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lunes, 16 de noviembre de 2015

El país de la nieve que calentaba

Foto: Marta Santos
Sólo algunos ancianos lo recuerdan.

Como la mayoría de las maravillas del mundo antiguo, su existencia ha quedado relegada a meros mitos que se cuentan en las frías noches de invierno, al calor de una fogata. Pero lo cierto es que existió.

Hace muchos, muchos años, en un país que hoy se recuerda con el nombre de Serenuo, la nieve comenzó a calentar.

Corría el ocaso de la última glaciación. Las tribus de supervivientes recorrían el país de arriba abajo, en busca de un lugar abrigado que los protegiera del hielo atenazador que lo cubría todo. Las cuevas cada vez se hallaban más cubiertas de nieve y hielo, por lo que era muy difícil localizar sus entradas.

Las tribus fueron desapareciendo, una por una, en una lenta y vana lucha por la supervivencia que acabaron perdiendo. Algunas por la escasez de alimentos. Otras por la debilidad y el cansancio que hacía mella en sus músculos. Unas pocas, ante la imposibilidad de encontrar cuevas en las que abrigarse de noche y protegerse de los gélidos vientos que soplaban después del atardecer.

Llegó un momento en el que sólo quedaban tres clanes de supervivientes en toda la región de Serenuo. Éstos, presagiando su trágico e inminente fin, decidieron dejar de combatir contra los elementos y aceptar la situación. Estaban perdidos. Decidieron, cada uno en su lugar, realizar una ofrenda ritual en un claro del bosque, que preparara sus almas para el más allá.

Como si un imán los hubiera magnetizado, las tres tribus llegaron de un punto cardinal diferente a reunirse en el mismo claro del bosque a la misma hora. Las tres se sorprendieron al encontrar a los otros allí.

En otra circunstancia, su reacción hubiera sido pelearse por el territorio. Pero estaban demasiado cansados, agotados, al límite de sus fuerzas. Así que simplemente se observaron, y se dedicaron unos cuantos gruñidos amables, que significaban “te acepto”.

Allí, en ese claro del bosque donde se erigía un majestuoso y solitario dolmen de piedra, los tres chamanes se reunieron para levantar los brazos con los huesos de los últimos animales que habían comido. Oraban al dios de la abundancia, que los había abandonado, pero al que le ofrecían los restos de sus últimos dones como agradecimiento y como muestra de que aceptaban su destino de partir hacia el más allá.

Sus máscaras grotescas eran lo único que destacaba entre la impoluta nieve y los cuerpos desnutridos de sus familiares.

Cuando hubieron rematado el ritual y la oración siguiente, se tumbaron entre la nieve. Así era como pensaban morir: dejando de luchar, y permitiendo al frío que calase poco a poco sus ya frágiles cuerpos. Los niños estaban asustados. Se pegaban al pecho de sus madres, que los rodeaban entre sus brazos y los apretaban contra sí. Ellas habían aceptado estoicamente su destino. Los hombres también aparentaban entereza, pero por dentro estaban más asustados todavía que los niños.

El trágico final flotaba en el ambiente. El frío penetraba por doquier, y no había solución posible. Las glaciaciones habían durado tanto tiempo que habían borrado la esperanza. Ante los ojos de aquellos desprotegidos humanos, el mundo estaba condenado ya para siempre jamás a la oscuridad permanente y al hielo perpetuo.

Pasó una media hora. Los cuerpos de aquellos valientes permanecían completamente aletargados ya. El sopor los invadía, la inconsciencia no les permitía darse cuenta del alcance del momento en el que estaban metidos. El hielo había dormido hasta sus corazones. Por eso no se dieron cuenta del momento en el que el frío hielo comenzó a invertir su polaridad para convertirse en calor.

