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lunes, 6 de julio de 2015

La ciudad de cristal

Foto: Marta Santos
Los largos pasillos se extendían por todas partes.

Noel estaba absolutamente desorientado. Tenía un mapa en la mano, que le había dado uno de los guardianes de la puerta principal, pero aquel trozo de papel lleno de líneas de colores lo aturdía aún más. Probó a caminar sin rumbo, eligiendo para ello el pasillo central. No había aceras en aquella ciudad; la ausencia de coches no sólo permitía a los viandantes ocupar toda la calle, sino que además el aire que se respiraba era perfumado y limpio como el de un campo al amanecer.

El cristal pulido que conformaba las vías, las fachadas de los edificios, las farolas, las papeleras y todo en general, dotaba a aquella ciudad de un color azul pálido que reflejaba los rayos del sol por momentos.
No había que olvidarse de que aquella ciudad levitaba suspendida por los aires, flotando sobre las nubes, y que sólo las corrientes de aire caliente que propulsaban los motores hidrosónicos de sus cimientos eran las que mantenían todo aquel universo en pie. De vez en cuando, alguna nave ultraligera volaba por encima de los enormes edificios acristalados de la ciudad, recordándole a Noel que, además de los tubos públicos de teletransporte, también había personas con nivel adquisitivo suficiente como para hacerse con un método de transporte privado.
Después de recorrer las dos primeras calles de aquella mole acristalada, Noel decidió tirar el mapa a una papelera de reciclaje de cartón. Ya no le valía, puesto que sólo tenía ocho horas para visitar todo aquel complejo antes del toque de queda. Decidió, por tanto, entrar en una tienda. Anunciaba souvenirs, y el escaparate parecía estar repleto por encima de sus posibilidades. Había figuritas de cristal, de porcelana, postales, minitelevisiones que proyectaban visitas a través de la ciudad en versión holográfica, e incluso minirobots con la misma apariencia de sus ciudadanos que recitaban las bondades de la misma, y de vez en cuando, se ponían a cantar.
Fue uno de estos robots, pero a tamaño natural, lo que lo sorprendió al entrar en la tienda. Cantaba una fácil y pegadiza letrilla de recibimiento, a la vez que movía los brazos de arriba abajo. Sus ojos eran blancos, al igual que su piel y el mono que vestía. Su pelo rubio platino, largo y lacio, le caía sobre los hombros. Era tan inquietante como los habitantes de aquel fantástico lugar.
Hombre, ¡un humano de abajo! ¿Qué tal, compadre? ¿Qué opina de la gente de aquí arriba? —lo saludó jovialmente el tendero. Su apariencia era casi idéntica que la del robot. Noel casi podría aventurarse a decir que realmente lo encargaron para él.
Bueno, un poco diferente de vosotros. Ya sabéis que desde la guerra del Cielo y la Tierra, no muchos de mis congéneres se animan a subir hasta aquí arriba.
Normal, normal, les hemos dado caña a esos estúpidos con nuestras campañas informativas. No ha sido necesario ningún derramamiento de sangre, pero la victoria táctica en la guerra de la información ha sido de lejos para nosotros. Somos mucho más inteligentes —comenzó a disertar el tendero. Conforme hablaba, a Noel le iba cayendo menos simpático cada vez. Su falta de delicadeza para los más desfavorecidos que habitaban sobre la superficie de la Tierra no le parecía una cualidad atrayente.
Nosotros aguantamos el rigor del sol cuando quema en los mediodías de verano, y nos helamos cuando las noches invernales cubren el atardecer. La vida en la superficie de la Tierra es mucho más difícil que en estas ciudades aclimatadas del Cielo, donde la temperatura siempre es la misma y complejas máquinas regulan las corrientes de aire. Este hombre debería tener un poco más de respeto al hablar de nosotros —pensó para sí.
¡Chico! ¡Chico! ¿Te pasa algo? Te noto muy callado y muy serio. ¿Tienes hambre? Claro, ahí abajo no contáis con nuestro avanzado sistema de buffetes móviles por la calle, y es difícil que los entiendas. Si quieres te enseño cómo funcionan. Quizás te apetezca un bocadillo hipernutritivo, o un batido hipocalórico supravitaminado. Ya verás cómo enseguida te sientes mejor que en ese nido de poblados tribales donde vives.
No, gracias. No es eso. Es que me apetece miccionar, y creo que voy a tener que dirigirme a uno de vuestros baños públicos flotantes. Pero no se preocupe; sé cómo utilizarlo. Hasta luego, gracias —el joven agarró el pomo de la puerta y la cerró despacito tras de sí. Luego exhaló un suspiro, y se alejó andando de aquel lugar. No tenía gana alguna de orinar.
Continuó paseando por las calles, contemplando cómo la gente iba y venía; algunos se detenían en los escaparates, otros jugaban en los parques con sus hijos, y algunos ancianos dormitaban en los bancos públicos. La gente de aquel lugar no era muy diferente en sus costumbres de los que habitaban las ciudades de la superficie de la Tierra. Lo único que los diferenciaba eran sus largas melenas, y la claridad de su tez y sus vestiduras.
Noel se sentó también en un banco, al lado de un anciano que cabeceaba a causa del sueño. Observó sus manos, caídas sobre las rodillas, y el suelo pulcro que se extendía a su alrededor. Si estuvieran en la superficie de la Tierra, un reguero de pipas salpicaría el suelo, y una nube de palomas devorarían ávidas mendrugos de pan arrojados por las manos del anciano. Noel suspiró. No había visto más que dos calles de aquella ciudad, pero no le apetecía seguir andando. Se le antojaba toda igual, toda simétrica, limpia y acristalada. Las tiendas no ofrecían más que aparatos electrónicos ininteligibles, y los monumentos y los parques se sucedían siempre con la misma frecuencia y las mismas formas. Visto uno, vistos todos.
Noel se dejó llevar. El sopor del anciano se le contagió, y pronto se encontró con los párpados entrecerrados y la cabeza caída de medio lado. No supo cuánto tiempo pasó. Debieron de ser horas, porque lo próximo que oyó fue el estruendo de una sirena, que lo hizo saltar del banco e incorporarse de un golpe.
¡El toque de queda! ¡El toque de queda! ¡Todos a cubierto! —gritaban los policías, esforzándose porque todo el mundo entrase dentro de sus acristaladas y herméticas viviendas.
Noel sabía que ya era hora de irse. Cogió su mochila y desplegó el mini globo aerostático que contenía. Lo desplegó y se lanzó rápidamente por uno de los bordes de la ciudad, saltando la valla y precipitándose al vacío. Mientras bajaba, pudo escuchar los zumbidos de las naves que sobrevolaban la ciudad, lanzándole rayos paralizantes y destructores. Él sabía que ningún habitante de la ciudad perecería en aquel ataque, pues los habitantes de las ciudades del Cielo tenían una medicina y una tecnología que superaban por años luz la de los habitantes de la superficie de la Tierra. Sin embargo, no pudo evitar pensar lo curioso que era que aquellos seres tan supuestamente avanzados, los que habían doblegado y mantenido a raya a los habitantes de la superficie, también tuviesen sus propios enemigos.

Allí, Noel comprendió que siempre hay un enemigo superior.


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