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lunes, 4 de julio de 2016

Ήλιος - Helios

Ilustración: Marta Santos

—Siempre llevo el sol aquí, en este remolque, por si hace falta alumbrar —aseveró la niña con rotundidad. Su mirada hablaba con el suelo. Era como si yo no estuviese a su lado.
—¿Y si se apaga? —susurré, intentando ser amable.
—No seas ingenua. También llevo cerillas para volverlo a encender.

Me callé. Aquella verdad era incuestionable, no había nada más que decir. Entonces levanté mi cuerpo y observé que la hierba había teñido de verde mi vestido. Suspiré, resignada. Vivir lavando manchas comenzaba a cansarme.

Paseé durante un rato con pasitos cortos, observándola. Su vestido blanco parecía volverse rosa con cada soplo de viento; pero solo era una impresión mía. De lo que estaba segura era que su cuerpo era pequeño y que se hallaba sentado en la orilla de aquel lago, sosteniendo con los dedos  una fina cuerda que terminaba en un cajón de plástico con ruedas. Allí no había ningún sol, pero no sería yo quien lo negase. Era bonito imaginarlo.

De repente, ella se levantó.

—Tengo que irme. Mamá me espera.

La pregunta bombardeó mi cabeza otra vez. La contención y las ganas de hablar volvieron a luchar dentro de mi cráneo, en la épica y eterna batalla que se vuelve a librar cada día ante cada situación. Esta vez ganaron las ganas de hablar.

—¿Conoces al Principito?

Ella no dudó.

—Pues claro. Y a su rosa también. Pero ahora no puedo contártelo, me tengo que marchar.

Aquella afirmación no podía quedarse ahí. Necesitaba más. Así que me aferré a su cajón de plástico vacío.

—Espera, por favor. Solo una cosa.
—¡Mi madre me espera!
—Sólo… Solo dime si es verdad que vive entre las estrellas.

Ella sonrió, y le dio un tirón a su cajón de plástico para soltarlo de mis manos.

— ¿Acaso no vivo yo allí también?
—Pero el Principito… A lo mejor podía haber muerto. Se quedó en el desierto de noche, solo, con una serpiente, y luego desapareció.

Esta vez le provoqué una sonora carcajada.

— ¡Qué cosas tienes! ¿Cómo iba a morir? Nadie se muere de verdad. Esto sólo es un juego.

Dicho esto, levantó el cajón de plástico del suelo y lo sostuvo entre sus brazos. Comenzó a caminar hacia el bosque arropándolo como a un niño pequeño. Poco a poco, desapareció entre los árboles. Cuando se fue, todo quedó un poco más oscuro.

Entonces comprobé que tenía razón. En el cajón había un sol, pero yo no lo veía.

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