su mueca, mostrando su dentadura decadente en toda su putrefacción.

-Me parece que sí.

Y, como activado como un resorte, levantó la pistola que guardaba debajo de su abrigo sucio y raído. El cañón relució a la luz de las farolas, apuntando a la frente despejada de Muñeca.

-¿Dependes ahora de mi voluntad, o todavía no? – pronunció insultante, con su voz quemada.

Muñeca no se inmutó. Tampoco sus labios dejaron de curvarse en aquella enigmática sonrisa.

-No.

El acosador comenzó a inquietarse. Esperaba que ella gimiera pidiendo compasión, que sus ojos se abrieran de terror, que su frente se perlara de gotas de sudor, o tan siquiera que gritase pidiendo auxilio. Pero nada de eso sucedió. Muñeca seguía inmóvil frente a él. Retándole.

-Te… te… volaré la cabeza, maldita.

La pistola comenzó a temblar.

-Hazlo.

El hombre disparó.

No vio otra alternativa, y los nervios le sobrepasaron, así que disparó. El sonido del disparo rompió el silencio de la noche en millones de pedazos, y una bala surgió de la pistola que temblequeaba con la frente de Muñeca como destino. La bala rebotó con violencia contra ésta y luego cayó al suelo, provocando un leve tintineo al chocar contra la acerca congelada.

Muñeca seguía sonriendo.

-¿Qué… qué coño eres tú? – balbuceó nervioso el violador que casi se convierte en asesino.

-Una bala de goma no puede hacer nada contra una Muñeca de acero.

Ella comenzó a caminar, reduciendo la escasa distancia que los separaba, con la misma sonrisa que destilaba seguridad, aunque ahora empezaba a tornarse un tanto siniestra.

-¿¡Qué haces!?

El violador que casi se convierte en asesino gimió pidiendo compasión. Sus ojos se abrieron de terror, su frente se perló de gotas de sudor y gritó desesperadamente pidiendo auxilio.

Esa noche Muñeca no llevó plumas negras a su habitación, pero sí regresó a casa con la bolsita llena.

07/12/2010

El reencuentro

-Buenos días, doctor. Lo estábamos esperando.

El médico esbozó una sonrisa. Aunque más bien se diría que ya la llevaba puesta de casa. Resguardado en una gabardina gris oscuro y con un maletín negro en la mano derecha, se introdujo en el recibidor, invitado amablemente por la mano de aquella señora alta y delgada de semblante preocupado.

-La tía Rosario está cada vez peor, ya no puede ni tragar el alimento. Esperamos que usted dé con el mal que nos la está consumiendo poco a poco, porque francamente, también nos está consumiendo a nosotros.

Mientras seguía a aquella mujer por el pasillo, y sin terminar de extinguir su templada sonrisa, dedujo que el “nosotros” se refería a ella y a su marido, que hacía guardia al lado de la puerta que no tardaron en cruzar. En aquel caserón lóbrego y antiguo no había niños. No respiraba su esencia, sólo humedad y nostalgia.

-Éste es el dormitorio donde se encuentra ella.

El médico tampoco respondió esta vez. Tan sólo se adentró en aquella enorme habitación de paredes granates y posó sus ojos sobre un bulto que yacía inmóvil debajo de una desmesurada manta verde.

-Les dejo solos, doctor – murmuró la mujer con gesto circunspecto, no carente de cierto recelo. Cerró la puerta tras de sí, y entonces, el bulto se movió.

-Javier…

El médico se acercó con paso calmado hasta Rosario y se sentó en la cama, a su lado. Con delicadeza, y sin perder la sonrisa, comenzó a acariciarle los blancos cabellos mientras pronunciaba sus primeras palabras en aquella casa inmensa:

-Ahora ya no me llaman así.

Los pequeños ojos de la anciana asomaron de entre aquel mar de mantas para escrutar con atención a su interlocutor.

-Ya. Lo suponía.

El silencio reinaba entre ellos sin tiranía. La ausencia de palabras provocaba en los dos una calma y una dulzura difíciles de describir si no se sienten. Hablaban con los ojos, y se reconocían con el corazón.

-Has tardado cuarenta años en volver-. El tono de la anciana no era de reproche; más bien de melancolía.

-Tardé diez años en volver a nacer, pero no he parado de buscarte desde entonces.

Ella suspiró. Había pasado demasiado tiempo haciéndose preguntas, estancada en la incertidumbre de si él volvería alguna vez, tal como le había prometido justo antes de morir. Sin embargo, él también le había exigido algo a cambio de volver. Le había ordenado que fuera feliz.

-Debiste haber rehecho tu vida, Rosario. Debiste haber amado a otro hombre, haber tenido hijos, haber sido feliz.

El médico había dejado de sonreír. Pero ella ya no lo miraba. Sus ojos, cansados y abatidos, se centraban en algún punto incierto de la pared.

-¿Crees que habría podido?

Esta vez, el silencio comenzó a hacer daño.

-¿Crees que habría podido tener algún niño y haberlo amado, sin ver en sus ojos un verde tan puro como el que tienen los tuyos?



El silencio siguió haciendo más daño.

-Podrías haberlo intentado… - la voz del doctor era queda, apenas un ruego.

-Desde el momento en el que había acabado tu vida, yo sólo podía esperar el fin de la mía. Y eso hice, con la esperanza de que cuando llegase el momento, tal como yo te había acompañado, tú me acompañarías a mí.

El hombre que se había llamado Javier en otra vida volvió a sonreír, esta vez con amargura.

-Está bien. He vuelto a nacer, te he buscado y te he encontrado. Dime qué es lo que debo hacer ahora, porque no lo sé.

Rosario comenzó a llorar débilmente, tiñendo sus palabras de ligeros temblores.

-Sólo acompáñame.

Él la abrazó como nunca había abrazado a nadie, por lo menos en esa vida. Sintió su miedo, pero también sintió su esperanza.

-Vuelve a tocarla, Javier. Vuelve a tocarla una vez más.

Y él se perdió entre las teclas del piano que lo esperaba en una esquina de la amplia estancia. Aquel piano que conocía tan bien.