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lunes, 1 de febrero de 2016

La abogada bailarina

Ilustración: Marta Santos
Había una vez una abogada que quería ser bailarina.

Por las tardes, al salir de trabajar, se dirigía hacia una vieja escuela de baile. Llevaba acudiendo a esa antigua academia más de veinte años, desde que siendo niña su madre decidió llevarla allí para ayudarla a canalizar su pasión por la danza. Muchas cosas habían pasado desde entonces, incluyendo la elección de convertirse en abogada para poder ganarse la vida. Sin embargo, con los años, semejaba que en vez de ganarse la vida la estaba perdiendo.

Su trabajo le pesaba, le costaba arduos esfuerzos sacarlo adelante, y muchas veces tenía que coger vacaciones para poder sobrellevarlo.
Pero cuando bailaba, era libre.

Su cuerpo y su alma se despegaban del suelo y volaban con la música que amenizaba el salón de baile.

Fue por ello por lo que, cuando amenazaron con despedirla del bufete de abogados, se le ocurrió abrir su propia academia de danza.

Ella sabía que no podía hacerlo porque no contaba con el dinero suficiente, pero un deseo ardiente nacía de su alma cada vez que en su trabajo se lo ponían más difícil. La empujaban a escudriñar la ley minuciosamente para poder encontrar estrategias para defender a asesinos, violadores, estafadores y una serie de personas con las que a ella no le gustaría cruzarse por la calle. Gente que, a pesar de no tener corazón, sí tenía dinero.

La abogada con alma de bailarina se concentraba en terminar su trabajo lo más pronto posible, para poder ganar mucho dinero con el que montar la academia de baile que la liberaría. Olvidaba los problemas, los encuentros con los jefes, la desazón que le comía por dentro, y se centraba solo en acabar su tarea.

Pasaron semanas, meses, y hasta tres años. Nuestra protagonista comenzó a darse cuenta de que le llevaría mucho, mucho tiempo, reunir el dinero suficiente para montar esa escuela. Además, sabía que cuando la montase no todo iba a ser hermoso: tendría que conseguir alumnos suficientes para que fuera rentable y no tener que cerrarla. Tendría que llevar la contabilidad, contratar profesores, solventar los problemas. Y ella no tenía alma de empresaria. Ella quería vivir el baile.

Poco a poco, comenzó a intentar aceptar que no podría cumplir su sueño. Se olvidó de la academia, pero no de la danza. Esta seguía anclada en su corazón desde que era niña.

Un día, la directora de la vieja escuela de baile a la que acudía por las tardes, acudió a ella en busca de ayuda. Esperó a que terminase la clase y a que la abogada se acercase a saludarla antes de salir a la calle. Entonces le preguntó:

—¿Tendrías un minuto? Me gustaría hablar contigo.

Así fue como iniciaron una larga conversación, en la que la abogada supo que una importante constructora quería derruir el edificio de la escuela para construir un parking y un centro comercial. Legalmente no podían hacerlo, pero estaban presionando al ayuntamiento para conseguir los permisos.

La abogada se indignó. ¿Cómo podían querer cerrar aquella escuela que alimentaba los sueños de tantas personas, solo para construir un anodino centro comercial? No lo pensó dos veces antes de asegurar que haría todo lo que estuviera en su mano para defender a la academia en un juicio.

Se esforzó tanto en preparar la defensa legal de la antigua academia, que el juicio fue todo un éxito y la sentencia dictada por el juez prohibió tajantemente que pudieran construir nada en aquel lugar sin el consentimiento de la directora de la escuela.


En ese momento, el éxito iluminó la mente de la abogada: quizás no pudiese llevar un gran centro de baile, pero sí podría dedicar su trabajo a favor de la danza. Se convertiría en una abogada de escuelas, compañías de danza y bailarines profesionales. Haría lo que siempre había hecho, estudiar la ley, pero nunca más se dedicaría a defender a personas desagradables. Apoyaría al mundo del baile desde su trabajo actual.

Los sueños son la leña que alimenta el fuego de la vida.



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