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lunes, 7 de marzo de 2016

La máquina de hacer arco iris

Foto: Marta Santos
Había una vez un niño que vivía al lado de un bosque.

Todas las mañanas iba a pasear entre los árboles con su perro. Un día, vio algo extraño moviéndose entre la maleza. El pequeño se acercó y se percató de que no se trataba de un pequeño jabalí o un zorro. Lo que allí bullía tenía la piel de intenso color verde. No hubo duda cuando el ser saltó del arbusto: era un duende. Un pequeño y malhumorado duende, de piel arrugada y traje verde oscuro.

—¡Cáspita! ¡Un trol! –exclamó el niño.
—¡Grsgrsgrs! ¡Trol será este bicho tuyo que no para de ladrar! –Por sus gruñidos, el ser parecía ofendido—. ¡Yo soy un duende!
—¡Un duende! –Exclamó el infante—. ¡Cuando lo cuente, no me van a creer!
—Es que no puedes contarlo –replicó el mágico personaje—. Si le dices que me has visto, me buscarán, me analizarán, experimentarán conmigo… y me acabarán matando sin proponérselo. Los de tu especie sois muy brutos. Lo que tocáis, lo destrozáis.
—He de reconocer que no muchos respetan la naturaleza –contestó el niño—, pero no todos somos iguales.
—Cierto, mas no puedo arriesgarme. He de volver a mi casa y tú no podrás verme nunca más. Sin embargo, te haré un regalo para que te acuerdes de mí.
—Oh, ¿qué regalo? –preguntó el chico con curiosidad.
—Te obsequiaré con una máquina de hacer arco iris.
—¡Una máquina de hacer arco…!
—¡Escúchame bien! –Interrumpió el duende—. Esta máquina solo, y repito, solo, podrá ser utilizada cuando llueva. Nunca la uses cuando haya nubes sin más, ni mucho menos en día soleado. Tiene que llover, ¿entendido?
—Sí, de acuerdo. Con lluvia.

Dicho esto, el duende hizo un extraño gesto con su mano y un artefacto surgió ante ellos. Se lo entregó al niño, no sin antes recalcarle que solo lo usara al llover, y desapareció entre los matorrales. El infante se apenó por no verlo más, pero guardó la máquina en el bolsillo y se dirigió de nuevo a su casa.

Pasaron los días, y el pequeño seguía emocionado por el regalo del mágico ser. Lo limpiaba cada mañana para evitar que el polvo lo dañase, y lo mantenía a salvo de otras personas que pudieran preguntar de dónde lo había sacado.

Sin embargo, discurrían semanas y la impaciencia se adueñaba del niño. Las lluvias parecían no llegar nunca. Según pasaron los meses, la impaciencia llevó a la desesperación, y el chiquillo ya no podía más. La situación llegó al límite cuando anunciaron sequía en la región. Cuatro meses habían pasado desde que el duende le regalara el artefacto, y la situación prometía prolongarse otros cinco meses más. Era insufrible.

Inquieto, el muchacho decidió utilizar la máquina. A pesar de la recomendación del duende, salió al porche de su casa, apretó el botón circular del aparato y esperó.
Al principio, el sol refulgía como si nada. Pero al cabo de un rato, pequeñas nubes aparecieron en el cielo, dirigiéndose hacia la casa del niño. No tardaron en reunirse varias, y su tonalidad se iba oscureciendo.

—¡Estoy atrayendo la lluvia! ¡Viva! –Exclamaba el pequeño, lleno de emoción—. ¡Ahora las nubes descargarán el agua, y vendrá el arco iris! ¡Hurra!

En efecto, un chaparrón torrencial se liberó en apenas unos segundos. Pero la situación comenzó a empeorar, porque acompañando al aguacero surgieron rayos y truenos. El niño se asustó. Corrió dentro de casa, olvidando la máquina de hacer arco iris en el suelo del porche.

Desde la ventana observó el temporal, y un ruido infernal atronó sus oídos cuando un rayo impactó contra el artefacto que le había regalado el duende. Al poco rato, la tempestad se disipó tal como había venido.


Entonces el chiquillo salió de nuevo al porche. Allí, unas cenizas eran todo lo que demostraba que alguna vez, la máquina de hacer arco iris había existido.

Los regalos de la vida son como un embarazo: al sacarlo antes de tiempo, el feto muere. 

Pero si esperamos nueve largos meses, nacerá la criatura más maravillosa que hayamos visto jamás.

lunes, 15 de febrero de 2016

Año 4000 d.C.

Imagen: Marta Santos

Había una vez un planeta llamado Tierra.

Dicho planeta había conocido muchas civilizaciones, e incluso a un ser llamado Jesucristo con el que medían el tiempo. Desde que dicho ser viviera en la Tierra, habían pasado más de cuatro mil años.

La civilización que ahora poblaba el planeta había sido muy primitiva en sus orígenes. Incluso habían torturado salvajemente al mismo Jesús al que después adoraban. Sin embargo, todo eso había quedado muy atrás, y ahora la Tierra vivía una época de esplendor. Desde el 2.800 d.C., sus habitantes habían dejado de matarse entre ellos y de comerse a sus hermanos los animales. Respetaban a las mujeres y a la vida, y no discutían si no era necesario. Comprendían que intentar quedar por encima de otro ser humano era absurdo, pues todos eran uno, y ninguno podía ser feliz si había otro que sufría.

