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lunes, 16 de noviembre de 2015

El país de la nieve que calentaba

Foto: Marta Santos
Sólo algunos ancianos lo recuerdan.

Como la mayoría de las maravillas del mundo antiguo, su existencia ha quedado relegada a meros mitos que se cuentan en las frías noches de invierno, al calor de una fogata. Pero lo cierto es que existió.

Hace muchos, muchos años, en un país que hoy se recuerda con el nombre de Serenuo, la nieve comenzó a calentar.

Corría el ocaso de la última glaciación. Las tribus de supervivientes recorrían el país de arriba abajo, en busca de un lugar abrigado que los protegiera del hielo atenazador que lo cubría todo. Las cuevas cada vez se hallaban más cubiertas de nieve y hielo, por lo que era muy difícil localizar sus entradas.

Las tribus fueron desapareciendo, una por una, en una lenta y vana lucha por la supervivencia que acabaron perdiendo. Algunas por la escasez de alimentos. Otras por la debilidad y el cansancio que hacía mella en sus músculos. Unas pocas, ante la imposibilidad de encontrar cuevas en las que abrigarse de noche y protegerse de los gélidos vientos que soplaban después del atardecer.

Llegó un momento en el que sólo quedaban tres clanes de supervivientes en toda la región de Serenuo. Éstos, presagiando su trágico e inminente fin, decidieron dejar de combatir contra los elementos y aceptar la situación. Estaban perdidos. Decidieron, cada uno en su lugar, realizar una ofrenda ritual en un claro del bosque, que preparara sus almas para el más allá.

Como si un imán los hubiera magnetizado, las tres tribus llegaron de un punto cardinal diferente a reunirse en el mismo claro del bosque a la misma hora. Las tres se sorprendieron al encontrar a los otros allí.

En otra circunstancia, su reacción hubiera sido pelearse por el territorio. Pero estaban demasiado cansados, agotados, al límite de sus fuerzas. Así que simplemente se observaron, y se dedicaron unos cuantos gruñidos amables, que significaban “te acepto”.

Allí, en ese claro del bosque donde se erigía un majestuoso y solitario dolmen de piedra, los tres chamanes se reunieron para levantar los brazos con los huesos de los últimos animales que habían comido. Oraban al dios de la abundancia, que los había abandonado, pero al que le ofrecían los restos de sus últimos dones como agradecimiento y como muestra de que aceptaban su destino de partir hacia el más allá.

Sus máscaras grotescas eran lo único que destacaba entre la impoluta nieve y los cuerpos desnutridos de sus familiares.

Cuando hubieron rematado el ritual y la oración siguiente, se tumbaron entre la nieve. Así era como pensaban morir: dejando de luchar, y permitiendo al frío que calase poco a poco sus ya frágiles cuerpos. Los niños estaban asustados. Se pegaban al pecho de sus madres, que los rodeaban entre sus brazos y los apretaban contra sí. Ellas habían aceptado estoicamente su destino. Los hombres también aparentaban entereza, pero por dentro estaban más asustados todavía que los niños.

El trágico final flotaba en el ambiente. El frío penetraba por doquier, y no había solución posible. Las glaciaciones habían durado tanto tiempo que habían borrado la esperanza. Ante los ojos de aquellos desprotegidos humanos, el mundo estaba condenado ya para siempre jamás a la oscuridad permanente y al hielo perpetuo.

Pasó una media hora. Los cuerpos de aquellos valientes permanecían completamente aletargados ya. El sopor los invadía, la inconsciencia no les permitía darse cuenta del alcance del momento en el que estaban metidos. El hielo había dormido hasta sus corazones. Por eso no se dieron cuenta del momento en el que el frío hielo comenzó a invertir su polaridad para convertirse en calor.

Fue un cambio gradual, muy lento, casi imperceptible. De los grados negativos se fue subiendo hasta alcanzar los 0° C. De ahí se fue aumentando paulatinamente: primero 1° C, luego 2° C, luego 3° C, más tarde 5° C, 10° C... Y así hasta llegar hasta los 37° C. El sopor que los había llevado a la inconsciencia continuó, pero esta vez para dormirlos. El calorcito que comenzó a templar sus músculos los llevó a un sueño de dos horas aproximadamente, en el que sus cansados cuerpos repusieron fuerzas antes de volver a despertar.

El primero en abrir los ojos fue un niño. Sorprendido, agitó el cuerpo de su madre, la cual respondió al poco rato abriendo también los ojos. Lo primero que hizo ella fue contemplar al resto de humanos que dormían a su alrededor. Un presentimiento se adueñó de ella: si ella y su hijo estaban vivos, los demás también debían estarlo. Así que le hizo señas a su retoño, y entre los dos comenzaron a zarandear al resto de sus congéneres.

Poco a poco, todos se fueron despertando. Cuando todos hubieron abierto los ojos, algunos comenzaron a aprisionar puñados de nieve entre sus manos, soltándolos después. Se habían dado cuenta de que la nieve ya no era un enemigo gélido que los paralizaría y contra el que debían luchar, sino que se había convertido en un manto acogedor capaz de proporcionarles el calor y abrigo necesarios para protegerse de los helados vientos.

Poco tardaría Serenuo en volver a estar habitado. Las familias de los supervivientes encontraban fácilmente abrigo y cobijo, por lo que sus fuerzas se reponían con éxito después de las cacerías, que cada vez eran más exitosas puesto que los animales también comenzaron a proliferar bajo la protección de la nieve cálida.
Con alimento y calor, las poblaciones humanas se multiplicaron. Además, Serenuo también comenzó a llenarse de otras tribus nómadas que emigraban huyendo del frío de sus respectivos países.

Aquel lugar se convirtió en un oasis de vida, que permanecería activo hasta que la última glaciación cesó y los hielos volvieron a retirarse a las montañas. Al contrario de lo que los más negros pronósticos auguraban, las glaciaciones tendrían su final al igual que habían tenido su principio.


La esperanza bajó de nuevo al planeta Tierra, y comenzó una nueva primavera. Una primavera que duraría miles de años.


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