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lunes, 2 de marzo de 2015

El colgante. Eslabón 6

Foto: Marta Santos
Si antes las mejillas de Armando estaban encendidas, ahora eran carne viva.

—De acuerdo — acertó a decir—. Nos bañaremos juntos.

Sus ojos chispeantes apenas podían ocultar la emoción que aquello le causaba. Sonia, por voluntad propia, había decidido que realizaran juntos un juramento de lealtad eterna. La condujo por el oscuro y maltratado pasillo hasta su austero cuarto de baño, en donde una gran bañera de porcelana blanca los esperaba en calma. Armando supo que esperaba ser llenada, y giró el grifo después de haber callado al desagüe con el tapón. Luego observó a Sonia, y le habló desde sus cohibidos ojos:

— Ahora deberíamos quitarnos la ropa — susurraron sus pupilas.

Armando no quería ser descortés, por eso salió del baño y la dejó sola. Al otro lado de la puerta pudo percibir el sonido de unos pétalos de flor abriéndose, de murmullos del viento entre las hojas y el rumor de unas plumas frotándose entre sí.

—Ya estoy.

Cuando entró, pudo apreciar el cuerpo más hermoso y elegante que ojos humanos hayan podido contemplar. Su suave piel refulgía al recibir los débiles rayos de sol que entraban por el pequeño tragaluz situado en la parte superior del baño. Sonia estaba completamente desnuda, a excepción de un pequeño colgante de oro que brillaba en su cuello. Fue entonces, y sólo entonces, cuando Armando reparó en aquella joya cuidadosamente labrada, que representaba el semblante de tres árboles con las ramas entrelazadas. Un cuidadoso trabajo de orfebrería que había acompañado a su amada en todo momento desde que la conoció, oculta tras la seda blanca de su vestido. A juzgar por el desgaste de los salientes, aquel colgante había sido tallado hacía mucho tiempo.

La joya atraía. Desprendía una magia especial. Los ojos inocentes de Armando se fueron acercando más y más hacia la imagen, nublados por una especie de extraño magnetismo. Pero una mano atrapó aquel colgante cuando escasos milímetros lo separaban de sus pupilas. Entonces el pescadero recuperó una distancia prudencial, avergonzado.

—¿Nos bañamos ya? — replicó Sonia, ligeramente incómoda. A pesar de ello, su voz aún conservaba el azúcar de siempre.

—Sí, claro.

El hombre se despojó rápidamente de sus ropas y se metió en el agua, una transparente y cálida capa de hidrógeno y oxígeno que ya acariciaba el cuerpo de su amada.

lunes, 16 de febrero de 2015

El colgante. Eslabón 5

Foto: Marta Santos
Aquella noche, Sonia cenó macarrones con atún y salsa de tomate, y Armando también. Fue su primera cena. Una cena de miradas. A veces, los ojos son capaces de comunicarse entre sí y de contarse cosas que los labios no se atreven a pronunciar. Fue una charla en silencio muy larga, y también muy interesante. Armando descubrió que Sonia correspondía al amor que el bosque le ofrecía, y comenzó a asumir que nunca podría arrancarlo de su corazón. Debería tragarse sus celos aunque no fuera fácil. Nadie dijo que competir con la savia y las ramas pudiera calificarse de sencillo.

Pero esa noche el pescadero no fue el único que descubrió algo. Los ojos cerilla de Sonia tuvieron la oportunidad de retroceder más de quince años hasta un padre violento, una infancia con grilletes y una madre que cocinaba magdalenas con miel. Los grilletes no se autoabsorbieron cuando el padre violento cerró por última vez su maleta; tan sólo cambiaron de color. Nadie preguntó adónde había ido el esposo de la pescadera, todos sabían que a la pobre mujer le había tocado por fin la lotería. Las clientas moldeaban el rostro del pequeño Armando con millones de besos mientras éste se mantenía imperturbable con la mirada fija en la puerta. Aquella puerta por la que estaba seguro de que pasaría la mujer que le quitaría los grilletes cuando fuera mayor. Él estaba convencido de que debía de existir otra alma tan bella y pura como la de su madre, y de que algún día la encontraría. Pero él no se comportaría como su padre. Se juró que, una vez que la hubiese encontrado y que su corazón la hubiese reconocido, la trataría como se merecía. Como a una reina. La reina de su propio cuento.

Sonia le ayudó a recoger los platos y colocarlos en el lavavajillas. Armando barría, sin poder apartar la mirada de aquellas finas manos que acariciaban la mesa con la vieja bayeta amarilla.
Analizó su vestido blanco, que comenzaba a mostrarse algo ajado, y la llamó. Con voz dulce.