Fue un cambio gradual, muy lento, casi imperceptible. De los grados negativos se fue subiendo hasta alcanzar los 0° C. De ahí se fue aumentando paulatinamente: primero 1° C, luego 2° C, luego 3° C, más tarde 5° C, 10° C... Y así hasta llegar hasta los 37° C. El sopor que los había llevado a la inconsciencia continuó, pero esta vez para dormirlos. El calorcito que comenzó a templar sus músculos los llevó a un sueño de dos horas aproximadamente, en el que sus cansados cuerpos repusieron fuerzas antes de volver a despertar.

El primero en abrir los ojos fue un niño. Sorprendido, agitó el cuerpo de su madre, la cual respondió al poco rato abriendo también los ojos. Lo primero que hizo ella fue contemplar al resto de humanos que dormían a su alrededor. Un presentimiento se adueñó de ella: si ella y su hijo estaban vivos, los demás también debían estarlo. Así que le hizo señas a su retoño, y entre los dos comenzaron a zarandear al resto de sus congéneres.

Poco a poco, todos se fueron despertando. Cuando todos hubieron abierto los ojos, algunos comenzaron a aprisionar puñados de nieve entre sus manos, soltándolos después. Se habían dado cuenta de que la nieve ya no era un enemigo gélido que los paralizaría y contra el que debían luchar, sino que se había convertido en un manto acogedor capaz de proporcionarles el calor y abrigo necesarios para protegerse de los helados vientos.

Poco tardaría Serenuo en volver a estar habitado. Las familias de los supervivientes encontraban fácilmente abrigo y cobijo, por lo que sus fuerzas se reponían con éxito después de las cacerías, que cada vez eran más exitosas puesto que los animales también comenzaron a proliferar bajo la protección de la nieve cálida.
Con alimento y calor, las poblaciones humanas se multiplicaron. Además, Serenuo también comenzó a llenarse de otras tribus nómadas que emigraban huyendo del frío de sus respectivos países.

Aquel lugar se convirtió en un oasis de vida, que permanecería activo hasta que la última glaciación cesó y los hielos volvieron a retirarse a las montañas. Al contrario de lo que los más negros pronósticos auguraban, las glaciaciones tendrían su final al igual que habían tenido su principio.


La esperanza bajó de nuevo al planeta Tierra, y comenzó una nueva primavera. Una primavera que duraría miles de años.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Memories of nobody (Yerai Feijoo)

El relato de hoy es una colaboración de Yerai Feijoo.

Foto: Marta Santos
No tuve una vida fácil.

Nunca nada lo ha sido para mí. Una noche más, tumbada boca arriba en la cama, con los ojos abiertos como platos. No es que me preocupara demasiado no poder conciliar el sueño, pues era algo a lo que ya me había acostumbrado. Más bien me preocupaba que todo me preocupara.

Cuando era pequeña, mi padre y madre se separaron. No fue un divorcio fácil y yo tan solo tenía cuatro años. Mi madre lo pasó mal y yo pude sentir cómo se sentía ella misma, pese a haber sido tan pequeña. Recuerdo perfectamente aquellos días.

Mis padres discutían a menudo, tarde o temprano tendría que pasar. Mi padre, al parecer, se fue con otra mujer. Mi madre tardó mucho más en reconstruir su vida. Por suerte, el piso estaba a nombre de mi madre, pero el coche se lo llevó él. Si lo piensas, habíamos salido ganando al menos en cuanto a bienes materiales se refiere. En cuanto a daños sentimentales, probablemente mamá lo haya pasado peor.

Pasaron tres años, y me enteré de que mi madre se estaba viendo con un hombre. De alguna manera, había vuelto a recuperar su sincera sonrisa y parecía volver a ser la misma que era. Podía notar cómo su actitud y su estado cambiaban enormemente para bien. La relación les iba viento en popa y a los pocos meses el nuevo amor de mi madre se asentó en nuestro piso. Y no venía precisamente sólo. Tenía un hijo de la misma edad que yo. Su nombre era Eduardo.

