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lunes, 18 de abril de 2016

Disolver las heridas

Foto: Marta Santos

No sabía cómo, pero el cristal que cubría mi piel se había roto. La sangre, el fuego y la vida habían fluido desde aquel lugar en el que hacía mucho que ya no vivía, y lo habían estallado todo en pedazos. Qué desastre. ¡Ahora habría que fregarlo todo!

Pero estaba muy contenta.

Cogí la escoba y comencé a barrer con brío. Por fin parecía que las tinieblas se habían roto, junto con los cristales. Arrastrar los trocitos de cristal del suelo, meterlos en el recogedor. ¡Qué alivio! ¡Qué alegría! Incluso silbaba.

Pero... Algo estaba mal. Unas gotitas de sangre manchaban los cristales. Eran de color rojo intenso, recientes.

Miré mi brazo. Allí estaban. Miré mis piernas. Parecía una plaga. Mi vientre, mi espalda, mi cuero cabelludo. No había lugar donde no estuvieran.

Me eché a llorar. Me tapé la cara con las manos para que nadie me viera, aunque enseguida el dolor acuciante comenzó a reclamarme. Tenía que quitármelas.

Así que comencé a sacarme las agujas, una a una. La sangre brotaba entonces con más fuerza, como ríos bermellones que desembocaban en el suelo. No podía ocuparme de las heridas ahora, tenía que quitar todas las agujas primero.

Crucé aquel desierto agónico en completa soledad.

Cuando terminé, volví a sentir aquella luz. La misma que había roto los cristales, volvía a bañarme otra vez. Bajando desde el cielo con su fulgor dorado, envolviéndolo todo. Ablandando el dolor y disolviéndolo en el aire. Reconfortándome con su abrazo omnipresente. Ella siempre había estado ahí, dándome la fuerza. Fluyendo desde el interior y desde el cielo. Disolviéndome también a mí en la más pura y bella canción de amor.

Solo entonces se cerraron las heridas. Sin tiritas, sin betadine, sin alcohol para limpiar las manchas de sangre reseca. Fueron simplemente desapareciendo. En su lugar, la vida.

Respiré.

Corrí, canté, grité.

Volví a respirar.

Volcanes, terremotos, huracanes, lluvias torrenciales.

El fuego, la tierra, el aire, el agua.

Respiré de nuevo.

Lloré.

NACÍ.

Mi piel era ahora de carne. Notaría cada pinchazo de cada aguja que antes no había notado, gracias al cristal. Pero ahora podría quitarla al momento. Volver a sentir la luz. Era lo único que podría disolver las agujas que clavaban aquellos que se las clavaban a sí y a los demás, aquellos que vivían clavando agujas porque tenían la piel de piedra y nunca las notaban. Qué pena. Ojalá que algún día la pudieran tener al menos de cristal. Era mucho más hermoso.

lunes, 11 de abril de 2016

Las cuatro pintoras

Foto: Marta Santos
Había una vez cuatro chicas a las que les gustaba pintar.

Las cuatro iban a la misma academia de pintura todos los viernes por la tarde. Las cuatro tenían una forma de pintar propia de un ángel, aunque sus cuatro estilos eran diferentes.

Lidia pintaba retratos, y era una especialista plasmando las expresiones faciales de la gente. Era capaz de pintar el alma de cada persona retratando tan solo su cara, y necesitaba apenas cinco minutos para dibujar con cuatro líneas la personalidad que desprendía una mirada.

María era un portento pintando bodegones. Era maravillosa captando la atmósfera que rodeaba a los objetos y copiando el brillo de la luz que incidía sobre ellos. Además, componía sus naturalezas muertas de una manera tan armónica que parecían cobrar vida propia.

Ana tenía una habilidad excepcional para pintar paisajes naturales. Sabía trasladar a cualquiera que contemplase sus cuadros al lugar que retrataba, ya fuese una playa, un río, un bosque, un prado o una montaña. Ningún espacio de la naturaleza se resistía a su pincel.

