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lunes, 8 de febrero de 2016

El osito de peluche

Foto: Marta Santos
Había una vez una niña llamada Lara que tenía un osito de peluche.

Lara quería mucho a su osito: jugaba con él, lo peinaba, lo vestía...
Un día, su madre decidió que el osito estaba muy sucio y necesitaba una limpieza a fondo, así que lo metió en la lavadora. Pero cuando lo sacó... ¡el osito se había roto! Sus costuras habían saltado por los aires, la pluma que lo rellenaba estaba desbordada y los botones que le servían de ojos habían desaparecido. La niña sollozaba al verlo. “¡Nunca tendré otro osito tan bonito!”, se lamentaba.

Sin embargo, a pesar de lo difícil que fue al principio, Lara se fue acostumbrando poco a poco a la falta de su osito. Jugaba también con otros muñecos, iba con sus amigos al parque y, poco a poco, acabó olvidándose del percance.

Así pasaron algunas semanas, hasta que llegó la Navidad. La noche de Reyes, Lara se fue a dormir muy temprano. Cuando se levantó, fue corriendo al árbol para ver si los Reyes Magos le habían traído algo... y efectivamente, al pie del abeto artificial se encontraba un hermoso regalo envuelto en papel de colores. Al desempaquetarlo, los ojos de la chiquilla brillaron con ilusión: ¡Un osito de peluche nuevo!

No era exactamente igual que el que se le había roto, pero su aspecto era muy similar. Tenia botones en los ojos, el mismo color marrón para su pelaje y unas orejitas muy monas. Lara lo abrazó, y luego se fue corriendo a junto sus padres para contárselo:

¡Los Reyes Magos me han traído un osito de peluche! —exclamó.

Los padres la felicitaron y la animaron a jugar con él. Lara entonces se dio cuenta de que se había equivocado cuando pensó que nunca podría tener otro osito tan bonito como el que se había roto.

La pequeña volvió a estar tan feliz como cuando tenía el primer osito, y disfrutó mucho de aquellas navidades. Sin embargo, llegó el momento de volver al cole y Lara tuvo que dejar al osito en casa para asistir a su escuela.

El primer día después de las vacaciones se sorprendió al ver que una niña nueva había llegado a su clase. Era una niña morena, de largas trenzas castañas. Parecía que todavía no había hecho nuevos amigos, porque se encontraba sola en un rincón. Lara entonces decidió ir a hablarle e invitarla a jugar con ella.

Hola, ¿eres nueva? —le preguntó.
Sí. Mi familia acaba de venir a la ciudad, y todavía no tengo amigos aquí —respondió la niña de las trenzas.
No te preocupes, puedes venir a jugar conmigo. Yo te presentaré a los demás. Por cierto ¿cómo te llamas?
Andrea —contestó la niña nueva.
Bien, Andrea, ¡pues vamos a jugar! —La invitó Lara. Sin embargo, se dio cuenta de algo—. ¡Vaya, he olvidado la cuerda en casa! ¿Tienes comba para saltar?
No, la verdad es que no —negó la niña nueva.
¿Y goma elástica?
Tampoco.
¿Y algún muñeco?
No he traído ningún juguete —contestó Andrea—. Mi familia es muy pobre y no puede comprarme ninguno.

Lara se entristeció.

¿No tienes ningún juguete? ¿Ninguno, ninguno?
Andrea negó con la cabeza.
¿Y los Reyes Magos? ¿No te han traído nada?
Los Reyes Magos nunca vienen a mi casa —explicó, con voz muy bajita, la niña de largas trenzas.

Lara sintió mucha pena por aquella niña. Ella se había puesto muy triste cuando se le había roto su osito de peluche, pero tenía más juguetes con los que divertirse. En cambio, esta niña no tenía ninguno. Entonces se dio cuenta de que había cosas mucho más importantes que un muñeco roto en una lavadora.

Ese día, Lara volvió a casa muy seria y muy callada. Los padres no pudieron averiguar qué le sucedía. La pequeña se limitó a coger el osito nuevo que le habían regalado los Reyes Magos y meterlo en la mochila.

Al día siguiente, la cara de Andrea se encendió de ilusión.


¿Es para mí? —le preguntó a Lara cuando esta le ofreció su osito de peluche. Lara asintió con la cabeza—. ¡Gracias!

Cuando el corazón se rompe, es porque está creciendo y el pijama que vestía se le ha quedado pequeño.



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