Los humanos del siglo XLI habían comenzado a desarrollar la habilidad de la telequinesia, es decir, de mover objetos con la mente. También habían aprendido a comunicarse usando los pensamientos, con una ciencia que se conocía como telepatía. Todo esto les había llevado cientos de años, pero podía decirse que aquel lugar era mucho más pacífico y feliz de lo que había sido unos cuantos siglos antes.

Su conocimiento científico de la mente y del universo les permitía no solo practicar la telepatía y la telequinesia, sino curarse con esta misma energía mental. Es por ello que las enfermedades habían sido erradicadas hacía siglos. En las universidades enseñaban cómo manejar la energía de los pensamientos, cómo influía esta en el entorno cotidiano y cómo podían enfocarla para lograr lo que deseaban. Había carreras enteras dedicadas a estas cuestiones. Asimismo, habían desarrollado especialidades que estudiaban las leyes universales que regían el cosmos, tanto leyes físicas como espirituales. Nadie dudaba ya de la existencia de otros planos superiores al mundo material, y analizaban las interrelaciones que se daban continuamente entre estos planos y el mundo físico.

En esta época, además, los visitantes de otros planetas eran frecuentes, y cada sistema solar cercano tenía su propia embajada en la Tierra. Los terrestres también construían sus propias naves e instalaban sus embajadas por el espacio exterior. Todas las razas se respetaban entre sí sin importar el punto de la galaxia del que proviniesen, y abundaban las fiestas, espectáculos y eventos que reunían a representantes de toda la Vía Láctea.

Sin embargo, ninguna celebración interestelar podía asemejarse a las fiestas tradicionales que los habitantes de la Tierra consideraban sagradas. Entre estas podían contarse los equinoccios de las cuatro estaciones, en los que honraban a la Madre Tierra y al Padre Sol y les daban las gracias por seguir dándoles la vida en su baile galáctico. También estaban la fiesta de la tierra, la del agua, la del viento y la del fuego, utilizadas para reconciliarse con la energía de los cuatro elementos reflejada en sus propios cuerpos humanos. Otra fiesta, menos ritual pero también muy considerada entre los seres terrestres, era la de las flores. En ella engalanaban con flores las entradas y ventanas de sus casas, sus vestidos y sus cabellos, y cantaban y bailaban alrededor de una hoguera hasta que llegaba la noche.

Pero los mayores acontecimientos que gustaban de celebrar eran la salida del sol que se producía cada mañana, y la llegada de las estrellas que acontecía cada noche. Aunque eran fenómenos que se producían todos los días, los terrestres del año 4000 no dejaban de asombrarse por ellos.


En esos momentos tan maravillosos y asombrosos, todos se quedaban en silencio y oraban a la Fuente de vida universal.

La ciencia es aquella parte de la magia que ha podido ser explicada. (Jaime Garrido, arquitecto)


lunes, 8 de febrero de 2016

El osito de peluche

Foto: Marta Santos
Había una vez una niña llamada Lara que tenía un osito de peluche.

Lara quería mucho a su osito: jugaba con él, lo peinaba, lo vestía...
Un día, su madre decidió que el osito estaba muy sucio y necesitaba una limpieza a fondo, así que lo metió en la lavadora. Pero cuando lo sacó... ¡el osito se había roto! Sus costuras habían saltado por los aires, la pluma que lo rellenaba estaba desbordada y los botones que le servían de ojos habían desaparecido. La niña sollozaba al verlo. “¡Nunca tendré otro osito tan bonito!”, se lamentaba.

Sin embargo, a pesar de lo difícil que fue al principio, Lara se fue acostumbrando poco a poco a la falta de su osito. Jugaba también con otros muñecos, iba con sus amigos al parque y, poco a poco, acabó olvidándose del percance.

Así pasaron algunas semanas, hasta que llegó la Navidad. La noche de Reyes, Lara se fue a dormir muy temprano. Cuando se levantó, fue corriendo al árbol para ver si los Reyes Magos le habían traído algo... y efectivamente, al pie del abeto artificial se encontraba un hermoso regalo envuelto en papel de colores. Al desempaquetarlo, los ojos de la chiquilla brillaron con ilusión: ¡Un osito de peluche nuevo!

No era exactamente igual que el que se le había roto, pero su aspecto era muy similar. Tenia botones en los ojos, el mismo color marrón para su pelaje y unas orejitas muy monas. Lara lo abrazó, y luego se fue corriendo a junto sus padres para contárselo:

—¡Los Reyes Magos me han traído un osito de peluche! —exclamó.

Los padres la felicitaron y la animaron a jugar con él. Lara entonces se dio cuenta de que se había equivocado cuando pensó que nunca podría tener otro osito tan bonito como el que se había roto.

La pequeña volvió a estar tan feliz como cuando tenía el primer osito, y disfrutó mucho de aquellas navidades. Sin embargo, llegó el momento de volver al cole y Lara tuvo que dejar al osito en casa para asistir a su escuela.