Por último, Sonia poseía un don para pintar pájaros, flores y mariposas. Sus cuadros solo trataban estos temas, pero lo hacía tan bien que parecían absolutamente reales. Sus pájaros parecían estar a punto de echar a volar en cualquier momento, sus flores semejaban brillar con la luz del sol y sus mariposas presentaban una riqueza de colorido asombrosa.

Pero, además de sus preferencias al pintar y de sus dones, había otra cosa que las diferenciaba.

Una se consideraba mejor que las demás. Esto siempre le acababa acarreando discusiones con el resto de sus compañeras, pues cualquiera que estuviera a su lado sentía que no tenía talento y que no valía para pintar. Por ello, muchas veces la evitaban, y esto hacía que ella se enfadase y se sintiese a menudo sola y triste.

Otra se consideraba peor que las demás. Esto hacía que las demás se sintiesen muy bien a su lado, puesto que les daba la impresión de que eran mejores artistas y nunca tenían discusiones. Sin embargo, a ella esto la hacía sufrir porque le parecía que no tenía talento. Además, a menudo se sentía sola y le daba la impresión de que las otras no la comprendían.

Por último, dos de ellas se consideraban iguales a sus otras compañeras, aunque la experiencia que vivía cada una era completamente distinta.

Una de ellas hacía que las demás se sintiesen peores artistas a su lado y también se hacía sufrir a si misma, puesto que consideraba que las cuatro tenían muy poco talento y que no valían para pintar. Pensaba que, al estar en una academia, eran unas simples aprendices que no tenían ni idea de pintura. Esto la hacía discutir constantemente, cada vez que menospreciaba los trabajos de sus compañeras. También se enfadaba, se sentía sola y triste, sufría porque le parecía que ella misma no tenía talento y creía que las otras no la comprendían.

La otra, en cambio, hacía que las demás se sintiesen mejores artistas a su lado y disfrutaba recreándose en la belleza de las cosas que ella misma pintaba. Esto era porque consideraba que las cuatro tenían muchísimo talento, y que eran unas pintoras estupendas. Admiraba las obras de las demás, y no perdía ocasión de recordarles lo buenas artistas que eran. También admiraba sus propias obras, y si alguien en alguna ocasión le hacía sentir poco valiosa, entonces se recordaba a sí misma que era una pintora excelente.

No voy a indicar aquí quién era cada una, porque eso carece de importancia. Podéis atribuirle a cada personaje el nombre que queráis, y no cambiaría nada. Lo verdaderamente interesante en esta historia era cómo sentía cada una su propia realidad.

La autoestima del alma une en la excelencia; la autoestima del ego separa.


lunes, 4 de abril de 2016

La alfarera

Foto: Marta Santos
Había una vez una alfarera que moldeaba hermosas vasijas.

Vivía en un pueblo pequeñito, al lado de una montaña. Sus vecinos gustaban de adquirir sus preciosos cántaros; pero aquella aldea era tan minúscula que, por muchos que vendiese, jamás alcanzaría a ganar lo suficiente para vivir. Así que, un día, una vecina suya le dio la solución:

Múdate a la ciudad —le dijo—. Allí se venden decenas de vasijas todos los días. Eso sí, tendrás que fabricarlas con un estilo más moderno, ya que allí no compran el tipo de cántaros que usamos aquí.

La alfarera le dio las gracias, y se puso a pensar. Era cierto que necesitaba muchos más ingresos y que allí podría obtenerlos, pero tendría que dejar atrás muchas cosas: su familia, su pareja, su casa... Además, allí no conocía a nadie.

La alfarera pensó, y pensó, y pensó. Y al final el miedo le pudo, y se quedó en la aldea.
Pasaron dos otoños, dos inviernos, dos primaveras y dos veranos. Y la alfarera se sentía cada vez más desilusionada: vendía tan poquitas vasijas, que el dinero no le alcanzaba ni para pagar el barro cocido que usaba para moldearlas.

Un día, su marido se despertó y no la encontró en casa. Buscó por el jardín, por la cocina, por el taller, y al no verla, se sentó junto al horno donde ella terminaba sus obras. Entonces, algo le llamó poderosamente la atención: un montón de trozos de vasijas rotas sembraba el suelo, y en las estanterías donde solían estar guardadas, se abría el vacío.

