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lunes, 11 de enero de 2016

El informático que estudiaba medicina

Foto: Marta Santos
Había una vez un chico que adoraba la informática.

A pesar de ello, sus padres querían que fuese médico. Cuando llegó la hora de elegir sus estudios superiores, le dijeron que solamente le pagarían una carrera universitaria si elegía Medicina. El joven no tenía dinero para mantenerse por si mismo, así que no le quedó más remedio que acceder a los deseos de sus padres y matricularse en la carrera de Medicina.

Lo hizo muy a disgusto y con una gran pena en el corazón. Debido a esta gran contradicción en su interior, al chico le costaba mucho terminar su carrera. Suspendía asignaturas, faltaba a clase a la mínima, se retrasaba al entregar los trabajos... Eso lo conducía a un círculo vicioso en el que cada vez se sentía peor y le era más difícil sacar adelante el graduado.

Los padres le reñían y también se sentían muy disgustados, pues pensaban que su hijo era un vago sin remedio que nunca sería capaz de salir adelante en la vida.

El chico comenzó a pensar lo mismo que sus padres, y cada vez eran más frecuentes las tardes en las que se aislaba en su habitación y se refugiaba en su ordenador. Como actividad escapatoria, programaba aplicaciones que inventaba para las cosas más absurdas que se le ocurrían: registrar ausencias de los profesores en clase, crear bases de datos con los alumnos clasificándolos según la ropa que vestían, hallar una media de los días en los que sus padres le reñían más y relacionarlo con las fases de la luna para predecir qué días se iba a llevar las peores broncas...

También creó un programa para registrar su paga semanal y destinarla a los gastos que consideraba más urgentes. Este último programa, en concreto, le resultaba muy útil para llevar las cuentas de su situación económica personal. Por ello, creó una aplicación en su móvil con el mismo funcionamiento que el programa de ordenador, y la utilizaba todos los días.

Sus compañeros comenzaron a preguntarse qué era lo que el chico anotaba en su móvil cada vez que consumía algo en la cafetería de la facultad, que le pagaban algo que le debían o se encontraba dinero por la calle.

Es una aplicación para llevar la cuenta de mi propia situación económica —respondía el muchacho.

La idea comenzó a gustar entre sus compañeros, y un día, uno de ellos le solicitó una copia de esa aplicación para instalar en su propio móvil. El chico le cobró una pequeña cantidad por ello, y se sorprendió mucho porque detrás de ese compañero vinieron más a solicitarle otras copias. El joven siguió cobrando por cada una de ellas, y comenzó a manejar una cierta cantidad de dinero gracias a la aplicación que había inventado por casualidad. El éxito de esta fue tal, que acabó poniéndola en internet para que cualquiera pudiese acceder a ella y comprarla.

Sus padres estaban gratamente sorprendidos. El hijo que pensaban que nunca iba a salir adelante en la vida, se estaba haciendo rico gracias a un programa que él mismo había diseñado.

Hay que admitirlo —Le decía la madre al padre—. Este chico tenía un talento especial que no fuimos capaces de descubrir.

La situación llegó a su cúspide cuando el representante de una importante empresa de informática a nivel mundial llamó a su casa. Dijo que pretendía contratar al chico, pagándole una cuantiosa suma de dinero, para incorporarlo al equipo de investigación y desarrollo de nuevos programas.


El joven aceptó encantado. Nunca llegó a terminar la carrera de medicina, pero sí pudo graduarse en Ingeniería Informática con todo el dinero que llegó a ganar por su propia cuenta.

El secreto de la abundancia es no separar lo que te hace feliz de lo que te da dinero.


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