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lunes, 7 de julio de 2014

Der Pianist

Foto: Marta Santos
Llovía como si nunca fuera a haber un final. Era una lluvia densa, fuerte; casi una cortina de agua. La mayoría de los habitantes del pueblo observaban el espectáculo resguardados bajo los soportales de la plaza, pero él no. Él quería verlo de cerca. No le importaba que aquella cascada celestial lo calara hasta las entrañas.

Dio un paso al frente, y se acercó más. El agua fluía a borbotones por su pelo, escurriéndose por las puntas y empapándole la espalda por completo. Todo el mundo lo miraba, pero a él no le importaba demasiado. Tenía el rostro tan mojado que era imposible distinguir la lluvia de sus lágrimas. Su expresión era imperturbable y, francamente, era muy difícil darse cuenta de que estaba llorando. Más bien era imposible, porque casi no había signos de vida en aquel rostro pétreo: tan sólo unos ojos fríos y abiertos que miraban fijamente al piano que se deshacía en el medio de la plaza.

Era un piano de cola precioso. Se diría que solamente el sonido que producían sus teclas era capaz de superar la elegancia de su aspecto. Sin embargo, la gente sonreía mientras éste se derretía como mantequilla bajo el repiqueteo de las gotas de lluvia. Éstas lo herían y lo destrozaban, tiñendo de gris todas sus teclas y deshaciéndolo con su insistencia como si fuera un cartón mojado. La gente lo miraba con curiosidad, con morbo. Aquello les divertía. Las ejecuciones públicas siempre han mantenido al pueblo contento. El alcalde lo sabía, por eso asentía complacido, mientras el piano se desmoronaba por completo bajo la fuerza destructora de la lluvia.

Sólo él lloraba por el gran piano de cola, con la mirada fija y contrariada. Aquel instrumento era su vida, y con su muerte también moría él; o mejor dicho, su alma. Su cuerpo permanecía en pie, inmóvil y empapado, con la impotencia de quien contempla su propio suicidio.

Aquel pueblo era triste. Aquel pueblo era gris. Nadie hablaba en Villasilencio, sus calles siempre estaban mudas. La melodía que aquel instrumento cantaba bajo sus dedos era lo único que le confirmaba que estaba vivo en las largas mañanas, las largas tardes. Las largas noches. Ahora ya siempre sería invierno. Aquellos finos y largos dedos lo sabían muy bien, por eso se contraían con fuerza en un puño. No volvería a salir el sol para ellos, aunque dejase de llover.

Los lánguidos y atontados habitantes de Villasilencio comenzaron a abandonar la plaza poco a poco en cuanto el piano se deshizo por completo. Como marionetas sin hilos, como sombras con cara, fueron retirándose hacia sus casas grises. En aquella lluviosa tarde de noviembre, sólo un hombre se quedó en el centro de la plaza del pueblo empapándose bajo la lluvia.

Su nombre era David, pero lo llamaban “el loco”.

Nadie entendía que se negara a hacer otra cosa que no fuera pasarse horas y días enfrente de aquella cosa a la que él llamaba piano, pulsando aquella especie de dientes blancos y negros una y otra vez; a veces muy despacio, a veces con tanta rapidez que sus manos parecían desaparecer sobre las teclas.

Él no solía trabajar la tierra, no se emborrachaba en la taberna y no salía con los muchachos del pueblo a robar manzanas o espiar a las chicas cuando se bañaban en el río.

Era como un extraterrestre. Aquel “piano” parecía sorberle el alma, y no había manera de que se divirtiese como los demás. Fue por ello que los vecinos del pueblo hablaron con el alcalde, y se acordó en conjunto condenar al piano a desaparecer bajo la lluvia.

Fue por ello que aquella fría y gris tarde de noviembre, David se quedó sin alma.

Nadie echó en falta la prodigiosa melodía que envolvía al pueblo verano e invierno. Nadie extrañó la música celestial que bailaba por entre las hojas de los árboles de Villasilencio. A nadie le apenó que el viento ya no sonara con blancas y corcheas.


No hubo lástima ni tristeza aquella tarde fría y gris, porque todos los habitantes de Villasilencio eran sordos.


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