¿Por qué habrá destrozado todas sus piezas?”, se preguntó. Se levantó y, apenado, comenzó a recorrer con su mano derecha las estanterías vacías. Gracias a ello, encontró un sobre cerrado dirigido a él y firmado por su mujer. Al abrirlo, vio una carta.

Cuando leas esto, ya no estaré aquí. Me voy a la ciudad. Debería haberme marchado hace tiempo, pero fui cobarde para irme entonces y soy cobarde ahora al no decírtelo en persona. He de dejar atrás a mis amigos, a mi familia y a ti. No puedo quedarme más en este lugar en el que no encuentro un futuro para mí. Lo siento.”

Mientras su marido leía la carta, la alfarera posaba una de sus dos maletas sobre la cama de un hotel. En ella llevaba algo de ropa y unos cuantos enseres personales. En la otra maleta, que reposaba en el suelo, siete vasijas modernas que deberían darle el dinero suficiente para comprar más barro cocido y alquilar un horno por algunas horas. El resto del equipaje eran solo recuerdos en su cabeza: la imagen de sus antiguas vasijas chocando contra el suelo, y cientos de trozos y esquirlas saltando por los aires. Aquellas piezas de estilo antiguo ya no le valdrían de nada en su nueva vida.

A la mañana siguiente, se dirigió al principal mercado de la urbe. Se estableció en una esquina, dispuesta a pasar las horas que hicieran falta para vender sus siete modernas vasijas . No necesitó demasiado tiempo, puesto que los transeúntes se paralizaban al observar la belleza de aquellas piezas. En pocos minutos, se arremolinó una turba que no paraba de preguntar cuánto valían y dónde se podían adquirir más. Enseguida se vendieron las siete. La gente se disipó al ver que se habían agotado, así que la alfarera se dispuso a abandonar aquel mercado. Al hacerlo, una señora de mediana edad la abordó.

He visto el éxito de tus piezas. ¿De dónde las has sacado?
Las he hecho yo misma. Tenía un taller en mi pueblo, pero he decidido venir a trabajar a la ciudad. El dinero que ganaba con ellas apenas podía mantenerme.
¡Qué casualidad! —exclamó la señora—. Precisamente hoy se acaba de jubilar uno de los alfareros que tenía en mi taller, y estoy buscándole sustituto. ¿Querrías venir a trabajar con nosotros?

La alfarera accedió, y terminó convirtiéndose en una de las fabricantes de vasijas más apreciadas del país.

Para brillar suele ser más difícil quitar lo que sobra, que añadir lo que falta.



lunes, 21 de marzo de 2016

Las flores que derramaban luz

Foto: Marta Santos
Aquel mes de marzo fue especial.

Hay que aclarar antes que todos los meses de marzo son especiales, porque es cuando la naturaleza se viste de novia y las flores se atreven a existir.
Dicen, sin embargo, que aquel año tuvo algo diferente, algo que abrió la puerta a lo desconocido y la volvió a cerrar con igual misterio, para asombro de muchos.
Y es que ese año, las flores comenzaron a derramar luz.

Al principio fue algo casual, casi imperceptible. Un juego óptico, decían algunos. Un engaño visual, decían otros. El caso era que, cada vez que alguien se acercaba a una flor y después cerraba los ojos, podía percibir con total claridad cómo su luz se le quedaba pegada al párpado, y la seguía viendo.

Las flores comenzaban a iluminarse ellas mismas, de forma muy vaga al principio, y muy clara después, como si fueran luciérnagas. Parecían una bombilla de bajo consumo que tarda en encender. Pero el caso es que todo el mundo era capaz de verlo.

Los campos se llenaban de múltiples luminarias pequeñitas, encendidas como velitas, cada una de su color: luz blanca para las margaritas, luz violeta para las violetas, luz rosa para las rosas, luz dorada para los dientes de león... Aquellas flores que combinaban dos o más colores eran todo un espectáculo, pues lanzaban varios destellos luminosos que jugueteaban y bailaban entre sí, entremezclándose con gracia.

