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lunes, 13 de julio de 2015

En el país de los caracoles

Foto: Marta Santos
Nerea se despertó.

Se encontró tumbada encima de una roca curvada, con la espalda dolorida por la mala postura que acababa de coger. Se llevó las manos a las lumbares, con una mueca de fastidio. De pronto, la roca se movió. Si no fuera por un veloz sentido del equilibrio, nuestra protagonista ya se habría dado de bruces contra el suelo. Pero, ¿qué rábanos estaba sucediendo?

¡Estas niñas son cada vez más maleducadas! ¿Quién os enseña a dormiros encima de la gente? ¡Así no hay quien viva! ¡Bastante tengo yo con escapar de los caminos, para que no me chafe algún excursionista despistado!
Lo siento, Señor Caracol, no le había reconocido. Cuando me recosté encima suya a descansar, su dura concha me pareció una roca normal... Muy cómoda, eso sí.
¡Eso, eso! ¡Encima recochineo! Si es que ya no hay educación —el Señor Caracol parecía realmente indignado. Su verde cabeza, que no se distinguía en absoluto del cuello ni del resto de su cuerpo, se levantó ligeramente para poder contemplar mejor a nuestra amiga.
¿Y quién te ha traído hasta aquí?
Una nube —respondió, agachando la cabeza. Nerea se sentía ligeramente culpable por haber abusado de aquel cúmulo de algodón que se había ofrecido a transportarla hasta el país de los sueños, pero no le dio demasiadas vueltas. Al fin y al cabo, ya se sabe que las nubes pueden viajar kilómetros y kilómetros sin cansarse, porque quien las lleva es el viento.
Ah... Nunca había conocido a ninguna niña que supiese subirse a las nubes.
Pues yo sí.
Entiendo —concluyó el caracol. Despacito, comenzó a alejarse, dejando una estela plateada tras de sí, formada por su babilla.
Te estás babando —dijo la niña.
Muy graciosa —replicó el Señor Caracol—. Eso ya lo sé.
Oye, ¿estás enfadado conmigo? Siento haberme quedado dormida encima de ti, pero es que no veía ningún otro sitio donde tumbarme a descansar, y tú estabas tan lisito y tan curvo...
No es eso. O bueno, sí —murmuró el Señor Caracol mientras se alejaba, poquito a poquito, poquito a poquito—. Son todas las niñas y todos los niños y todos los humanos que venís al país de los caracoles. Nos usáis para repantigaros encima de nosotros, nos chafáis la casa, y los más crueles incluso nos quitáis una antena... Así no se puede vivir. Los humanos no sois bien.
Bueno, puede que seamos un poco torpes, y despistados, y vale, sí, algunos son muy crueles con vosotros... Pero la mayoría de las veces no os fastidiamos aposta.
El Señor Caracol siguió alejándose. Nerea no podía ver su cara, porque estaba detrás de él, y por tanto no podía saber si la estaba escuchando o no.
Señor Caracol, ¿por qué no nos perdona? ¡Señor Caracol!
Nerea dio dos pasitos hacia adelante para alcanzarlo, lo que no le fue muy difícil dado que los caracoles son lentos, y se puso a su altura. Entonces vio que el Señor Caracol estaba llorando.
¡Señor Caracol! ¿Qué le sucede?
¡Vosotros chafasteis a mi madre y le quitasteis una antena a mi padre! ¡Y a mi hermano lo dejasteis sin casa! ¡Malos, malos, malos, malos, malos!
El Señor Caracol lloraba y lloraba, y sus lágrimas formaban un sendero plateado que brillaba tanto como su babilla. El sendero se hizo cada vez más grande, alimentado por las lágrimas del Señor Caracol, y las lágrimas se elevaron al cielo, desapareciendo después de haber parpadeado frente a la luz del sol.
El Señor Caracol se quedó mirando al cielo vacío con los ojos fijos, sin decir nada.
