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lunes, 4 de enero de 2016

El señor arrogante y el señor humilde

Foto: Marta Santos
Había una vez un señor arrogante y un señor humilde.

El señor arrogante vivía en una gran mansión y tenía mucho dinero, mientras que el señor humilde vivía en una pequeña cabaña construida por él mismo. Todas las mañanas, el señor arrogante pasaba por delante de la cabaña del señor humilde para dirigirse al mercado de valores.

Este vago maleante ya anda robando chatarra otra vez —musitaba al ver una lavadora vieja que no estaba el día anterior—. Alguien debería encarcelar a esta gente, o como mínimo, obligarles a trabajar de verdad y hacer algo productivo.

Acto seguido, miraba su reloj de oro y apuraba el paso, para estar puntual cuando abriese la Bolsa y vigilar minuciosamente sus inversiones.

El señor humilde veía cada mañana cómo los transeúntes lo miraban con desprecio o con lástima. Él se sentía mal, pues pensaba que estaba defraudando a la gente y que era un estorbo. A veces creía que sería mejor si se marchaba de allí y se iba a otro lugar. Sin embargo, no tenía otro sitio adonde ir, así que seguía viviendo en su cabaña.

En la parte de atrás de esta, tenía montado un pequeño taller en el que todas las tardes se afanaba construyendo un artefacto. Para terminarlo precisaba muchas piezas, así que se pasaba las mañanas buscando en las escombreras electrodomésticos abandonados que le pudieran servir.

El señor arrogante, mientras tanto, vivía su mañana y su tarde en el mercado bursátil, esperando conseguir cada vez más dinero con el que ya tenía. Poco a poco, su fortuna iba creciendo, y el futuro se dibujaba muy próspero para él.

Pero un día, todo cambió. Una gran crisis económica produjo la caída estrepitosa de los mercados. La mayor parte de las empresas en las que invertía cerraron, y se quedó sin acciones ni dividendos. Tuvo que vender su gran mansión para salvarse de la bancarrota total, y conseguir algo de dinero con el que poder comer y pagarse el alquiler de un pequeño apartamento.

El señor arrogante también tuvo que empezar a buscar trabajo, y no fue cosa fácil porque en aquellos momentos había mucho paro. Sin embargo, había un negocio en el que sí estaban contratando gente. Se trataba de una empresa de electrónica, especializada en la producción de robots. Había tenido mucho éxito desde que el dueño lanzara un robot jardinero capaz de detectar la humedad de la tierra y regar cada planta según sus necesidades.

El señor arrogante envió su currículum a la empresa de robótica. No tardaron mucho en contestarle, así que una soleada mañana de esa misma semana pudo dirigirse hacia la sede de la compañía para realizar su entrevista de trabajo. Allí, un afable secretario le ofreció sentarse en una salita mientras esperaba al dueño.

El señor arrogante se acomodó en su silla y tomó entre sus manos un periódico. Tuvo que dejar de leerlo enseguida, porque el jefe de la empresa hizo su aparición. El señor arrogante se sorprendió, pues la cara de este le resultaba familiar.

Pase, pase, no se quede ahí —le sonrió amablemente el señor humilde—. Siéntese en mi despacho, que estará más cómodo. La entrevista no le robará mucho tiempo.

Y así fue cómo el señor arrogante comenzó a trabajar para el señor humilde. Con el tiempo, se acabaron haciendo amigos, pues al señor arrogante comenzó a interesarle mucho la construcción de robots y admiraba sinceramente cómo el señor humilde había sido capaz de ingeniar tan útil artefacto solamente usando cacharros viejos.


El señor humilde, por su parte, admiraba la valentía que había tenido el señor arrogante para empezar de cero y buscarse la vida cuando la mayor parte de su patrimonio se había ido a la ruina.

Si hay Dios, confía en nosotros y nos aprecia a cada uno por igual. La prueba es que el sol sigue saliendo cada mañana para todos.



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