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lunes, 2 de noviembre de 2015

El gato que brincaba por los tejados

Foto: Marta Santos
Se hace de noche en la ciudad.

Las farolas iluminan el suelo con círculos de luz a su alrededor, y el viento comienza a levantarse, frío. La mayoría de la gente se refugia en sus casas, al calor de su calefacción. Se ven algunos individuos corretear despistados, apretándose la gabardina contra el pecho para protegerse del aire. Sólo algunos locos se quedarían al frío en esta gélida noche invernal. Y ese es el caso de nuestro gato.


Micifuci era un gato valiente, intrépido. Ni la lluvia ni el frío conseguían amilanarlo. Era un as consiguiendo refugios cálidos, cartones para taparse, mantas raídas o ropa vieja de los contenedores. En las noches muy frías, como la de hoy, se confeccionaba un cálido abrigo con los trapos que recogía del suelo, y luego salía corriendo a darse un garbeo por los tejados, que era lo que más le gustaba.
 Su afición favorita era competir contra otros gatos callejeros por ver quién era el más rápido, el que más alto saltaba y el más hábil a la hora de realizar cabriolas y piruetas. Solía ganar por goleada, porque se pasaba los días ensayando, hasta que llegaba la noche. Sólo dormía al amanecer y al atardecer. No era un gato que necesitase dormir mucho.
Esta noche pocos gatos compiten. El frío ha desanimado a muchos, ya que sólo los más calurosos, los que tienen mucho pelo o los que se abrigan, como Micifuci, logran soportarlo.
Hoy voy a realizar una cabriola como nunca habéis visto —se jacta Micifuci, cuando empiezan a llegar sus compañeros.
A ver, a ver, que siempre nos dices eso y al final... —comienza a quejarse Bigotillos.
Al final... ¿qué?
Nada, nada, que al final siempre acabas ganando —reconoce el gato de los grandes bigotes.
Bien, así me gusta —.Micifuci sonríe—. Pues bien, ¿empezamos?
Hay que esperar a que llegue Tornado —interviene un gato blanco que contempla la escena sentado al lado de un contenedor.
¿Tornado? ¿No decían que estaba enfermo? —pregunta Micifuci.
Sí, eso decían. Pero se ha recuperado enseguida.
A Micifuci le recorre un escalofrío de arriba abajo. Con eso sí que no cuenta. Tornado es el único gato en toda la ciudad que puede competir contra su “Doble vuelta mortal” con un sólo giro de zarpas y dejarle en ridículo. Sin embargo, no se amilana. No ha ensayado esa pirueta los últimos siete días para nada. Es su secreto más espectacular, y ha estado pensando en desplegarlo toda la semana hasta hoy, así que lo hará. Cueste lo que cueste, se presente quien se presente. Incluso delante del mismísimo Tornado, si hace falta.
Micifuci empieza a hacer los estiramientos de patas y de lomo mientras los gatos que han decidido venir hoy esperan la llegada de Tornado. El viento sopla, cada vez más implacable. Parece que las condiciones atmosféricas no van a ser las ideales.
No importa, Micifuci, ¡tú dalo todo! Van a ver de lo que eres capaz. La cabriola de hoy te va a salir espectacular. La tienes completamente dominada, nada puede fallar, así que tú solamente concéntrate en hacerla bien —se anima a sí mismo.
Vaya, vaya... A quién tenemos aquí. Al gato debilucho y enclenque de las patitas finas. Me han dicho que hoy vas a sorprendernos a todos. A ver con qué saltito nos animas hoy, pequeñín. Luego, cuando acabes, déjale hacer a los mayores —. La mole grisácea rayada de Tornado proyecta su sombra sobre un nervioso Micifuci. Afortunadamente, los nervios sólo los guarda en el interior.
Guárdate tu chulería, Tornado. Yo hoy sólo he venido a saltar. Así que, por favor, déjame pasar.
Dicho esto, Micifuci se encarama de un salto a la barandilla de la terraza más cercana. No mira hacia atrás. Todas las caras de los gatos que han venido hoy están ávidos de verlo dudar, de verlo caer, y no puede dejarse arrastrar por el miedo. Camina con paso firme sobre la barandilla, y cuando llega al final, se decide rápidamente a saltar al tejado realizando una “Vuelta de zarpa con zarandeo circular de rabo”. 
El grupo de gatos lanza un “¡Ohhhhh!” de admiración, pero es el ritual. Están acostumbrados a la destreza de Micifuci, pero hay que darle emoción. Además, ese paso es el previo a aquellos pasos increíbles e inesperados que prepara a conciencia cuando no le ve nadie, y con los que luego se dedica a sorprender al personal. Ahora mismo está en la antesala de uno. Probablemente, el que ha anunciado al inicio del espectáculo. El paso que, de salirle bien, haría frente al mismísimo Tornado. Y en caso contrario, firmaría su derrota aplastante y humillante.
Venga Micifuci. Concéntrate. Sólo tienes que saltar. Un, dos, un, dos. Como siempre. Luego, al llegar al borde del tejado, juntar las cuatro patas debajo del estómago y dar la “Media vuelta tirabuzón” un poco más alargada de lo normal. Es como siempre, pero juntando las patas y durando un poco más. No pasa nada. Lo dominas. Adelante, ¡hale hop! —. Después de volver a tranquilizarse a sí mismo, Micifuci procede a saltar, de una manera casi inconsciente. 
Sólo dejándose llevar por la inercia del giro inicial y dejándose a merced del viento.
Sintiendo la caída, poco a poco, hasta ver acercarse las tejas del tejado de enfrente. 
Entonces, posa sus patas. En ese momento, ha terminado su ejecución. Micifuci se gira hacia su público, hace una reverencia y luego se hace a un lado. Trata de escrutar las caras de los asistentes, procurando descifrar en su expresión qué les ha parecido aquella pirueta. Los ve mantener los ojos muy abiertos.

