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lunes, 21 de marzo de 2016

Las flores que derramaban luz

Foto: Marta Santos
Aquel mes de marzo fue especial.

Hay que aclarar antes que todos los meses de marzo son especiales, porque es cuando la naturaleza se viste de novia y las flores se atreven a existir.
Dicen, sin embargo, que aquel año tuvo algo diferente, algo que abrió la puerta a lo desconocido y la volvió a cerrar con igual misterio, para asombro de muchos.
Y es que ese año, las flores comenzaron a derramar luz.

Al principio fue algo casual, casi imperceptible. Un juego óptico, decían algunos. Un engaño visual, decían otros. El caso era que, cada vez que alguien se acercaba a una flor y después cerraba los ojos, podía percibir con total claridad cómo su luz se le quedaba pegada al párpado, y la seguía viendo.

Las flores comenzaban a iluminarse ellas mismas, de forma muy vaga al principio, y muy clara después, como si fueran luciérnagas. Parecían una bombilla de bajo consumo que tarda en encender. Pero el caso es que todo el mundo era capaz de verlo.

Los campos se llenaban de múltiples luminarias pequeñitas, encendidas como velitas, cada una de su color: luz blanca para las margaritas, luz violeta para las violetas, luz rosa para las rosas, luz dorada para los dientes de león... Aquellas flores que combinaban dos o más colores eran todo un espectáculo, pues lanzaban varios destellos luminosos que jugueteaban y bailaban entre sí, entremezclándose con gracia.

Comenzó a correr la leyenda de que las hadas habían embrujado al mundo, y de que un hechizo mágico era el que estaba causando todo el fenómeno. Muchos se asustaron, creyendo que aquello era un cataclismo maléfico y que anunciaba otra serie de tremendas desgracias en cadena que iban a terminar por erradicar a la humanidad de la faz de la Tierra. También había algunos (no muchos), que decían que las flores eran como las personas, cada una con su propia luz, y que ese año les había dado por querer demostrárnoslo. Que no era nada espectacular, porque siempre estaban brillando, pero que la diferencia era que ese año éramos capaces de verlo. Lo achacaron a no sé qué fenómeno visual provocado porque estábamos atravesando el centro de la galaxia.

Hubo incluso una niña que fue capaz de articular su propia teoría. Una teoría a la que al principio no le hicieron mucho caso, porque era bastante rompedora, pero que poco a poco fue ganando adeptos:
Decía esta niña que las flores eran como canciones. Que cada una tenía su propia melodía, y que esto era gracias a que cada flor está presente en todas las dimensiones a la vez. En cada dimensión tocaba una nota musical diferente, y el conjunto de todas ellas, la canción final, era la que podíamos contemplar en nuestra propia dimensión si teníamos los ojos del corazón bien abiertos.

La verdad es que esta teoría no explicaba demasiado el porqué del brillo de las flores, pero era muy hermosa y mucha gente comenzó a interesarse por ella. Llegaron a la casa de la niña científicos, curanderos, chamanes, investigadores... Todos ellos acompañados de un batallón de periodistas que, día y noche, montaban guardia al lado de la casa de la niña para poder hacerle fotos y sacarle algunas declaraciones.

Los científicos decían que la niña estaba loca y que nada de lo que decía era verdad. Que su teoría iba en contra de la ciencia moderna y que no podía demostrarse ni medirse. La acusaron de charlatana y de querer lucrarse con sus estrambóticas afirmaciones. La niña los miraba con los ojos como platos, y se callaba.

Los curanderos y los chamanes decían que aquella niña era una enviada de los dioses. Que tenía poderes sobrenaturales y que era muy milagrosa. Le quitaban pelos, le robaban prendas de ropa y enseres personales y los vendían diciendo que servían para curar toda clase de males. La niña los miraba con los ojos como platos, y se callaba.

Los investigadores eran los únicos que le hacían preguntas, y la niña siempre respondía lo mismo:

Lo importante no es lo que yo digo, son las flores. Están brillando, y vosotros os las estáis perdiendo con toda esta polémica. Id con ellas y miradlas con el corazón. Si sois lo bastante sensibles, ellas os desvelarán su mensaje. Es diferente para cada ser humano. Irrepetible y único. Como las personas.

Lo cierto era que las flores seguían derramando gentilmente su hermosa y sutil luz. Como candelitas que iluminaban la hierba, con un fulgor casi incandescente pero que no era capaz de quemar, salpicaban los prados y los parques de aldeas y ciudades. Regalaban un espectáculo tanto más maravilloso cuanto más entrada estaba la noche.

Algunas personas fueron capaces de aprovecharlo. Se paseaban hasta las flores, y las flores les contaban su historia. Aquellos que sabían escuchar supieron de las peripecias de las flores, de dónde venían, quiénes eran, para qué iluminaban los campos día y noche con su maravilloso colorido; y ese año también, con su fantástica luz.

