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lunes, 14 de diciembre de 2015

El mundo que nunca existió

Foto: Marta Santos
A veces, Rocío desaparecía de su habitación.

Lo hacía desde que tenía tres años. Al principio, sus padres se asustaban mucho, pues no sabían dónde estaba. Pensaban que alguien la había secuestrado, o que se había escapado de casa, o algo similar. Rebuscaban por toda la casa, llamaban a la policía, a los vecinos, a los bomberos... Montaban toda una revolución, pero no les servía de nada. La niña no aparecía por ningún lado. Sin embargo, al pasar cinco horas, cuando ya todas las batidas de búsqueda habían rastreado el pueblo y los padres volvían a su casa para rezar y descansar un poco sobre el sofá, la niña aparecía en su habitación. Al principio no sabían de dónde venía, pues simplemente arrimaba la puerta del salón donde estaban sus padres y decía, con voz tímida:


—Hola.
Los padres volvían sus cabezas hacia atrás, hacia donde estaba la puerta, y no se creían lo que veían. Rocío, tras buscarla por toda la casa y por todo el pueblo, aparecía ahora inocentemente en su salón, abriendo la puerta como si no pasara nada.
—¿Dónde estabas, hija? —preguntaba su madre.
—Estábamos muy preocupados por ti —añadía su padre.
—Estaba en mi habitación.
—Allí ya te hemos buscado un montón de veces, y no aparecías.
—En la de aquí no, en la otra. La que tiene las paredes de cristal—proseguía la niña, con toda la naturalidad del mundo y un dedo metido en la boca.
Los padres volvían a mirarse mutuamente, sin entender nada.
—No sé qué dice de una habitación con paredes de cristal... ¡Pero si aquí en casa no tenemos ninguna! ¿Y qué otra casa va a conocer ella? ¡Si todavía tiene tres años, y nunca la hemos llevado a dormir fuera! —susurra la madre.
—No sé... Será su imaginación. Ya sabes, los niños a su edad... Lo mejor será que le quitemos importancia —trataba de razonar el padre—. Rocío, hija, de estar tanto tiempo en la habitación de cristal sin comer tendrás hambre, ¿quieres cenar?
—El Hada Madre me ha dado de merendar un montón de sándwiches de nocilla. Pero bueno, vale.
El padre giró el dedo en su sien, indicando que pensaba que su hija se había vuelto loca.
—Esta niña pierde aceite —dijo la madre por lo bajo, mientras salía del salón para preparar la cena.
Con el tiempo, los padres se fueron acostumbrando a aquellas desapariciones repentinas de su hija. No solían durar más de tres o cuatro horas, y al final siempre acababa apareciendo. Probaron a cerrar la puerta de su habitación con un candado, y a ponerle barrotes en la ventana, pero ella desaparecía igual.
—Se meterá debajo de la cama —decía el padre.
—Sí, seguro que es eso... O sino en el armario, o en algún sitio por ahí. Lo único que quiere esta niña es darnos un disgusto. Pero bah, dejémosla. No hace daño a nadie, y mientras no salga de su habitación... no hay nada que temer —contestaba la madre.
Pero Rocío seguía desapareciendo. A los tres años, a los diez, a los quince, e incluso a los veinte. Cada vez espaciaba más sus desapariciones, eso sí. Antes de los siete años, desaparecía prácticamente todos los días. Cuando cumplió diez, acostumbraba a desaparecer cada dos o tres. Luego, a los quince, lo hacía una vez a la semana. Y, cuando llegó a los dieciocho y a los veinte, una o dos veces al mes. Sin embargo, siempre mantuvo la incógnita de adónde iba.
Se acostumbró a callarlo, porque sabía que nadie la iba a creer. Lo fue aprendiendo desde aquella tarde en que apareció en el salón de repente, después de la partida de búsqueda. Cuando les habló del Hada Madre a sus padres, vio las caras que pusieron. Creían que estaba mal. Luego fue cuando la encerraron en su propia habitación, enseñándole que estaba más mal todavía. Por eso hacía tantas visitas al mundo de la habitación de cristal.
Allí, la gente era transparente, y a veces brillaban con luz, si es que les apetecía. Sonaba música a todas horas; en las casas, en las calles, en las tiendas... Vendían alas para volar, incluso. Rocío se había comprado tres, porque no era necesario pagarlas con dinero. Bastaba con tener alguna buena idea que ayudase a los demás. El tiempo climatológico no les preocupaba, pues siempre solía hacer calor. Y, cuando llovía, lo celebraban, porque sabían que era bueno para la tierra y que limpiaba el ambiente. A veces la gente solía sonreírte por la calle, pero lo hacían de verdad.
La manera en la que Rocío entraba era muy sencilla: sólo tenía que mirar a un punto fijo en la habitación de la casa de sus padres, y concentrarse en él durante mucho tiempo. Si lo hacía el tiempo suficiente, entonces, poco a poco, esta habitación comenzaba a cambiar y se transformaba en la de cristal, donde salía a recibirla el Hada Madre. La mayoría de las veces con una deliciosa merienda, y siempre con una cálida sonrisa. Allí no había candado ni barrotes, por lo que podía salir a pasear por el resto de la casa. Además, cuando se cansaba de estar allí metida, podía salir a pasear fuera. Luego sólo tenía que volver a la casa de cristal del Hada Madre, a su habitación, y volver a concentrarse en un punto fijo. Entonces, estaba de vuelta en la casa de sus padres.
Sólo cuando tuvo veinticuatro años y una amiga de verdad, le contó lo del mundo que no existía. Se lo contó una tarde lluviosa, al calor de un café humeante. El tiempo era demasiado tedioso, no había nada que hacer... Y entonces se le ocurrió hablarle de aquel mundo mágico. Por fin abriría las puertas de su corazón. Aunque no le creyese, no le importaba ya. Lo único que quería era poder compartirlo con alguien. Si aquella amiga se iba para siempre, por lo menos se quedaría con la estupenda sensación de haberse liberado.

Afortunadamente, no fue así, y aunque a su amiga al principio le costaba asimilar todo lo que Rocío le estaba contando, pronto ató cabos. Y lo más maravilloso, fue cuando las dos juntas viajaron hasta allí.


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