Le odiaba. Era un criajo estúpido, repelente y malcriado al que le encantaba picarme y vaya si lo conseguía. Muchas veces me enfadaba con él e intentaba pegarle, pero él o bien se escapaba o conseguía hacerme rabiar más, y entonces la que acababa llorando era yo. Teníamos también algunos días buenos en los que nos llevábamos más o menos bien, pero tarde o temprano teníamos que enfadarnos y discutir, y normalmente él llevaba las de ganar. Harta de esta situación, le dije a mi madre que su nuevo novio no me gustaba, con el lenguaje que puede tener una niña pequeña de siete años, pero mi madre enseguida notó la verdadera razón por la que le decía eso. No soportaba a Eduardo. Mi madre me prometió que hablarían ella y su nuevo novio con Eduardo y que intentarían que se portara mejor conmigo.

Parece que la charla dio sus resultados. O más bien, dio algunos resultados. El chico seguía metiéndose conmigo, sin embargo lo hacía en menos ocasiones e incluso a veces me pedía un, no muy sincero, perdón. Un pequeño capullo, que se suele decir. Un pequeño capullo al que le estaba empezando a coger cariño de aquella manera.

Los años pasaron y la relación entre nosotros seguía con sus constantes tira y aflojas. Eduardo iba a un colegio y yo iba a otro completamente distinto. En ese sentido, cada uno tenía su vida formada y sólo nos veíamos en casa y poco más. Cada uno con sus amigos y su propia vida.

Fue entonces cuando empecé a oír hablar un poco de uno de los mejores amigos de Edu, un tal Pablo. Por lo poco que hablaba Eduardo, parecía que se llevaban muy bien y de vez en cuando venían a casa a jugar a la consola. Mis amigas y yo, en cambio, preferíamos salir a dar una vuelta y cotillear un poco. Más o menos lo que hacen las chicas a esa edad.

Cuando llegamos a 4º de E.S.O, nuestras riñas infantiles fueron desapareciendo dejando paso a los típicos piques entre hermanos. Bueno, hermanastros. Que si ahora me tocaba a mí ducharme, que si Eduardo ha cambiado el canal de la tele, que si Noelia ocupa todo el sofá… las típicas riñas entre hermanos.

Por aquel entonces, yo había empezado a salir con un chico de mi clase llamado Javier. No nos iba nada mal, pese a que mis amigas en el colegio me decían que era un macarra y no era buena compañía. Yo me preguntaba cuán macarra podía ser un niñato de 4º de la ESO, y pasé un poco de los consejos de mis amigos.

No tardé en aprender que tenían razón. Javier me hacía regalitos, me invitaba al cine y fingía que le importaba, cuando lo único que le importaba en este mundo era perder su virginidad, y yo era lo que tenía más a mano. Poco después me enteré de que lo realmente había hecho Javier era una apuesta con sus amigos para ver quien perdía antes la virginidad. Despreciable. Pero me di cuenta tarde.

Una noche, fingiendo cortesía y amabilidad, Javi me acompañó hasta el portal de casa. Era tarde y ya apenas había gente por la calle. Javier me cogió del brazo y yo, ingenua de mi, creí que estaba siendo romántico. No. Forzó mi brazo contra la pared e hizo lo propio con el otro. Empezó a besarme ferozmente y yo luchaba por apartarle la cara. Incluso empezó a manosearme groseramente. No podía gritar, pues tampoco me apetecía que todo el vecindario supiera qué pasaba, así que forcejeaba e intentaba empujarlo, pero su fuerza me podía. Por suerte, e inesperadamente, algo golpeó a Javier por la espalda. Cuando Javier se cayó al suelo, lastimado, pude ver que se trataba de Edu. A continuación, cogió a Javier, que apenas podía erguirse, y le echó fuera del portal, cuando éste ya se sostenía en pie. Quería agradecerle a Edu lo que había hecho, pero me cortó con un lacónico:

No me des las gracias.

Cuando estaba subiendo la escalera a casa, añadió:

Y ten cuidado con qué clase de tíos te juntas, que pareces tonta.

