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lunes, 14 de marzo de 2016

Ella tenía flores en el pelo

Nacían flores en sus cabellos.
Grandes, pequeñas, coloridas, sedosas, ásperas en ocasiones.

No importaba que el aire del sur robara todos sus pétalos de manera escandalosa; aquel prodigio era instantáneo y al poco las flores volvían a brotar, esplendorosas.


Ilustración: Marta Santos
Ella reía. Bailaba. Cantaba por las mañanas, perseguía mariposas, hablaba con los pájaros. Estos la rodeaban, como rindiéndole un homenaje, y luego continuaban su vuelo hacia lo alto de los árboles.

Por todas estas maravillas, los pocos aldeanos a los que les había permitido que la vieran sospechaban que era un hada. Pero ella, en su corazón, se sabía una bruja. Un ser que nunca llegaría a la perfección tras la cual siempre corría. Por eso guardaba suss secretossss... Ssssshh...

Sus secretos tenían formas oscuras, como la noche. Se escondían de todos aquellos que llegaban al bosque con mezquinas intenciones. Solo los duendes, las ninfas y los elfos comprendían; porque vivían en ella. Apreciaban todas sus flores y las respetaban, sin pedirle nada a cambio. Jamás se les ocurría arrancarlas, aunque sabían que tenían fecha de caducidad y se iban a marchitar. Ellos habían llegado a la maestría que podía dejar que las cosas siguieran su curso.

Pero en la aldea no. En la aldea era diferente. La locura se había instalado hacía mucho en los corazones de sus habitantes, quienes eran capaces de pisotear las flores si los jefes de la tribu se lo ordenaban. Las arrancaban y cultivaban a su conveniencia, sin respetar los cursos naturales. Sólo importaban sus deseos egoístas, alimentados sin cesar por los libros y las canciones que por la aldea circulaban sin cesar, instigados por dibujos y pinturas que pasaban de mano en mano y que la representaban a ella, a la dama de este cuento, como una víctima.

La hipocresía reinaba por doquier. La convertían en víctima y fingían apiadarse de ella para poder convertirse en sus verdugos (aunque sin reconocerlo, eso sí).

Pero eso a ella le daba igual. Nunca había entrado en juicios. Sabía que no era víctima de nadie, ni tampoco la dama cruel y caprichosa que otras veces pretendían. Era el juego que ellos habían inventado. No tenía nada que ver con ella.

Ella había estado desde mucho tiempo antes de que construyeran aquel pueblo. Lo había visto nacer y crecer, como había visto a otros antes en el mismo lugar, aunque los vecinos de ahora pensaran que nunca antes se había establecido otra comunidad allí. Tampoco aceptaban que pudieran existir otras aldeas en tierras lejanas. Ellos habían cegado tanto su corazón que pensaban que eran los únicos.

Ella sí sabía que habían florecido otras tribus en aquel lugar. Por eso también sabía que, independientemente de que sus habitantes transformasen la aldea en un paraíso o se terminaran destruyendo unos a otros con sus retorcidos y macabros juegos, ella seguiría siendo la misma y continuaría corriendo por el bosque. Perpetuaría su secreto para revelárselo solo a quien pudiese escuchar. Un hada para algunos, o una bruja para otros.

En realidad, su ser no era ninguna de las dos cosas, y era las dos a la vez.

Era simplemente ella. Era la Madre Tierra. Era Gaia.


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