—Sonia...

—¿Sí?

—¿Te apetece darte un baño? Antes, en la fuente... Ibas a bañarte, y no te he preguntado si te apetecería hacerlo ahora.

Ella, como siempre, le respondió con una sonrisa diamantina.

—¡Claro! Pero me apetecería bañarme contigo.

Armando se ruborizó.

—¿Conmigo, dices?

Sonia notó el encendido color rojo que serpenteaba entre las mejillas de su amado. Retiró la mano de la vieja bayeta amarilla y cruzó los ojos con los de su amado.

—Verás... En mi familia, darse un baño con alguien simboliza un juramento de lealtad eterna. El acto de purificar dos cuerpos en la misma agua se considera una promesa inquebrantable, y se hace cuando dos almas desean convivir en armonía para siempre. Es... una especie de matrimonio. Armando, deseo que te bañes conmigo.

lunes, 9 de febrero de 2015

El colgante. Eslabón 4

Foto: Marta Santos
 —¿En qué piensas? — le interrumpió su nueva compañera.

—En ti — respondió él, sin abrir los ojos.

—Ya —. Sonia dejó que la palabra sonara como un golpe seco contra una caja de cartón. No fue amable. Tampoco grosera. Simplemente la dejó sonar.

—No te conozco, aunque tú a mí sí, por lo que parece. Estoy en una clara situación de desventaja con respecto a ti. Pero he llegado a la conclusión de que no quiero dejarte marchar, así que lo ignoraré. ¿Te apetece acompañarme al supermercado? — Armando la miró por primera vez en treinta y cinco segundos. Ella también prefería ir al super antes de hablar más del tema, así que se levantó del sofá como un volcán de mantas en erupción.

—Claro.

Él no respondió, simplemente le acarició el hombro y se metió las llaves en el bolsillo. Llegaron hasta la puerta envueltos en papel de lija. Por primera vez desde el encuentro casi onírico en la fuente, cobijaban inquietud. Esa sensación incómoda que te atrapa cuando sabes que has cometido una estupidez y que no puedes borrarla como si fuera tiza. Ni tampoco es que quieras eliminarla exactamente, porque sabes que volverías a hacerla si te dieran otra oportunidad. Aunque fuera un error, aunque resultara un fracaso. Ambos habían de asumirlo. Sus vidas iban a dar un giro de muchos, muchos grados. Era una locura. Pero lo deseaban.

Por eso atravesaron aquel pequeño pueblo alemán cogidos de la mano, ante la mirada de algunas clientas de la pescadería. Ante la mirada de otras, se surtieron de leche, zumo, galletas, cereales, champú, arroz, atún en lata y manzanas de oferta. Armando iba seleccionando los productos que le pasaba a Sonia, quien procedía a acomodarlos con esmero en el ruidoso y traqueteante carrito. Todo fue bien hasta que el pescadero llegó a la sección de frutería y depositó en la mano de la mujer una bolsita con cuatro manzanas golden.

— Madre mía — retrocedió ella, dejando caer las cuatro bolas verdosas. Sus ojos cerilla parpadeaban,

—¡Sonia! ¿Qué haces? — se espantó Armando, mientras se agachaba para recogerlas.

—Perdóname, yo... Es que ver toda la fruta así, arrancada e intervenida genéticamente... Me hace daño... — balbuceaba la mujer, más nívea todavía que de costumbre.

El pescadero se extrañó. El pescadero volvió a callar.

—Tranquila, no pasa nada. Ya llevo yo el carro — musitó, depositando la vilipendiada bolsa entre los cereales y el arroz.

lunes, 2 de febrero de 2015

El colgante. Eslabón 3

Foto: Marta Santos
Armando volvió con un jarrón lleno de agua y escarcha en el pelo. Como detalle sin importancia añadiré también que volvía a vestir su sonrisa esponjosa de siempre. Antes de entrar en el salón donde reposaba Sonia, entró sigilosamente en la cocina y vertió sigilosamente el agua en un vaso sigiloso. Cuando atravesó el umbral de la puerta del salón, los ojos cerilla de Sonia lo escrutaban con desagrado.

—Te vas a acatarrar.

—No creas que es la primera vez que doy un paseo a pelo bajo la nieve — contestó, ofreciéndole el vaso con una mano paternal.

—Si la idea de que me quede contigo a vivir aún no ha abandonado tu mente, deberás acostumbrarte a cuidarte un poco más.