¿He dicho que ya no lo odiaba tanto? Lo corrijo. A veces era odioso. Era como volver al pasado y reencontrarse con aquel niño asqueroso y repelente que me sacaba de mis casillas. Sí, me había ayudado, pero no entendía sus comentarios.

Al día siguiente corté con Javier. No pareció importarle mucho, pero al menos sé que no consiguió su desagradable objetivo.

Al cabo de unos meses, las malas noticias volvieron a casa. La boda entre mi madre y su nuevo compañero sentimental se acercaba. A mi madre le había costado mucho tomar la decisión de volver a casarse, dado el fracaso que supuso su anterior matrimonio, pero finalmente se había convencido y estaba dispuesta a dar ese importante paso.

Días antes de la boda, al compañero de mi madre le diagnosticaron cáncer. Era demasiado tarde, y murió. Sumida en la tristeza nuevamente, mi madre cayó en la depresión. Yo intenté apoyarla en todo lo que pude. Ella iba al psicólogo, yo intentaba ser fuerte y luchar por las dos, al fin y al cabo ya era mayorcita para entender estas situaciones. He de confesar que me habría resultado imposible aguantar todo sin la ayuda de Edu. Nos apoyó a las dos, pese a que era él el que peor lo estaba pasado. Su padre había muerto, y aun así no sé de donde sacaba las fuerzas para darnos apoyo a mi madre y a mí. Quizá…no era tan insoportable como parecía.

Una noche, en que la situación me sobrepasó, tuve una interesante charla con Edu. Sentada en mi cama, mirando al suelo con la mirada perdida, Edu se acercó a mi cuarto y me preguntó qué me pasaba. Yo le dije que mi vida era un caos. Los tíos guarros se acercaban a mí, mi madre siempre recibía palos con los hombres, sea de una forma u otra… Le conté lo del divorcio de mis padres y todo. Él me tranquilizo, me abrazó. Me dio todo su apoyo. Es algo por lo que nunca le estaré lo suficientemente agradecida. Puede que fuera mi hermanastro, pero para mí eso solo era una palabreja, yo le quería como a un hermano. O quizá como más que a un hermano.

Cuando terminé mis estudios en la ESO, le propuse a mi madre cambiarme de colegio. Me confesó que ella también se estaba planteando esa posibilidad. Estaba pensando en inscribirme en el mismo colegio que Edu. Al fin y al cabo, ya nada me ataba a mi anterior colegio, sólo un ex novio cabrón. En cambio, mi mejor amiga permanecía en ese colegio, y eso sí que me dolía. Le prometí que seguiríamos quedando y viéndonos. Al fin y al cabo, no me iba de la ciudad ni nada. Tan sólo me cambiaba de colegio. Eduardo recibió la noticia con alegría y yo me sentía mucho más aliviada. Sabía que podía contar con él y tenerlo en el colegio era un seguro a todo riesgo.

Pocos días después de ingresar en mi nuevo centro escolar, me enteré de que Edu se estaba viendo con una chica. A decir verdad, no sólo se estaban viendo, sino que en los recreos estaban muy acaramelados, juntitos y besándose. Por alguna razón, no me gustaba nada la chica con la que iba Edu. No eran exactamente celos. Simplemente esa chica me daba mala espina.

Esa misma tarde, quedé con mi mejor amiga (al fin y al cabo cumplía mis promesas) y dimos una vuelta para contarnos las últimas noticias. Ella me contó que mi ex ya estaba otra vez con otra pobre incauta. Yo le dije que en mi nuevo colegio todo estaba bien por el momento y le conté lo del noviazgo de Edu.

