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lunes, 8 de diciembre de 2014

Fdo.: Tu muñeca

Marta Santos. Serie "Fdo.: Tu muñeca", 2010. Acrílico sobre tabla, 50 x 50 cm
Aquí no arreglamos muñecas, sólo las fabricamos. Lo siento.”

Y los ojos pequeños y redondeados de aquel hombre me miraron con compasión, sin decidirse a decirme que me fuera. Yo me di la vuelta y desaparecí por entre aquellos deformes monstruos de metal, sin mirar atrás, para que no me viera llorar. Era la quinta fábrica de juguetes que visitaba, y allí tampoco podían ayudarme. También había probado suerte en jugueterías.

Aquí no arreglamos muñecas, sólo las vendemos. Lo siento”

Estaba claro. Las muñecas se hacen para jugar con ellas, y cuando se rompen y ya no juegan bien, se tiran a la basura para comprar otras nuevas. Es el destino. No hay manera de cambiarlo. Así que traté de volver a casa, por si aún había alguna otra solución. Tambaleándome ligeramente, atravesé las calles que me separaban de ti. Ignoré las miradas curiosas de la gente y traté de que el pelo ocultara mi rostro lloroso lo más posible (incluso yo puedo tener vergüenza, ¿sabes?). Tardé tres días en llegar. Andaba muy despacio por culpa de mi pierna rota, que me hacía tropezar de vez en cuando. Como me faltaba el brazo derecho, no podía parar el golpe cuando me caía, y las grises y frías aceras de la ciudad se clavaron incontables veces en mis mejillas, obligándome a detenerme de nuevo. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Pero al final llegué. Sucia y destrozada me planté ante la puerta de mi hogar. Ante tu puerta. El único sitio del mundo donde todavía, pensé, hay alguien que tendrá interés por arreglarme. Cansada y esperanzada, esperé un rato a que se me secasen las lágrimas. No quería que me vieras así. Entonces, apreté nuestro timbre con uno de los dedos que todavía quedaban en mi mano izquierda.

Y me abrió tu nueva muñeca.

¿Por qué?

¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me has cambiado?

No fui capaz de decirle nada. Ella me miró, con ojos de lástima, y me preguntó si quería una sopa. Yo le dije que no hacía falta. Las muñecas no comemos. Entonces ella, después de un rato dubitativa, terminó por cerrar la puerta. Y yo me senté en esta escalera, a pensar.

Está claro que ya no te gusto. Mejor dicho, está claro que nunca te he gustado. Si no, no me hubieras empezado a romper. O al menos, habrías parado de romperme en algún momento. Pero yo aún tenía una esperanza. Creí que si me mandaste a buscar arreglo, era porque querías que volviera. De hecho, lo hice, porque pensé que si nadie lograba arreglarme, tú lo intentarías. Pero a ti te daba igual. Sólo me quisiste para destrozarme. Muy bien, lo has hecho. Ahora ya no tengo otra opción. Separaré mi cabeza de plástico de mi cuerpo, me meteré en un contenedor con ella en el regazo, y me dormiré para siempre. Pero antes de eso, voy a meter esta carta en tu buzón. Quiero que sepas que yo a ti sí que te he querido siempre, y lo seguiré haciendo hasta el momento en que baje la tapa de ese contenedor. Sólo espero que esta carta sirva para que algún día te acuerdes de mí.

Fdo.:


Tu muñeca.

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