Como Narciso, siempre miraba su reflejo en el agua. Ella, la
ninfa más bella, una criatura resplandeciente que haría llorar a los ángeles.
La lluvia hacía meses que se había marchado.
Ella odiaba el frío. Hundía su piel de porcelana en aquel
remanso del río, y nada podía romper la magia. El bosque era su casa, y le daba
de comer.
Criatura solitaria. Nunca se daba por enterada cuando venían
las tormentas. Después de todo, no hace falta ayudar si no se sabe que hay un
problema.
***
Nadie escuchó aquel trueno. Ni siquiera vieron la luz cuando
el árbol prendió. Hay que tener cuidado con los rayos. Malditas cerillas
divinas.
Ella jugaba con el agua. Transparente y limpia, como su piel,
resbalaba por las montañas y nunca era la misma. Pero el río siempre estaba
allí. Siempre lo estaría. Él le llevaría a nuevas tierras, le enseñaría la
salida.
Para ella no había problema. Por lo tanto, no había
problema.
El fuego gruñía. Los árboles fallecían a su paso,
convirtiéndose en negros esqueletos que lamentarían su propia muerte, como
fantasmas solitarios, durante las largas noches de invierno por siempre jamás.
La ceniza y el humo negro tapaban al sol, sumiendo en la gris
semioscuridad aquel entierro forestal. Los animales, desbocados en frenética
carrera por escapar de las llamas, no tenían tiempo de mirar atrás para ver
cómo su casa se desmoronaba.
Los que perecían quemados ni siquiera se daban cuenta de ello.
Los que perecían quemados ni siquiera se daban cuenta de ello.
La ninfa contemplaba su reflejo en el agua, recortado a
contraluz por los brazos del fuego. Se preguntaba qué bosque tendría el honor
de ser su nuevo hogar, qué nuevos seres tendrían la suerte de contemplar su
belleza inmaculada sumergiéndose en las aguas.
Tras su espalda, las otras ninfas se desesperaban en un angustioso afán por apagar las llamas.
***
Más de un día tardó el fuego en devorar aquel bosque por
completo. Y cuando lo hizo, la ceniza humeante en la que se había convertido el
suelo no dejaba ni siquiera arrodillarse
para rezar por la catástrofe.
Entonces, ella salió del agua y recogió su ropa para
marcharse.
Otra ninfa la esperaba detrás, con dolor en la mirada.
-El bosque entero se ha quemado, y tú no has hecho nada para
salvarlo.
Ella no contestó. Había vuelto la vista al río, y no podía dejar
de mirar su propio reflejo.
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Muchas gracias por comentar, buena persona ^^