Se organizaron excursiones de colegios y asociaciones, que acudían a los parques y a los bosques con cámaras y, sobre todo, con el corazón abierto, para poder regalarse esa luz que las flores derramaban día y noche a todo aquel que la quisiera recibir.

Algún artículo de revista especializada en botánica fue escrito, y alguna canción de piano compuesta. Alguna poesía les dedicó sus versos, y algunas oraciones les fueron enviadas a las flores. Era un espacio sagrado, en el que no muchos osaban entrar.

Al final, después de una primavera agitada que duró sus escasos tres meses, las flores se apagaron y dieron paso al verano.
La luz del sol lo inundó todo. Fuerte, enérgica, potente. Calentó los ríos y las veredas, iluminó con sus destellos la tierra y la mar, y las flores supieron que ya no era su tiempo y se volvieron a dormir. Hasta el año siguiente, en el que volverían a despertar.

Mucha gente esperó ese momento con expectación, con los ojos ávidos y las mentes inquietas, aguardando a que los prados se volvieran a iluminar de nuevo con aquellas sutiles e increíbles melodías de colores. Esperaban que puntitos luminosos de diferentes tonalidades vistiesen de nuevo al campo de magia, pero ya nunca sucedió. Nunca más volvieron a brillar las flores. Nunca más derramaron su luz otra vez.

Cuentan los ancianos que todo es un ciclo dentro de otro ciclo más grande, y que las flores solo están esperando a que llegue de nuevo su tiempo para volver a brillar.


lunes, 14 de marzo de 2016

Ella tenía flores en el pelo

Nacían flores en sus cabellos.
Grandes, pequeñas, coloridas, sedosas, ásperas en ocasiones.

No importaba que el aire del sur robara todos sus pétalos de manera escandalosa; aquel prodigio era instantáneo y al poco las flores volvían a brotar, esplendorosas.


Ilustración: Marta Santos
Ella reía. Bailaba. Cantaba por las mañanas, perseguía mariposas, hablaba con los pájaros. Estos la rodeaban, como rindiéndole un homenaje, y luego continuaban su vuelo hacia lo alto de los árboles.

Por todas estas maravillas, los pocos aldeanos a los que les había permitido que la vieran sospechaban que era un hada. Pero ella, en su corazón, se sabía una bruja. Un ser que nunca llegaría a la perfección tras la cual siempre corría. Por eso guardaba suss secretossss... Ssssshh...

Sus secretos tenían formas oscuras, como la noche. Se escondían de todos aquellos que llegaban al bosque con mezquinas intenciones. Solo los duendes, las ninfas y los elfos comprendían; porque vivían en ella. Apreciaban todas sus flores y las respetaban, sin pedirle nada a cambio. Jamás se les ocurría arrancarlas, aunque sabían que tenían fecha de caducidad y se iban a marchitar. Ellos habían llegado a la maestría que podía dejar que las cosas siguieran su curso.

Pero en la aldea no. En la aldea era diferente. La locura se había instalado hacía mucho en los corazones de sus habitantes, quienes eran capaces de pisotear las flores si los jefes de la tribu se lo ordenaban. Las arrancaban y cultivaban a su conveniencia, sin respetar los cursos naturales. Sólo importaban sus deseos egoístas, alimentados sin cesar por los libros y las canciones que por la aldea circulaban sin cesar, instigados por dibujos y pinturas que pasaban de mano en mano y que la representaban a ella, a la dama de este cuento, como una víctima.

La hipocresía reinaba por doquier. La convertían en víctima y fingían apiadarse de ella para poder convertirse en sus verdugos (aunque sin reconocerlo, eso sí).

Pero eso a ella le daba igual. Nunca había entrado en juicios. Sabía que no era víctima de nadie, ni tampoco la dama cruel y caprichosa que otras veces pretendían. Era el juego que ellos habían inventado. No tenía nada que ver con ella.

Ella había estado desde mucho tiempo antes de que construyeran aquel pueblo. Lo había visto nacer y crecer, como había visto a otros antes en el mismo lugar, aunque los vecinos de ahora pensaran que nunca antes se había establecido otra comunidad allí. Tampoco aceptaban que pudieran existir otras aldeas en tierras lejanas. Ellos habían cegado tanto su corazón que pensaban que eran los únicos.

Ella sí sabía que habían florecido otras tribus en aquel lugar. Por eso también sabía que, independientemente de que sus habitantes transformasen la aldea en un paraíso o se terminaran destruyendo unos a otros con sus retorcidos y macabros juegos, ella seguiría siendo la misma y continuaría corriendo por el bosque. Perpetuaría su secreto para revelárselo solo a quien pudiese escuchar. Un hada para algunos, o una bruja para otros.