Comenzó a correr la leyenda de que las hadas habían embrujado al mundo, y de que un hechizo mágico era el que estaba causando todo el fenómeno. Muchos se asustaron, creyendo que aquello era un cataclismo maléfico y que anunciaba otra serie de tremendas desgracias en cadena que iban a terminar por erradicar a la humanidad de la faz de la Tierra. También había algunos (no muchos), que decían que las flores eran como las personas, cada una con su propia luz, y que ese año les había dado por querer demostrárnoslo. Que no era nada espectacular, porque siempre estaban brillando, pero que la diferencia era que ese año éramos capaces de verlo. Lo achacaron a no sé qué fenómeno visual provocado porque estábamos atravesando el centro de la galaxia.

Hubo incluso una niña que fue capaz de articular su propia teoría. Una teoría a la que al principio no le hicieron mucho caso, porque era bastante rompedora, pero que poco a poco fue ganando adeptos:
Decía esta niña que las flores eran como canciones. Que cada una tenía su propia melodía, y que esto era gracias a que cada flor está presente en todas las dimensiones a la vez. En cada dimensión tocaba una nota musical diferente, y el conjunto de todas ellas, la canción final, era la que podíamos contemplar en nuestra propia dimensión si teníamos los ojos del corazón bien abiertos.

La verdad es que esta teoría no explicaba demasiado el porqué del brillo de las flores, pero era muy hermosa y mucha gente comenzó a interesarse por ella. Llegaron a la casa de la niña científicos, curanderos, chamanes, investigadores... Todos ellos acompañados de un batallón de periodistas que, día y noche, montaban guardia al lado de la casa de la niña para poder hacerle fotos y sacarle algunas declaraciones.

Los científicos decían que la niña estaba loca y que nada de lo que decía era verdad. Que su teoría iba en contra de la ciencia moderna y que no podía demostrarse ni medirse. La acusaron de charlatana y de querer lucrarse con sus estrambóticas afirmaciones. La niña los miraba con los ojos como platos, y se callaba.

Los curanderos y los chamanes decían que aquella niña era una enviada de los dioses. Que tenía poderes sobrenaturales y que era muy milagrosa. Le quitaban pelos, le robaban prendas de ropa y enseres personales y los vendían diciendo que servían para curar toda clase de males. La niña los miraba con los ojos como platos, y se callaba.

Los investigadores eran los únicos que le hacían preguntas, y la niña siempre respondía lo mismo:

Lo importante no es lo que yo digo, son las flores. Están brillando, y vosotros os las estáis perdiendo con toda esta polémica. Id con ellas y miradlas con el corazón. Si sois lo bastante sensibles, ellas os desvelarán su mensaje. Es diferente para cada ser humano. Irrepetible y único. Como las personas.

Lo cierto era que las flores seguían derramando gentilmente su hermosa y sutil luz. Como candelitas que iluminaban la hierba, con un fulgor casi incandescente pero que no era capaz de quemar, salpicaban los prados y los parques de aldeas y ciudades. Regalaban un espectáculo tanto más maravilloso cuanto más entrada estaba la noche.

Algunas personas fueron capaces de aprovecharlo. Se paseaban hasta las flores, y las flores les contaban su historia. Aquellos que sabían escuchar supieron de las peripecias de las flores, de dónde venían, quiénes eran, para qué iluminaban los campos día y noche con su maravilloso colorido; y ese año también, con su fantástica luz.

Se organizaron excursiones de colegios y asociaciones, que acudían a los parques y a los bosques con cámaras y, sobre todo, con el corazón abierto, para poder regalarse esa luz que las flores derramaban día y noche a todo aquel que la quisiera recibir.

Algún artículo de revista especializada en botánica fue escrito, y alguna canción de piano compuesta. Alguna poesía les dedicó sus versos, y algunas oraciones les fueron enviadas a las flores. Era un espacio sagrado, en el que no muchos osaban entrar.

Al final, después de una primavera agitada que duró sus escasos tres meses, las flores se apagaron y dieron paso al verano.
La luz del sol lo inundó todo. Fuerte, enérgica, potente. Calentó los ríos y las veredas, iluminó con sus destellos la tierra y la mar, y las flores supieron que ya no era su tiempo y se volvieron a dormir. Hasta el año siguiente, en el que volverían a despertar.

