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lunes, 8 de junio de 2015

La vendedora de globos

Foto: Marta Santos
En todas las fiestas de barrio o de pueblo hay un vendedor o vendedora de globos.

Son esos señores entrañables que sostienen un montón de figuras voladoras, agarradas por finos hilos.


Hay un montón de personajes que vuelan sin alas gracias a estas personas. Están los personajes de los dibujos animados de moda (como esa esponja que vive en el fondo del mar o esa niña exploradora), los personajes de Disney que siempre han estado de moda, y algunos eternos personajes que nunca sabremos quién fue su creador ni de dónde salieron, pero que siempre han estado amarrados a las manos de los vendedores de globos. Es el caso, por ejemplo, de la sirena de pelo rubio.
Pero, en este cuento tan especial, quería hablaros de una vendedora de globos muy particular. Ella no era una vendedora de globos como otra cualquiera. Ella vendía los globos cantando.
Con cada personaje entonaba una canción única, cuya letra había sido inventada por ella, y cuya música era la misma para todos los personajes. Estaba, por ejemplo, la canción del ratón más famoso de Disney:
Mickey, Mickey, Mouse, Mouse.
Si sientes el ritmo, ponte a bailar,
si prefieres la letra, es bien recitar;
de todas formas, vendrá Santa Claus.
Mickey, Mickey, Mouse, Mouse.
Con esta letra, todos los niños prorrumpían en risas y en aplausos, pues les parecía muy divertida. También tenía otra canción, la de la niña exploradora, que no se correspondía exactamente con la de los dibujos animados:
Dora, dora, explora, explora.
Si eres intrépida, ponte a nadar,
si lo eres más, ponte a bucear;
de todas formas, la gente te adora.
Dora, dora, explora, explora.
Y, entre las canciones que más cantaba, se encontraba aquella que entonaba cada vez que venían a pedirle la sempiterna sirena.
Sirena, sirena, duende del mar.
Si eres bonita, ponte a cantar,
si no lo eres tanto, ponte a bailar;
de todas formas, les vas a encantar.
Sirena, sirena, duende del mar.
Cada vez que terminaba de cantar una de estas canciones, se daba su tiempo para escuchar pacientemente los aplausos, luego le hacía una reverencia a todo el público que solía arremolinarse en torno a ella y sus globos, y terminaba ofreciéndole el globo a aquella persona que se lo había pedido. Luego ponía la mano, recogía las monedas que costaba el globo y se las metía en el mandil azul a cuadros que llevaba siempre, aunque cada vez más sucio y más deshilachado.
Siempre que había una fiesta, los niños esperaban que apareciese ella para ofrecerles sus globos con canciones incluidas. Pero esto no siempre sucedía. Cuando, por estar en otra fiesta, por estar enferma o simplemente porque no le apetecía, la vendedora de globos no acudía a una fiesta, se sentía un vacío que a veces era muy difícil llenar.
Es por ello que, cuando pasaron tres años consecutivos sin que la vendedora de globos cantante hiciera acto de presencia en las fiestas de su barrio, a Mario se le ocurrió llamar a sus amigos y organizar un club de investigación para averiguar su paradero.
Le preguntaron a todos los mayores posibles (a sus padres, a sus profesores, a los policías y a aquellos que decían que mandaban más), a los antiguos amigos con los que la vendedora hablaba (el dueño del tiovivo, el de las colchonetas y la de la piscina de bolas), e incluso fueron a todas las fiestas que se organizaban cerca para poder comprobar si ella asistía a alguna de ellas. Pero todos sus intentos fueron infructuosos. Cuando la frustración hizo mella en sus ánimos, se acercó la respuesta.

Estaban sentados en el borde del escaparate de una tienda vacía, con la espalda apoyada en la persiana bajada, y la respuesta se acercó en forma de niño pequeño. Era más o menos de su edad, por lo que tendría unos nueve años, y conocía a la vendedora porque era el hijo de la dueña de la piscina de bolas.
¿Buscáis a la vendedora de globos que canta? —les preguntó el pequeño, con los dedos índice y corazón metidos en la boca.
Sí, llevamos mucho tiempo buscándola, pero ninguno de los mayores nos sabe decir dónde está. ¿Tú lo sabes?
Sin pronunciar más palabras, el niño movió la cabeza de arriba abajo, asintiendo, y luego les hizo un gesto con la mano para que lo siguieran. Anduvieron tres o cuatro calles, hasta llegar a un parque donde correteaban otros niños como ellos, algunos se columpiaban y otros formaban castillos con la arena.
En una esquina, sentada en un banco, se encontraba la vendedora de globos. Sostenía encima de su rodilla izquierda un trozo de papel de plata con un montón de migas encima, y utilizaba la mano derecha para repartir algunas de estas migas entre las palomas.
Los niños se acercaron. La veían diferente, pero sabían que era ella. Su cara se encontraba mucho más limpia, su ropa era completamente nueva y su pelo rizado, largo y canoso parecía recién lavado. Ya no vestía su mandil.
¿Eres la vendedora de globos? —se aseguraron los pequeños, antes de proseguir.
Sí, lo soy —les respondió ella con una hermosa sonrisa—. O bueno, mejor dicho, lo era.
¿Por qué ya no vendes globos? —le preguntó el más intrépido—. ¿Ya no te gustamos los niños?
Ella volvió a sonreír. Luego les contestó:
Claro que me gustáis. Lo que pasa es que ahora tengo otro trabajo.
¿Otro trabajo? ¿Ya no vendes globos?
No, ahora canto para gente mayor en una cafetería muy importante del centro de la ciudad. Cuando estaba vendiendo globos, un señor muy rico que tenía esa cafetería me preguntó si podía cantar allí, y se ofreció a pagarme mucho dinero.
¿Y ya no vas a vender más globos? ¿Ya no nos vas a cantar?
La señora torció los labios, pensativa, y luego dio con la solución:
Bueno, podría cantaros ahora si queréis.
Acto seguido, se puso en pie y comenzó a tararear. Al cabo de unos segundos, ya estaba cantándoles a aquellos niños una canción:
Vendedora, vendedora, coge los globos.
Si ellos vuelan alto, te llevarán al cielo,
si no saben volar, te quedarás en el suelo;
de todas formas, nunca habrá lobos.

Vendedora, vendedora, coge los globos.


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