La reprimenda de Sonia sonó dulce, como un murmullo de pétalos de rosa cayendo. Armando disfrutó esa sensación y la paladeó como si se tratase del mejor caviar del mundo, mientras ella acercaba sus delicados labios al vaso sigiloso.

—Tranquila, lo haré—. El pescadero esperó a que la mujer terminase de saciar su sed para sujetar delicadamente sus manos y mirarla otra vez a sus incendiarios ojos.

—Me gustaría que me contaras quién eres, cuáles son tus sueños y por qué has accedido a seguirme.

—Para ti seré Sonia — respondió, con una seriedad que encogía el alma—. Mi sueño era el bosque donde solía esconderme a leer, pero lo he dejado por ti. He accedido a seguirte porque eres el único habitante de este pueblo que tiene un pecho que arde. Nadie, créeme, nadie, arde hoy en día. Lo máximo que hace la gente es esperar calor pasivamente. Pero tú eres diferente, por eso me has gustado, y por eso te he amado desde la primera vez que te vi llenar el jarrón en la fuente.

El pescadero estaba confuso, como lo haría cualquier pescadero al sospechar que le han estado espiando. Sólo añadió, masticando las palabras:

—Pensé que ésta era la primera vez que me veías.

Ella sonrió.

—Era la primera vez que tú me veías a mí, cierto. Pero las cosas no necesitan que las veamos para que existan. Yo no necesité que tú me vieras.

Armando cerró los ojos un instante. Necesitaba comprender lo intangible, y todo el mundo sabe que eso sólo se puede hacer con los párpados bajados.

lunes, 19 de enero de 2015

El colgante. Eslabón 2

Foto: Marta Santos
Aquella amalgama de mantas y colores que se arrebujaba en el blanco sofá de sky frente a la chimenea se parecía a la ropa vieja de un adolescente hippie, no a Sonia. Pero lo era, era Sonia. La mujer fina y delicada como un tallo de tulipán que Armando recogió por impulso en la fuente. Ella no se sentía cómoda entre aquel batiburrillo de trapos, pero accedió a enterrarse en él por insistencia del pescadero. Ah, no os lo he dicho, perdonad mi descuido.

Armando es pescadero. Trabaja en la pescadería más próspera del pueblo desde que el corazón de su vieja madre se negó a seguir funcionando. Tiene un montón de clientas mayores que todos los días se deshacen en halagos a sus lubinas y le recuerdan antes de cruzar la puerta que a ver si se echa novia, que con lo guapo y buen mozo que es, parece mentira. Pero no creáis que a este humilde pescadero de treinta y siete años le inquietan las habladurías de las señoras marujonas. A él no le importaba vivir soltero y libre, le gustaba su trabajo sencillo. Sencillamente era feliz. Si llevó a Sonia a su casa fue porque el ardor de su pecho no le dejó hacer lo contrario.

—¿Tienes hambre? ¿Te apetece comer algo? —le ofreció, con amabilidad y una sonrisa.

—No, gracias. Pero sí me gustaría beber un poco, tengo bastante sed — le respondió ella, etérea.

Armando tardó en responder, estaba siendo devorado por una serie de insultos que se profería él a sí mismo.

—Lo siento, me he olvidado el jarrón en la fuente. Tendré que ir a por él... ¿Te importa quedarte sola un momento? — le preguntó mientras cogía las llaves de la mesita.

—Puedo acompañarte. Si me dejas, claro...— sonrió Sonia, mostrándole una vez más su blanca y refulgente dentadura.

—Es que hace demasiado frío fuera.

El pescadero mentía. Le sobraban chaquetones con que cubrir el indefenso cuerpo de la mujer, pero no quería reconocer la verdad. Su mayor temor. Que la fuente que se la había entregado se la arrebatase después de tan sólo unos instantes. Algo en su interior la quería apartar del bosque, como si éste conspirase en secreto con el objetivo de llevársela para siempre. En su corazón comenzó a oír por primera vez los susurros de las ramas de los árboles. "Ella nos pertenece".

—En sueños, imbéciles.

—¿Qué has dicho? — se extrañó Sonia, preparada para defender su capacidad de enfrentarse al frío exterior sin problemas.

—Nada, que preferiría que te quedases aquí en casa. Sólo tardaré cinco minutos, la fuente está aquí al lado. Por favor.

Los ojos de Armando se fundieron como plata líquida. No llegó a llorar, pero a Sonia no le hizo falta para darse cuenta de que el corazón del hombre estaba temblando.

—De acuerdo. Esperaré sin problemas.