Mucha gente esperó ese momento con expectación, con los ojos ávidos y las mentes inquietas, aguardando a que los prados se volvieran a iluminar de nuevo con aquellas sutiles e increíbles melodías de colores. Esperaban que puntitos luminosos de diferentes tonalidades vistiesen de nuevo al campo de magia, pero ya nunca sucedió. Nunca más volvieron a brillar las flores. Nunca más derramaron su luz otra vez.

Cuentan los ancianos que todo es un ciclo dentro de otro ciclo más grande, y que las flores solo están esperando a que llegue de nuevo su tiempo para volver a brillar.


lunes, 14 de marzo de 2016

Ella tenía flores en el pelo

Nacían flores en sus cabellos.
Grandes, pequeñas, coloridas, sedosas, ásperas en ocasiones.

No importaba que el aire del sur robara todos sus pétalos de manera escandalosa; aquel prodigio era instantáneo y al poco las flores volvían a brotar, esplendorosas.


Ilustración: Marta Santos
Ella reía. Bailaba. Cantaba por las mañanas, perseguía mariposas, hablaba con los pájaros. Estos la rodeaban, como rindiéndole un homenaje, y luego continuaban su vuelo hacia lo alto de los árboles.

Por todas estas maravillas, los pocos aldeanos a los que les había permitido que la vieran sospechaban que era un hada. Pero ella, en su corazón, se sabía una bruja. Un ser que nunca llegaría a la perfección tras la cual siempre corría. Por eso guardaba suss secretossss... Ssssshh...

Sus secretos tenían formas oscuras, como la noche. Se escondían de todos aquellos que llegaban al bosque con mezquinas intenciones. Solo los duendes, las ninfas y los elfos comprendían; porque vivían en ella. Apreciaban todas sus flores y las respetaban, sin pedirle nada a cambio. Jamás se les ocurría arrancarlas, aunque sabían que tenían fecha de caducidad y se iban a marchitar. Ellos habían llegado a la maestría que podía dejar que las cosas siguieran su curso.

Pero en la aldea no. En la aldea era diferente. La locura se había instalado hacía mucho en los corazones de sus habitantes, quienes eran capaces de pisotear las flores si los jefes de la tribu se lo ordenaban. Las arrancaban y cultivaban a su conveniencia, sin respetar los cursos naturales. Sólo importaban sus deseos egoístas, alimentados sin cesar por los libros y las canciones que por la aldea circulaban sin cesar, instigados por dibujos y pinturas que pasaban de mano en mano y que la representaban a ella, a la dama de este cuento, como una víctima.

La hipocresía reinaba por doquier. La convertían en víctima y fingían apiadarse de ella para poder convertirse en sus verdugos (aunque sin reconocerlo, eso sí).

Pero eso a ella le daba igual. Nunca había entrado en juicios. Sabía que no era víctima de nadie, ni tampoco la dama cruel y caprichosa que otras veces pretendían. Era el juego que ellos habían inventado. No tenía nada que ver con ella.

Ella había estado desde mucho tiempo antes de que construyeran aquel pueblo. Lo había visto nacer y crecer, como había visto a otros antes en el mismo lugar, aunque los vecinos de ahora pensaran que nunca antes se había establecido otra comunidad allí. Tampoco aceptaban que pudieran existir otras aldeas en tierras lejanas. Ellos habían cegado tanto su corazón que pensaban que eran los únicos.

Ella sí sabía que habían florecido otras tribus en aquel lugar. Por eso también sabía que, independientemente de que sus habitantes transformasen la aldea en un paraíso o se terminaran destruyendo unos a otros con sus retorcidos y macabros juegos, ella seguiría siendo la misma y continuaría corriendo por el bosque. Perpetuaría su secreto para revelárselo solo a quien pudiese escuchar. Un hada para algunos, o una bruja para otros.

En realidad, su ser no era ninguna de las dos cosas, y era las dos a la vez.

