16/10/2011

Árboles que mueren


Como Narciso, siempre miraba su reflejo en el agua. Ella, la ninfa más bella, una criatura resplandeciente que haría llorar a los ángeles.

La lluvia hacía meses que se había marchado.

Ella odiaba el frío. Hundía su piel de porcelana en aquel remanso del río, y nada podía romper la magia. El bosque era su casa, y le daba de comer.

Criatura solitaria. Nunca se daba por enterada cuando venían las tormentas. Después de todo, no hace falta ayudar si no se sabe que hay un problema.

***

Nadie escuchó aquel trueno. Ni siquiera vieron la luz cuando el árbol prendió. Hay que tener cuidado con los rayos. Malditas cerillas divinas.




Ella jugaba con el agua. Transparente y limpia, como su piel, resbalaba por las montañas y nunca era la misma. Pero el río siempre estaba allí. Siempre lo estaría. Él le llevaría a nuevas tierras, le enseñaría la salida.

Para ella no había problema. Por lo tanto, no había problema.

El fuego gruñía. Los árboles fallecían a su paso, convirtiéndose en negros esqueletos que lamentarían su propia muerte, como fantasmas solitarios, durante las largas noches de invierno por siempre jamás.
La ceniza y el humo negro tapaban al sol, sumiendo en la gris semioscuridad aquel entierro forestal. Los animales, desbocados en frenética carrera por escapar de las llamas, no tenían tiempo de mirar atrás para ver cómo su casa se desmoronaba.
Los que perecían quemados ni siquiera se daban cuenta de ello.

La ninfa contemplaba su reflejo en el agua, recortado a contraluz por los brazos del fuego. Se preguntaba qué bosque tendría el honor de ser su nuevo hogar, qué nuevos seres tendrían la suerte de contemplar su belleza inmaculada sumergiéndose en las aguas.

Tras su espalda, las otras ninfas se desesperaban  en un angustioso afán por apagar las llamas.

***

Más de un día tardó el fuego en devorar aquel bosque por completo. Y cuando lo hizo, la ceniza humeante en la que se había convertido el suelo no dejaba ni siquiera arrodillarse para rezar por la catástrofe.
Entonces, ella salió del agua y recogió su ropa para marcharse.

Otra ninfa la esperaba detrás, con dolor en la mirada.

-El bosque entero se ha quemado, y tú no has hecho nada para salvarlo.

Ella no contestó. Había vuelto la vista al río, y no podía dejar de mirar su propio reflejo.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Muchas gracias por comentar, buena persona ^^