Había una vez una estrella. Grande, majestuosa, brillante,
con nueve planetas orbitando a su alrededor. Ella iluminaba la noche galáctica,
rompía la oscuridad y el silencio del Universo con su luz y sus llamas
crepitantes, nacidas de ciclópeas combustiones que llevaban rugiendo cada
segundo, desde hacía millones de años, en el centro de su vientre.
Uno de aquellos planetas cristalizaba sus anhelos más
profundos. Ataviado de un penetrante color azul mezclado con espesos verdes y
blancos algodonosos, contenía en su interior miles de millones de criaturas que
nacían, vivían y morían bajo la luz y el calor que ella, su estrella, les
proporcionaba.
Entre todas aquellas criaturas había una especie que predominaba.
Una especie que se había extendido por todo el planeta, y que había
desarrollado una riquísima variedad de sociedades y culturas en las que se le
adoraba y veneraba como a un Dios. Y en cierta manera, la estrella era la
Diosa, pues todos aquellos seres diminutos que poblaban aquel pequeño y
majestuoso planeta le debían a ella la vida. No habrían podido existir de no
ser por los rayos benefactores que ella les enviaba, incansablemente, desde el
momento de su creación.
Aquello convertía a la estrella en el Todo, en la Creadora, en la dueña
máxima de aquel Universo que orbitaba a su alrededor.
Un día, sin embargo, oyó una voz que le hablaba. Miró en
torno suya, y al no ver a nadie, se dio cuenta de que la voz provenía de su
interior. Había estado demasiado distraída concentrándose en todos aquellos
planetas que bailaban día tras día frente a sus ojos, y nunca se había parado a
pensar en cómo era su interior, cuál era su verdadera esencia. Hasta que ésta,
su esencia, aprovechó un momento de relajación de la estrella para comenzar a
hablarle.
Le dijo que había millones de estrellas como ella en el
Universo, que ella era sólo una ínfima parte de aquel Todo, y que sin embargo
ocupaba su perfecto lugar en él y que éste no era posible sin su presencia. Le
contó que ella pertenecía a una red de estrellas llamada Galaxia, y que había
infinitas Galaxias diseminadas por el Universo.
Al principio no quiso creerla. ¿Dónde había estado aquella
voz todo aquel tiempo? Además, ¿cómo podía ella ser sólo una mínima parte del
Universo, cuando hasta ahora ella había sido el centro de Todo lo que Existía y
Era?
Y entonces entendió la mayor paradoja de la Creación: que hasta lo más grande se vuelve insignificante ante la Inmensidad del Universo, y que en lo más pequeño está contenido Todo lo que Existe y Es.