Era simplemente ella. Era la Madre Tierra. Era Gaia.


lunes, 7 de marzo de 2016

La máquina de hacer arco iris

Foto: Marta Santos
Había una vez un niño que vivía al lado de un bosque.

Todas las mañanas iba a pasear entre los árboles con su perro. Un día, vio algo extraño moviéndose entre la maleza. El pequeño se acercó y se percató de que no se trataba de un pequeño jabalí o un zorro. Lo que allí bullía tenía la piel de intenso color verde. No hubo duda cuando el ser saltó del arbusto: era un duende. Un pequeño y malhumorado duende, de piel arrugada y traje verde oscuro.

—¡Cáspita! ¡Un trol! –exclamó el niño.
—¡Grsgrsgrs! ¡Trol será este bicho tuyo que no para de ladrar! –Por sus gruñidos, el ser parecía ofendido—. ¡Yo soy un duende!
—¡Un duende! –Exclamó el infante—. ¡Cuando lo cuente, no me van a creer!
—Es que no puedes contarlo –replicó el mágico personaje—. Si le dices que me has visto, me buscarán, me analizarán, experimentarán conmigo… y me acabarán matando sin proponérselo. Los de tu especie sois muy brutos. Lo que tocáis, lo destrozáis.
—He de reconocer que no muchos respetan la naturaleza –contestó el niño—, pero no todos somos iguales.
—Cierto, mas no puedo arriesgarme. He de volver a mi casa y tú no podrás verme nunca más. Sin embargo, te haré un regalo para que te acuerdes de mí.
—Oh, ¿qué regalo? –preguntó el chico con curiosidad.
—Te obsequiaré con una máquina de hacer arco iris.
—¡Una máquina de hacer arco…!
—¡Escúchame bien! –Interrumpió el duende—. Esta máquina solo, y repito, solo, podrá ser utilizada cuando llueva. Nunca la uses cuando haya nubes sin más, ni mucho menos en día soleado. Tiene que llover, ¿entendido?
—Sí, de acuerdo. Con lluvia.

Dicho esto, el duende hizo un extraño gesto con su mano y un artefacto surgió ante ellos. Se lo entregó al niño, no sin antes recalcarle que solo lo usara al llover, y desapareció entre los matorrales. El infante se apenó por no verlo más, pero guardó la máquina en el bolsillo y se dirigió de nuevo a su casa.

Pasaron los días, y el pequeño seguía emocionado por el regalo del mágico ser. Lo limpiaba cada mañana para evitar que el polvo lo dañase, y lo mantenía a salvo de otras personas que pudieran preguntar de dónde lo había sacado.

Sin embargo, discurrían semanas y la impaciencia se adueñaba del niño. Las lluvias parecían no llegar nunca. Según pasaron los meses, la impaciencia llevó a la desesperación, y el chiquillo ya no podía más. La situación llegó al límite cuando anunciaron sequía en la región. Cuatro meses habían pasado desde que el duende le regalara el artefacto, y la situación prometía prolongarse otros cinco meses más. Era insufrible.

Inquieto, el muchacho decidió utilizar la máquina. A pesar de la recomendación del duende, salió al porche de su casa, apretó el botón circular del aparato y esperó.
Al principio, el sol refulgía como si nada. Pero al cabo de un rato, pequeñas nubes aparecieron en el cielo, dirigiéndose hacia la casa del niño. No tardaron en reunirse varias, y su tonalidad se iba oscureciendo.

—¡Estoy atrayendo la lluvia! ¡Viva! –Exclamaba el pequeño, lleno de emoción—. ¡Ahora las nubes descargarán el agua, y vendrá el arco iris! ¡Hurra!

En efecto, un chaparrón torrencial se liberó en apenas unos segundos. Pero la situación comenzó a empeorar, porque acompañando al aguacero surgieron rayos y truenos. El niño se asustó. Corrió dentro de casa, olvidando la máquina de hacer arco iris en el suelo del porche.

Desde la ventana observó el temporal, y un ruido infernal atronó sus oídos cuando un rayo impactó contra el artefacto que le había regalado el duende. Al poco rato, la tempestad se disipó tal como había venido.