¿Tu hermano sale con una tía?—preguntó, curiosa.
¡No es mi hermano! ¡Hermanastro, hermanastro!—corregí ya, harta de tener que hacer esa puntualización.
Lo que sea, Noe. ¿Tiene novia?
Eso parece. Al menos en los recreos se les ve muy apegados.
Y a ti eso te jode, claro.
No me jode solo por el hecho en sí, sino porque creo que la chica con la que está no es una buena persona.
¿Te has dado cuenta de lo que has dicho, Noe? “No me jode sólo por el hecho en sí…”—repitió recalcando la palabra sólo.
Vale…lo admito…puede que sienta algo por Edu.

Mi amiga empezó a sonreír pícaramente. Bajé la cabeza, roja como un tomate.

Cuando llegamos al centro comercial, vimos a una chica que a mí particularmente me sonaba mucho. Y estaba jugueteando con un chico, y no precisamente al escondite. La chica era la supuesta novia de Edu. El chico iba en mi clase, pero no recordaba su nombre. Le dije a mi amiga que esa era la novia de Edu y ella rápidamente dijo:

Vaya, vaya….interesante. Espera que saque el móvil.
¿Vas a sacarles una foto?
¡Claro, tonta! Así, si Edu no se cree que su querida amada es una guarra del tres al cuarto, tendrás una prueba.

Callé. Tenía razón. Sacó la foto y decidimos alejarnos del centro comercial.

No pude esperar ni veinticuatro horas. Esa misma noche, en cuanto Edu llegó a casa tras haber estado con su novia, le dije que tenía que hablar con él.

Fuimos a su cuarto, y a decir verdad, apenas hablé. Simplemente dejé el móvil tirado en la cama, con la foto puesta. Me apoyé contra la pared y le dije:

Ten cuidado con que clase de tías te juntas, que pareces tonto.

Sin más, me fui de su cuarto. Dejé que él mismo se diera cuenta de las evidencias. No tardó en venir a mi cuarto a contarme qué había pasado. Le expliqué que la habíamos visto en el centro comercial y que le habíamos sacado la foto para que vieras con que clase de gente se arrejuntaba. Me dio las gracias y me dijo que estábamos empatados.

La verdad es que no somos muy buenos en las relaciones, ¿eh?

Se rió.
No, deberían darnos un cursillo acelerado.
O quizá es que la persona con la que deberías estar está tan cerca que te cuesta verla.—dije, cabizbaja.

Eduardo no dijo nada. Y antes de que pudiera articular palabra, le dije:
Edu, desde hace tiempo…
¡No acabes la frase, Noelia!—me interrumpió.
Pero…
¡Que no, joder!
¿Qué te pasa? ¿Por qué?
¡Somos hermanos!
¡Que somos hermanastros, leches! ¡No hay vínculos de sangre!
Me dan igual los vínculos, Noe. Yo a ti te veo como una hermana a la que adoro, pero simplemente una hermana. No tengo atracción física por ti. Puede que no haya vínculos sanguíneos, pero sí emocionales, y muy fuertes.
Es decir…—empecé a hablar, cortada, llegando por mí misma a una clara y desafortunada conclusión.
Es decir, que sólo eso. Hermanos. Nada más.

Tras esas palabras, se marchó de mi cuarto. No sabría decir porqué, pero no le veía muy convencido de lo que decía.

Pese a todo, Edu se siguió portando igual de bien conmigo. Hacíamos coñas, reíamos, quedábamos con sus amigos, que me caían muy bien, y nos divertíamos mucho. A veces incluso se venía mi mejor amiga con nosotros.

Pero en el fondo de mi alma, no podía evitar pensar que el chico de mi vida se me había escapado por un estúpido vínculo no sanguíneo, llamado “cariño de hermano”. O, mejor dicho, “cariño de hermanastro”.

No iba a olvidarle fácilmente, ni quería. Y es difícil olvidar a alguien cuando lo tienes en casa todo el día y convives con él. El curso avanzó y, días después, ocurrió el accidente. El resto, como se suele decir, es historia.”

lunes, 2 de noviembre de 2015

El gato que brincaba por los tejados

Foto: Marta Santos
Se hace de noche en la ciudad.