En realidad, su ser no era ninguna de las dos cosas, y era las dos a la vez.

Era simplemente ella. Era la Madre Tierra. Era Gaia.


lunes, 7 de marzo de 2016

La máquina de hacer arco iris

Foto: Marta Santos
Había una vez un niño que vivía al lado de un bosque.

Todas las mañanas iba a pasear entre los árboles con su perro. Un día, vio algo extraño moviéndose entre la maleza. El pequeño se acercó y se percató de que no se trataba de un pequeño jabalí o un zorro. Lo que allí bullía tenía la piel de intenso color verde. No hubo duda cuando el ser saltó del arbusto: era un duende. Un pequeño y malhumorado duende, de piel arrugada y traje verde oscuro.

—¡Cáspita! ¡Un trol! –exclamó el niño.
—¡Grsgrsgrs! ¡Trol será este bicho tuyo que no para de ladrar! –Por sus gruñidos, el ser parecía ofendido—. ¡Yo soy un duende!
—¡Un duende! –Exclamó el infante—. ¡Cuando lo cuente, no me van a creer!
—Es que no puedes contarlo –replicó el mágico personaje—. Si le dices que me has visto, me buscarán, me analizarán, experimentarán conmigo… y me acabarán matando sin proponérselo. Los de tu especie sois muy brutos. Lo que tocáis, lo destrozáis.
—He de reconocer que no muchos respetan la naturaleza –contestó el niño—, pero no todos somos iguales.
—Cierto, mas no puedo arriesgarme. He de volver a mi casa y tú no podrás verme nunca más. Sin embargo, te haré un regalo para que te acuerdes de mí.
—Oh, ¿qué regalo? –preguntó el chico con curiosidad.
—Te obsequiaré con una máquina de hacer arco iris.
—¡Una máquina de hacer arco…!
—¡Escúchame bien! –Interrumpió el duende—. Esta máquina solo, y repito, solo, podrá ser utilizada cuando llueva. Nunca la uses cuando haya nubes sin más, ni mucho menos en día soleado. Tiene que llover, ¿entendido?
—Sí, de acuerdo. Con lluvia.

Dicho esto, el duende hizo un extraño gesto con su mano y un artefacto surgió ante ellos. Se lo entregó al niño, no sin antes recalcarle que solo lo usara al llover, y desapareció entre los matorrales. El infante se apenó por no verlo más, pero guardó la máquina en el bolsillo y se dirigió de nuevo a su casa.

Pasaron los días, y el pequeño seguía emocionado por el regalo del mágico ser. Lo limpiaba cada mañana para evitar que el polvo lo dañase, y lo mantenía a salvo de otras personas que pudieran preguntar de dónde lo había sacado.

Sin embargo, discurrían semanas y la impaciencia se adueñaba del niño. Las lluvias parecían no llegar nunca. Según pasaron los meses, la impaciencia llevó a la desesperación, y el chiquillo ya no podía más. La situación llegó al límite cuando anunciaron sequía en la región. Cuatro meses habían pasado desde que el duende le regalara el artefacto, y la situación prometía prolongarse otros cinco meses más. Era insufrible.

Inquieto, el muchacho decidió utilizar la máquina. A pesar de la recomendación del duende, salió al porche de su casa, apretó el botón circular del aparato y esperó.
Al principio, el sol refulgía como si nada. Pero al cabo de un rato, pequeñas nubes aparecieron en el cielo, dirigiéndose hacia la casa del niño. No tardaron en reunirse varias, y su tonalidad se iba oscureciendo.

—¡Estoy atrayendo la lluvia! ¡Viva! –Exclamaba el pequeño, lleno de emoción—. ¡Ahora las nubes descargarán el agua, y vendrá el arco iris! ¡Hurra!

En efecto, un chaparrón torrencial se liberó en apenas unos segundos. Pero la situación comenzó a empeorar, porque acompañando al aguacero surgieron rayos y truenos. El niño se asustó. Corrió dentro de casa, olvidando la máquina de hacer arco iris en el suelo del porche.

Desde la ventana observó el temporal, y un ruido infernal atronó sus oídos cuando un rayo impactó contra el artefacto que le había regalado el duende. Al poco rato, la tempestad se disipó tal como había venido.


Entonces el chiquillo salió de nuevo al porche. Allí, unas cenizas eran todo lo que demostraba que alguna vez, la máquina de hacer arco iris había existido.

Los regalos de la vida son como un embarazo: al sacarlo antes de tiempo, el feto muere. 

Pero si esperamos nueve largos meses, nacerá la criatura más maravillosa que hayamos visto jamás.

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