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lunes, 9 de mayo de 2016

Taşkınlık yapan suçlu illa

El rebelde siempre es el culpable

Ilustración: Marta Santos
Había una vez un país donde todo el mundo tenía una herida en el cuello.

Era una herida pequeñita, formada por dos pinchacitos, unos centímetros al lado de la arteria carótida derecha.

La tradición mandaba que todos los niños, desde los tres años, se autolesionasen clavándose un pequeño aparatito con dos agujas en dicha zona. Debían hacerlo todos los días antes de acostarse. Durante el resto de su vida.

Cualquier ciudadano de pro hablaba abiertamente de cómo se había herido desde antes incluso de la edad estipulada, presumiendo de no haber fallado un solo día en ejecutar los pinchazos. Además, en este país, era todo un honor haber sufrido desmayos y dolores por seguir la costumbre. Los más ejemplares alababan la tradición con ímpetu y determinación, conociendo sus orígenes con fechas exactas y difundiendo las historias de aquellos ciudadanos ilustres y respetados que habían contribuido a perpetuarla.

Al principio, los punzamientos se ejecutaban manualmente, con dos agujas de coser que se clavaban una después de la otra. La ausencia de condiciones higiénicas hacía que a muchos se les infectasen las heridas, y, al tener que seguirse clavando a pesar de la infección, la zona acababa engangrenándose. Las muertes entonces no eran infrecuentes.

Sin embargo, los tiempos habían avanzado, y ya nadie se clavaba agujas usadas para la costura. Ahora todo el mundo tenía en su casa un pequeño aparatito con dos agujas retráctiles que se sacaban sólo en el momento de los pinchazos. Dichas agujas se esterilizaban antes y después de su cometido con una solución muy barata y eficaz que se vendía en todas las farmacias. Las muertes ahora sí eran infrecuentes.

Lo que no había cambiado desde el inicio de los tiempos era el código de honor.

Nunca, jamás, bajo ningún concepto, la herida podría ser vista por otra persona. Ni siquiera de la propia familia.

Para ello discurrían las más variadas estrategias. Las mujeres usaban pañuelos y fulares. Los hombres, corbatas anchas y cuellos de camisa altos. Hombres y mujeres también acudían a bufandas en invierno, bragas cuando hacían deporte, joyas suntuosas, jerseys y camisetas de cuello vuelto... Asimismo, habían inventado una tira fina de tela de algodón que rodeaba al cuello y se usaba cuando uno estaba en pijama o hacía mucho calor.
Ni siquiera durante las relaciones sexuales las personas podían descubrirse esa zona.
Sería una vergüenza.

La herida se consideraba monstruosa, desagradable, antiestética, horrenda. Enseñársela a otra persona era una agresión.

Pero todos se la seguían haciendo cada día antes de ir a dormir.

Un día, hubo un niño que fue a la escuela con el cuello descubierto.
Los profesores tomaron cartas en el asunto, y se le aplicaron los castigos pertinentes.

Sin embargo, la cosa no quedó ahí.
Un mes de mayo, en el que las temperaturas eran suaves y la brisa cantaba canciones con las hojas de los árboles, un chico se presentó en medio de la plaza principal de la capital del país. Exhibía su cuello completamente descubierto, y en él... ninguna herida.

Al poco de pararse en mitad de aquella plaza, sus padres se abalanzaron sobre él. Llevaban con ellos el pequeño aparatito de los pinchazos, e intentaron infructuosamente clavárselo a su hijo en el cuello.
No fueron capaces, pues el chico era grueso y corpulento, y revolviéndose desesperadamente fue capaz de zafarse de ellos.

No obstante, la policía llegó en pocos minutos y, entre cuatro oficiales, lo introdujeron dentro de un furgón blindado.

¡No lleven a nuestro hijo! ¡Cumplirá con la tradición, se lo prometo! —gritaba la madre desesperada. Braceando al aire trataba de deshacerse de su marido, quien le impedía agarrar a los oficiales—. ¡Tengo el pinchador aquí! ¡Si nos lo deja unos minutos, nosotros lo convenceremos!

El hijo, ya esposado y sentado dentro del furgón, dejaba caer una lágrima por su mejilla izquierda.


Jamás me convencerás, mamá —musitó—. Jamás.

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