Entonces el chiquillo salió de nuevo al porche. Allí, unas cenizas eran todo lo que demostraba que alguna vez, la máquina de hacer arco iris había existido.

Los regalos de la vida son como un embarazo: al sacarlo antes de tiempo, el feto muere. 

Pero si esperamos nueve largos meses, nacerá la criatura más maravillosa que hayamos visto jamás.

lunes, 15 de febrero de 2016

Año 4000 d.C.

Imagen: Marta Santos

Había una vez un planeta llamado Tierra.

Dicho planeta había conocido muchas civilizaciones, e incluso a un ser llamado Jesucristo con el que medían el tiempo. Desde que dicho ser viviera en la Tierra, habían pasado más de cuatro mil años.

La civilización que ahora poblaba el planeta había sido muy primitiva en sus orígenes. Incluso habían torturado salvajemente al mismo Jesús al que después adoraban. Sin embargo, todo eso había quedado muy atrás, y ahora la Tierra vivía una época de esplendor. Desde el 2.800 d.C., sus habitantes habían dejado de matarse entre ellos y de comerse a sus hermanos los animales. Respetaban a las mujeres y a la vida, y no discutían si no era necesario. Comprendían que intentar quedar por encima de otro ser humano era absurdo, pues todos eran uno, y ninguno podía ser feliz si había otro que sufría.

Los humanos del siglo XLI habían comenzado a desarrollar la habilidad de la telequinesia, es decir, de mover objetos con la mente. También habían aprendido a comunicarse usando los pensamientos, con una ciencia que se conocía como telepatía. Todo esto les había llevado cientos de años, pero podía decirse que aquel lugar era mucho más pacífico y feliz de lo que había sido unos cuantos siglos antes.

Su conocimiento científico de la mente y del universo les permitía no solo practicar la telepatía y la telequinesia, sino curarse con esta misma energía mental. Es por ello que las enfermedades habían sido erradicadas hacía siglos. En las universidades enseñaban cómo manejar la energía de los pensamientos, cómo influía esta en el entorno cotidiano y cómo podían enfocarla para lograr lo que deseaban. Había carreras enteras dedicadas a estas cuestiones. Asimismo, habían desarrollado especialidades que estudiaban las leyes universales que regían el cosmos, tanto leyes físicas como espirituales. Nadie dudaba ya de la existencia de otros planos superiores al mundo material, y analizaban las interrelaciones que se daban continuamente entre estos planos y el mundo físico.

En esta época, además, los visitantes de otros planetas eran frecuentes, y cada sistema solar cercano tenía su propia embajada en la Tierra. Los terrestres también construían sus propias naves e instalaban sus embajadas por el espacio exterior. Todas las razas se respetaban entre sí sin importar el punto de la galaxia del que proviniesen, y abundaban las fiestas, espectáculos y eventos que reunían a representantes de toda la Vía Láctea.

Sin embargo, ninguna celebración interestelar podía asemejarse a las fiestas tradicionales que los habitantes de la Tierra consideraban sagradas. Entre estas podían contarse los equinoccios de las cuatro estaciones, en los que honraban a la Madre Tierra y al Padre Sol y les daban las gracias por seguir dándoles la vida en su baile galáctico. También estaban la fiesta de la tierra, la del agua, la del viento y la del fuego, utilizadas para reconciliarse con la energía de los cuatro elementos reflejada en sus propios cuerpos humanos. Otra fiesta, menos ritual pero también muy considerada entre los seres terrestres, era la de las flores. En ella engalanaban con flores las entradas y ventanas de sus casas, sus vestidos y sus cabellos, y cantaban y bailaban alrededor de una hoguera hasta que llegaba la noche.

Pero los mayores acontecimientos que gustaban de celebrar eran la salida del sol que se producía cada mañana, y la llegada de las estrellas que acontecía cada noche. Aunque eran fenómenos que se producían todos los días, los terrestres del año 4000 no dejaban de asombrarse por ellos.


En esos momentos tan maravillosos y asombrosos, todos se quedaban en silencio y oraban a la Fuente de vida universal.

La ciencia es aquella parte de la magia que ha podido ser explicada. (Jaime Garrido, arquitecto)


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