Ma... mamá. Mamá, ahora que sé que estás bien... te quiero —susurró. Luego se dirigió hacia Nerea y, con los dos ojitos que florecían encima de la punta de sus antenas bien abiertos, la miró y le sonrió:
Gracias, niña humana. Gracias a que has venido, mi madre me ha hecho una visita para decirme que está bien.
¿En serio la has visto? ¡Qué bien! ¡Cuánto me alegro! ¿Y cómo se te ha aparecido? ¿Estaba en el cielo?
Sí —contestó el Señor Caracol—, la he visto montada encima de una nube, como tú —y dicho esto, le guiñó uno de sus dos pequeños ojos. Parecía un poco más contento— ¿Quieres venir a mi casa? Te invitaré unas galletas. ¡Tengo que contarles a mi padre y a mi hermano que la he visto!
Nerea y el Señor Caracol caminaron durante un buen rato, teniendo en cuenta que los caracoles se mueven muy despacito y Nerea rara vez daba algún pasito hacia adelante, mientras que su recién estrenado amigo, el Señor Caracol, no dejaba de arrastrarse lentamente ni por un instante. Pero por fin, llegaron juntos a una casa que tenía la forma de una concha de caracol gigante. El Señor Caracol empujó la fina puerta fabricada con hojas de árbol, y le hizo una señal con la cabeza a Nerea.
Pasa, por favor. No te quedes fuera.
La niña entró, y se quedó fascinada. Los muebles de la estancia principal y de la cocina estaban construidos con ramitas de madera perfectamente recortadas y unidas con hilos, y tanto la encimera como las mesas, el sofá y las sillas estaban recubiertos con grandes hojas de lechuga.
Caraluis, ¡qué pronto has vuelto hoy! ¿Y eso? —otro Señor Caracol asomó su cabeza por entre las orejas del sofá. Nerea observó que le faltaba la concha.
¡Carajavier! ¡Hoy he visto a mamá!
Nerea dedujo que Carajavier debía de ser el hermano de Caraluis, el Señor Caracol que ella había conocido aquella tarde.
¿A madre? —el hermano del Señor Caracol original se levantó del sofá, tan rápido y veloz como fue capaz—. ¿Acaso es eso posible?
Sí, hoy he conocido a esta niña y he discutido con ella... ¡Pero después de haber llorado, mis lágrimas se deshicieron en el cielo y justo encima pude ver el rostro de madre, que me sonreía!
Caramba, tu amiga te ha dado buena suerte...
El hermano del Señor Caracol no pudo terminar la frase, porque enseguida apareció en la estancia otro Señor Caracol, más grande que los dos anteriores. A éste último le faltaba una antena.
¿De qué habláis, hijos? ¡Anda, si hoy tenemos una invitada! ¿Quieres un té con galletas?
¡Papá, Caraluis dice que ha visto a mamá hoy! —Carajavier no cabía en sí de emoción. Pero su padre, que había agarrado una taza, la soltó de repente.
Caraluna... No puede ser...
¿Por qué, papá? —quiso saber Caraluis.
Porque yo también he visto a Caraluna hoy, frente a mí. Me sonreía. Pero pensé que eran mi imaginación y mis ganas de verla... —esta vez, las lágrimas fluyeron en torrente desde los dos ojillos del Señor Caracol Padre. Al hacerlo, una antena fue creciendo lentamente en el lugar donde sólo le quedaba la marca de la anterior. Carajavier también se sorprendió, porque en su espalda comenzó a regenerarse una concha que pronto se convertiría en su nueva casa.
Caraluis no cabía en sí de asombro. Sólo pudo girarse hacia Nerea, y darle las gracias.
Creo que los humanos sí sois bien. Hoy, gracias a tu aparición he visto a mi madre, mi padre ha vuelto a tener antena, y mi hermano su concha. Gracias.
Carajavier sonrió.
Vas a tener que venir más a menudo al país de los caracoles a visitarnos, niña.


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