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lunes, 7 de marzo de 2016

La máquina de hacer arco iris

Foto: Marta Santos
Había una vez un niño que vivía al lado de un bosque.

Todas las mañanas iba a pasear entre los árboles con su perro. Un día, vio algo extraño moviéndose entre la maleza. El pequeño se acercó y se percató de que no se trataba de un pequeño jabalí o un zorro. Lo que allí bullía tenía la piel de intenso color verde. No hubo duda cuando el ser saltó del arbusto: era un duende. Un pequeño y malhumorado duende, de piel arrugada y traje verde oscuro.

—¡Cáspita! ¡Un trol! –exclamó el niño.
—¡Grsgrsgrs! ¡Trol será este bicho tuyo que no para de ladrar! –Por sus gruñidos, el ser parecía ofendido—. ¡Yo soy un duende!
—¡Un duende! –Exclamó el infante—. ¡Cuando lo cuente, no me van a creer!
—Es que no puedes contarlo –replicó el mágico personaje—. Si le dices que me has visto, me buscarán, me analizarán, experimentarán conmigo… y me acabarán matando sin proponérselo. Los de tu especie sois muy brutos. Lo que tocáis, lo destrozáis.
—He de reconocer que no muchos respetan la naturaleza –contestó el niño—, pero no todos somos iguales.
—Cierto, mas no puedo arriesgarme. He de volver a mi casa y tú no podrás verme nunca más. Sin embargo, te haré un regalo para que te acuerdes de mí.
—Oh, ¿qué regalo? –preguntó el chico con curiosidad.
—Te obsequiaré con una máquina de hacer arco iris.
—¡Una máquina de hacer arco…!
—¡Escúchame bien! –Interrumpió el duende—. Esta máquina solo, y repito, solo, podrá ser utilizada cuando llueva. Nunca la uses cuando haya nubes sin más, ni mucho menos en día soleado. Tiene que llover, ¿entendido?
—Sí, de acuerdo. Con lluvia.

Dicho esto, el duende hizo un extraño gesto con su mano y un artefacto surgió ante ellos. Se lo entregó al niño, no sin antes recalcarle que solo lo usara al llover, y desapareció entre los matorrales. El infante se apenó por no verlo más, pero guardó la máquina en el bolsillo y se dirigió de nuevo a su casa.

Pasaron los días, y el pequeño seguía emocionado por el regalo del mágico ser. Lo limpiaba cada mañana para evitar que el polvo lo dañase, y lo mantenía a salvo de otras personas que pudieran preguntar de dónde lo había sacado.

Sin embargo, discurrían semanas y la impaciencia se adueñaba del niño. Las lluvias parecían no llegar nunca. Según pasaron los meses, la impaciencia llevó a la desesperación, y el chiquillo ya no podía más. La situación llegó al límite cuando anunciaron sequía en la región. Cuatro meses habían pasado desde que el duende le regalara el artefacto, y la situación prometía prolongarse otros cinco meses más. Era insufrible.

Inquieto, el muchacho decidió utilizar la máquina. A pesar de la recomendación del duende, salió al porche de su casa, apretó el botón circular del aparato y esperó.
Al principio, el sol refulgía como si nada. Pero al cabo de un rato, pequeñas nubes aparecieron en el cielo, dirigiéndose hacia la casa del niño. No tardaron en reunirse varias, y su tonalidad se iba oscureciendo.

—¡Estoy atrayendo la lluvia! ¡Viva! –Exclamaba el pequeño, lleno de emoción—. ¡Ahora las nubes descargarán el agua, y vendrá el arco iris! ¡Hurra!

En efecto, un chaparrón torrencial se liberó en apenas unos segundos. Pero la situación comenzó a empeorar, porque acompañando al aguacero surgieron rayos y truenos. El niño se asustó. Corrió dentro de casa, olvidando la máquina de hacer arco iris en el suelo del porche.

Desde la ventana observó el temporal, y un ruido infernal atronó sus oídos cuando un rayo impactó contra el artefacto que le había regalado el duende. Al poco rato, la tempestad se disipó tal como había venido.


Entonces el chiquillo salió de nuevo al porche. Allí, unas cenizas eran todo lo que demostraba que alguna vez, la máquina de hacer arco iris había existido.

Los regalos de la vida son como un embarazo: al sacarlo antes de tiempo, el feto muere. 

Pero si esperamos nueve largos meses, nacerá la criatura más maravillosa que hayamos visto jamás.

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