Algunos incluso dejan que alguna pequeña lagrimilla se derrame y caiga de sus ojos al suelo. Micifuci sonríe. Sabe entonces que ha estado bien.
Bueno, bueno. Vale ya de contemplar a niñatos. Dejadme a mí —. Tornado trata de restarle importancia al asunto, y se sube a la barandilla para comenzar él también. Debe empezar lo antes posible su ejecución, para que los gatos asistentes olviden rápidamente la impactante pirueta de Micifuci. Sigue caminando por la misma barandilla por la que el anterior gato ha comenzado su espectáculo. Se balancea ligeramente de un lado a otro, demostrando la gracia y la elegancia de sus movimientos. A pesar de su enorme tamaño, Tornado es un gato grácil.
Salta hacia el borde del tejado con una “Media vuelta mortal”, lo cual lo hace granjearse la admiración de todos aquellos gatos que antes lloraban, emocionados por la destreza de Micifuci. Cuando se posa sobre las tejas, trata de enlazar el anterior salto con un “Triple mortal”, su paso especial y el más espectacular de todos los pasos que hayan podido ensayar alguna vez los gatos de aquella ciudad. 
Es entonces cuando pierde pie, y se cae. El golpe suena terrible. Una teja se ha roto. Tornado se retuerce sobre su espalda, gritando de dolor. Micifuci no lo piensa más. Acude en su ayuda, y lo carga sobre su delgado lomo.
¡Rápido, llamad a una ambulancia! ¡Puede haberse roto algo!
Micifuci, con Tornado a su espalda, salta del tejado abajo. Todos los gatos lo miran, estupefactos, pues Tornado es mucho más grande que Micifuci. Sin embargo, él no parece darse cuenta. Sus ganas de ayudar a su competidor le hacen olvidarse de todos sus males. Cuando llega abajo, el resto de gatos lo ayuda a cargarlo, aunque no por mucho trayecto porque la ambulancia se da prisa en llegar.

Querido amigo, has ganado tú —dice Tornado en la camilla del hospital unos días después, ya recuperado.


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