Sonia le regaló una última caricia con la mirada antes de que él desapareciera tras una puerta de color marrón anaranjado.

lunes, 12 de enero de 2015

El colgante. Eslabón 1

Foto: Marta Santos
Aquella tarde de enero fue fría, muy fría. Pero Armando nunca la recordará como tal, él sólo será capaz de acordarse del ardor que quemaba su pecho sin dejarlo apenas respirar. Copos de nieve desenhebrados cubrían su negro pelo como granitos de arroz helados. Su aliento se disolvía en una atmósfera sin sentimientos que también la arropaba a ella, esa criatura delicada de una palidez mortecina que arrastraba su blanco vestido junto a la fuente. En aquel mundo de hielo sólo distinguió sus ojos. Sus pupilas, pequeñas y rasposas como dos cabezas de cerillas, fueron las que prendieron la llama. Ella respiró, y él sorbió su aliento.

—¿Qué haces aquí? —dijo la boca de Armando, mientras sus ojos investigaban ansiosos aquella aparición casi mística.

—Iba a bañarme.

Aquella frase casi le hizo daño al imaginar aquella piel de porcelana quebrándose al contacto de las gélidas aguas. La conmoción lo dejó sin palabras, pero no sin amor. Abrazó aquel cuerpo frágil y delicado con desesperación, muriendo por transmitirle aunque fuera una mínima parte de las calorías que abrasaban su interior.

—Tranquilo —sonrió ella, a la vez que lo estrechaba con sus sedosas manos—. Todo está bien.

Él suspiró.

—Me gustaría saber tu nombre.

—A mí también me gustaría que lo supieras. Pero puedes llamarme Sonia.

Armando no lo entendió, nunca lo entendería. Sin embargo, ¿qué importaba, si podía sumergirse en aquel enloquecedor aroma que manaba de su porcelanosa piel? Él siempre había sido un soñador. La realidad le importaba poco, o más bien nada.

Sonia estaba en la fuente. Él también.

La estaba abrazando, así que, ¿por qué no podía besarla? ¿Acaso había algo que le impidiera llevarla a su casa y amarla para siempre? Seamos románticos, por favor. Sonia tenía la delicadeza de una princesa de Disney. Y él era ferviente y apasionado como un príncipe azul. Comencemos, pues, su cuento.

lunes, 5 de enero de 2015

El colgante. Prólogo

Foto: Marta Santos
Volvió la mirada atrás. Nadie le seguía. Sólo eran imaginaciones suyas, así que lo más coherente sería sumergir sus miedos en un balde de agua fría. Oh, Dios. Sería difícil, ¿eh? Sobre todo si volvía a encontrarse con aquel hombre de estatura desmesurada, imponente, como una montaña en tinieblas con ojos de fuego que lo quemaban desde la cima. No quería volver a verlo, no soportaría otra vez sus frases lapidarias. Lo herían porque sabía que decían la verdad. Ella no estaba en Leipzig. Por eso la estaba buscando. Por eso recorría todos los días el bosque donde solía ocultarse a leer. Desde el amanecer hasta que el sol se escurría en un horizonte zanahoria. Nunca la encontraba. Nunca desistía. Maldito policía orangután. No le daría el gusto de reconocer que Sonia podría estar muerta.

Armando respiraba el aroma de aquel bosque como quien aspira el olor de la moqueta de su casa. Era ya tan familiar, que podría haberle ofrecido un respetuoso "hola" a aquel jabalí que husmeaba la tierra. Después de todo, reconocía aquella mancha blanca detrás de la oreja derecha como si fuera el lunar de la mejilla de su madre. Pero no le dijo nada. El jabalí no lo hubiera entendido.

Eso no evitó que el hombre lo acariciara con la mirada y se sorprendiera cuando, en la tierra que levantaba el peludo animal, descubrió un pequeño hueso. Delgado, frágil. Como un palito. Se hundía en la tierra, así que debía de pertenecer a un conjunto más grande. Armando esperó a que el jabalí se alejase a una distancia conveniente, y escarbó. Y descubrió otro hueso, y escarbó más. Y descubrió una mano, y empezó a preocuparse. Y descubrió un brazo, y un hombro, y un cuello. Todo un esqueleto humano.

Queridos lectores, he de deciros que un colgante puede llegar a ser muy poderoso. Un colgante puede identificar a un muerto, y puede matar a otro. Porque cuando Armando se atiborró de tranquilizantes, ya estaba muerto. Lo llevaba cinco años. Desde que recorría todos los días el bosque donde ella solía ocultarse a leer, desde el amanecer hasta que el sol se escurría en un horizonte zanahoria.

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