Las farolas iluminan el suelo con círculos de luz a su alrededor, y el viento comienza a levantarse, frío. La mayoría de la gente se refugia en sus casas, al calor de su calefacción. Se ven algunos individuos corretear despistados, apretándose la gabardina contra el pecho para protegerse del aire. Sólo algunos locos se quedarían al frío en esta gélida noche invernal. Y ese es el caso de nuestro gato.


Micifuci era un gato valiente, intrépido. Ni la lluvia ni el frío conseguían amilanarlo. Era un as consiguiendo refugios cálidos, cartones para taparse, mantas raídas o ropa vieja de los contenedores. En las noches muy frías, como la de hoy, se confeccionaba un cálido abrigo con los trapos que recogía del suelo, y luego salía corriendo a darse un garbeo por los tejados, que era lo que más le gustaba.
 Su afición favorita era competir contra otros gatos callejeros por ver quién era el más rápido, el que más alto saltaba y el más hábil a la hora de realizar cabriolas y piruetas. Solía ganar por goleada, porque se pasaba los días ensayando, hasta que llegaba la noche. Sólo dormía al amanecer y al atardecer. No era un gato que necesitase dormir mucho.
Esta noche pocos gatos compiten. El frío ha desanimado a muchos, ya que sólo los más calurosos, los que tienen mucho pelo o los que se abrigan, como Micifuci, logran soportarlo.
Hoy voy a realizar una cabriola como nunca habéis visto —se jacta Micifuci, cuando empiezan a llegar sus compañeros.
A ver, a ver, que siempre nos dices eso y al final... —comienza a quejarse Bigotillos.
Al final... ¿qué?
Nada, nada, que al final siempre acabas ganando —reconoce el gato de los grandes bigotes.
Bien, así me gusta —.Micifuci sonríe—. Pues bien, ¿empezamos?
Hay que esperar a que llegue Tornado —interviene un gato blanco que contempla la escena sentado al lado de un contenedor.
¿Tornado? ¿No decían que estaba enfermo? —pregunta Micifuci.
Sí, eso decían. Pero se ha recuperado enseguida.
A Micifuci le recorre un escalofrío de arriba abajo. Con eso sí que no cuenta. Tornado es el único gato en toda la ciudad que puede competir contra su “Doble vuelta mortal” con un sólo giro de zarpas y dejarle en ridículo. Sin embargo, no se amilana. No ha ensayado esa pirueta los últimos siete días para nada. Es su secreto más espectacular, y ha estado pensando en desplegarlo toda la semana hasta hoy, así que lo hará. Cueste lo que cueste, se presente quien se presente. Incluso delante del mismísimo Tornado, si hace falta.
Micifuci empieza a hacer los estiramientos de patas y de lomo mientras los gatos que han decidido venir hoy esperan la llegada de Tornado. El viento sopla, cada vez más implacable. Parece que las condiciones atmosféricas no van a ser las ideales.
No importa, Micifuci, ¡tú dalo todo! Van a ver de lo que eres capaz. La cabriola de hoy te va a salir espectacular. La tienes completamente dominada, nada puede fallar, así que tú solamente concéntrate en hacerla bien —se anima a sí mismo.
Vaya, vaya... A quién tenemos aquí. Al gato debilucho y enclenque de las patitas finas. Me han dicho que hoy vas a sorprendernos a todos. A ver con qué saltito nos animas hoy, pequeñín. Luego, cuando acabes, déjale hacer a los mayores —. La mole grisácea rayada de Tornado proyecta su sombra sobre un nervioso Micifuci. Afortunadamente, los nervios sólo los guarda en el interior.
Guárdate tu chulería, Tornado. Yo hoy sólo he venido a saltar. Así que, por favor, déjame pasar.
Dicho esto, Micifuci se encarama de un salto a la barandilla de la terraza más cercana. No mira hacia atrás. Todas las caras de los gatos que han venido hoy están ávidos de verlo dudar, de verlo caer, y no puede dejarse arrastrar por el miedo. Camina con paso firme sobre la barandilla, y cuando llega al final, se decide rápidamente a saltar al tejado realizando una “Vuelta de zarpa con zarandeo circular de rabo”. 
El grupo de gatos lanza un “¡Ohhhhh!” de admiración, pero es el ritual. Están acostumbrados a la destreza de Micifuci, pero hay que darle emoción. Además, ese paso es el previo a aquellos pasos increíbles e inesperados que prepara a conciencia cuando no le ve nadie, y con los que luego se dedica a sorprender al personal. Ahora mismo está en la antesala de uno. Probablemente, el que ha anunciado al inicio del espectáculo. El paso que, de salirle bien, haría frente al mismísimo Tornado. Y en caso contrario, firmaría su derrota aplastante y humillante.
Venga Micifuci. Concéntrate. Sólo tienes que saltar. Un, dos, un, dos. Como siempre. Luego, al llegar al borde del tejado, juntar las cuatro patas debajo del estómago y dar la “Media vuelta tirabuzón” un poco más alargada de lo normal. Es como siempre, pero juntando las patas y durando un poco más. No pasa nada. Lo dominas. Adelante, ¡hale hop! —. Después de volver a tranquilizarse a sí mismo, Micifuci procede a saltar, de una manera casi inconsciente. 
Sólo dejándose llevar por la inercia del giro inicial y dejándose a merced del viento.
Sintiendo la caída, poco a poco, hasta ver acercarse las tejas del tejado de enfrente. 
Entonces, posa sus patas. En ese momento, ha terminado su ejecución. Micifuci se gira hacia su público, hace una reverencia y luego se hace a un lado. Trata de escrutar las caras de los asistentes, procurando descifrar en su expresión qué les ha parecido aquella pirueta. Los ve mantener los ojos muy abiertos.

