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lunes, 9 de marzo de 2015

El colgante. Eslabón 7

Foto: Marta Santos
La tenue luz que iluminaba el baño austero flotaba como una nebulosa espacial repleta de pequeñas partículas de polvo. El silencio que reinaba desde hacía quince minutos había cobrado tanta fuerza que ahora lo cubría todo en una densa capa de normalidad. El agua que los enterraba era cómoda y agradable, como una mantita de bebés. Comprenderéis que, sumido en esta atmósfera de adictivo bienestar, Armando no quería hablar. Pero sí quería saber, por lo que no le quedó más remedio que pronunciarlas. Las palabras.

Sonia, me gustaría que me hablaras de tu familia.

De repente, los delicados brazos de la mujer se sorprendieron llenando de hipnóticas ondas la superficie del agua. Su rostro se tensó en una sonrisa, pero ella en realidad no estaba sonriendo.

Pues... Mi padre y mi madre viven en el bosque, son muy buena gente. Tengo dos hermanas, Irene y Luz, mayores que yo. Ellas se marcharon hace algunos años. Son inteligentes, y agradables. Mis abuelos también lo son. Ellos viven con mis padres.

Armando trataba de deshilar cada palabra, absorbiéndola con auténtico candor.

¿Y dónde están ahora tus hermanas?

Sonia vaciló.

Ellas... Están en otro pueblo. Molching, creo que se llama...

Vaya, eso no está muy lejos de aquí. ¿Y están casadas, o tienen hijos?

Aquello a Sonia ya le pareció demasiado.

Armando, creo que eso no es de tu incumbencia...

El pescadero se sonrojó.

Oh, lo siento.

El silencio volvió a abrazarlos y a sumirlos en un anestesiante estado de quietud. Pasaron algunos minutos de cristal antes de que Sonia decidiera evitar ese estado de vulnerabilidad ante preguntas incómodas y se levantase de la bañera.

¿Adónde vas? — preguntó Armando.

Creo que me acostaré ya... Estoy muy cansada. —Repuso antes de elevarse grácilmente sobre las aguas, como un cisne amable.

¿No vas a cenar nada?

Gracias, pero no tengo hambre. — Sonrió, esta vez de verdad.

Armando se quedó comtemplándola, de nuevo sumido en un paralizante silencio. Esta vez la analizó sin pudor, recorriendo cada centímetro de su piel. Realmente no se arrepentía de hacerlo hasta que la mandíbula le empezó a temblar, el corazón se le desbocó y los ojos se le congelaron, incrédulos.

Sonia... — Musitó.

¿Qué?

No tienes ombligo.

Esta vez fue ella la que tuvo que controlar su miedo.

Armando...

Él se echó hacia atrás, con el cuerpo todavía dentro de la blanca bañera de porcelana. A pesar de estar asustado, su voz fue capaz de pronunciar:

¿Pero qué clase de monstruo eres tú?

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