-Parece que va a llover –respondió Geon, escrutando con sus diminutos ojos turquesa la enorme maraña de nubes sin fin que correteaba desbocada por el cielo.
-Por eso mismo –insistió su compañero-. Además, el viento cada vez se hace más fuerte. Corramos hasta el pueblo.
Pero Geon no quería marcharse. La lluvia tenía algo que lo hipnotizaba. De niño solía saltar encima de los charcos entre los gritos de su madre, que quería que se retirase. Le encantaba salpicarse entero, y sentir cómo las gotas de agua lo acababan empapando por completo.
-Tu afición por el agua me asusta en ocasiones –reprobó Eloin-. A este paso, acabarás arrastrado por las turbulencias de una riada.
-El agua es la vida –contestó Geon, ignorando la mirada de su compañero como había hecho desde el inicio de la conversación-. La muerte en el agua no es más que un nuevo nacimiento.
-Estás loco, compañero.
Las gotas ya anunciadas comenzaron a caer con sigilo. Los susurros de las ramas lejanas zarandeadas por el viento parecían entonar una canción.
-Será mejor que baje yo solo al pueblo- determinó Eloin-. No estoy seguro de que vayas a seguirme, pero no deseo quedarme por más tiempo aquí.
Su amigo asintió con la cabeza, y él se puso a caminar con prisa, moviéndose inquieto sobre una hierba más húmeda cada vez. Al pasar al lado del riachuelo, no pudo evitar acordarse del ángel. Sabía que ahora estaría en el cielo, pero le dio miedo acordarse de la maldad de los hombres de la aldea. Aquellos vecinos que lo saludaban todas las mañanas al ir a pescar.
Me encanta la palabra "desbocado", úsese donde de use. Mola Marta, Mola.
ResponderSuprimir