Algunos incluso dejan que alguna pequeña lagrimilla se derrame y caiga de sus ojos al suelo. Micifuci sonríe. Sabe entonces que ha estado bien.
Bueno, bueno. Vale ya de contemplar a niñatos. Dejadme a mí —. Tornado trata de restarle importancia al asunto, y se sube a la barandilla para comenzar él también. Debe empezar lo antes posible su ejecución, para que los gatos asistentes olviden rápidamente la impactante pirueta de Micifuci. Sigue caminando por la misma barandilla por la que el anterior gato ha comenzado su espectáculo. Se balancea ligeramente de un lado a otro, demostrando la gracia y la elegancia de sus movimientos. A pesar de su enorme tamaño, Tornado es un gato grácil.
Salta hacia el borde del tejado con una “Media vuelta mortal”, lo cual lo hace granjearse la admiración de todos aquellos gatos que antes lloraban, emocionados por la destreza de Micifuci. Cuando se posa sobre las tejas, trata de enlazar el anterior salto con un “Triple mortal”, su paso especial y el más espectacular de todos los pasos que hayan podido ensayar alguna vez los gatos de aquella ciudad. 
Es entonces cuando pierde pie, y se cae. El golpe suena terrible. Una teja se ha roto. Tornado se retuerce sobre su espalda, gritando de dolor. Micifuci no lo piensa más. Acude en su ayuda, y lo carga sobre su delgado lomo.
¡Rápido, llamad a una ambulancia! ¡Puede haberse roto algo!
Micifuci, con Tornado a su espalda, salta del tejado abajo. Todos los gatos lo miran, estupefactos, pues Tornado es mucho más grande que Micifuci. Sin embargo, él no parece darse cuenta. Sus ganas de ayudar a su competidor le hacen olvidarse de todos sus males. Cuando llega abajo, el resto de gatos lo ayuda a cargarlo, aunque no por mucho trayecto porque la ambulancia se da prisa en llegar.

Querido amigo, has ganado tú —dice Tornado en la camilla del hospital unos días después, ya recuperado.


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