El primer día después de las vacaciones se sorprendió al ver que una niña nueva había llegado a su clase. Era una niña morena, de largas trenzas castañas. Parecía que todavía no había hecho nuevos amigos, porque se encontraba sola en un rincón. Lara entonces decidió ir a hablarle e invitarla a jugar con ella.

—Hola, ¿eres nueva? —le preguntó.
—Sí. Mi familia acaba de venir a la ciudad, y todavía no tengo amigos aquí —respondió la niña de las trenzas.
—No te preocupes, puedes venir a jugar conmigo. Yo te presentaré a los demás. Por cierto ¿cómo te llamas?
—Andrea —contestó la niña nueva.
—Bien, Andrea, ¡pues vamos a jugar! —La invitó Lara. Sin embargo, se dio cuenta de algo—. ¡Vaya, he olvidado la cuerda en casa! ¿Tienes comba para saltar?
—No, la verdad es que no —negó la niña nueva.
—¿Y goma elástica?
—Tampoco.
—¿Y algún muñeco?
—No he traído ningún juguete —contestó Andrea—. Mi familia es muy pobre y no puede comprarme ninguno.

Lara se entristeció.

—¿No tienes ningún juguete? ¿Ninguno, ninguno?
Andrea negó con la cabeza.
—¿Y los Reyes Magos? ¿No te han traído nada?
—Los Reyes Magos nunca vienen a mi casa —explicó, con voz muy bajita, la niña de largas trenzas.

Lara sintió mucha pena por aquella niña. Ella se había puesto muy triste cuando se le había roto su osito de peluche, pero tenía más juguetes con los que divertirse. En cambio, esta niña no tenía ninguno. Entonces se dio cuenta de que había cosas mucho más importantes que un muñeco roto en una lavadora.

Ese día, Lara volvió a casa muy seria y muy callada. Los padres no pudieron averiguar qué le sucedía. La pequeña se limitó a coger el osito nuevo que le habían regalado los Reyes Magos y meterlo en la mochila.

Al día siguiente, la cara de Andrea se encendió de ilusión.


—¿Es para mí? —le preguntó a Lara cuando esta le ofreció su osito de peluche. Lara asintió con la cabeza—. ¡Gracias!

Cuando el corazón se rompe, es porque está creciendo y el pijama que vestía se le ha quedado pequeño.



lunes, 1 de febrero de 2016

La abogada bailarina

Ilustración: Marta Santos
Había una vez una abogada que quería ser bailarina.

Por las tardes, al salir de trabajar, se dirigía hacia una vieja escuela de baile. Llevaba acudiendo a esa antigua academia más de veinte años, desde que siendo niña su madre decidió llevarla allí para ayudarla a canalizar su pasión por la danza. Muchas cosas habían pasado desde entonces, incluyendo la elección de convertirse en abogada para poder ganarse la vida. Sin embargo, con los años, semejaba que en vez de ganarse la vida la estaba perdiendo.

Su trabajo le pesaba, le costaba arduos esfuerzos sacarlo adelante, y muchas veces tenía que coger vacaciones para poder sobrellevarlo.
Pero cuando bailaba, era libre.

Su cuerpo y su alma se despegaban del suelo y volaban con la música que amenizaba el salón de baile.

Fue por ello por lo que, cuando amenazaron con despedirla del bufete de abogados, se le ocurrió abrir su propia academia de danza.

Ella sabía que no podía hacerlo porque no contaba con el dinero suficiente, pero un deseo ardiente nacía de su alma cada vez que en su trabajo se lo ponían más difícil. La empujaban a escudriñar la ley minuciosamente para poder encontrar estrategias para defender a asesinos, violadores, estafadores y una serie de personas con las que a ella no le gustaría cruzarse por la calle. Gente que, a pesar de no tener corazón, sí tenía dinero.

La abogada con alma de bailarina se concentraba en terminar su trabajo lo más pronto posible, para poder ganar mucho dinero con el que montar la academia de baile que la liberaría. Olvidaba los problemas, los encuentros con los jefes, la desazón que le comía por dentro, y se centraba solo en acabar su tarea.

Pasaron semanas, meses, y hasta tres años. Nuestra protagonista comenzó a darse cuenta de que le llevaría mucho, mucho tiempo, reunir el dinero suficiente para montar esa escuela. Además, sabía que cuando la montase no todo iba a ser hermoso: tendría que conseguir alumnos suficientes para que fuera rentable y no tener que cerrarla. Tendría que llevar la contabilidad, contratar profesores, solventar los problemas. Y ella no tenía alma de empresaria. Ella quería vivir el baile.

Poco a poco, comenzó a intentar aceptar que no podría cumplir su sueño. Se olvidó de la academia, pero no de la danza. Esta seguía anclada en su corazón desde que era niña.

Un día, la directora de la vieja escuela de baile a la que acudía por las tardes, acudió a ella en busca de ayuda. Esperó a que terminase la clase y a que la abogada se acercase a saludarla antes de salir a la calle. Entonces le preguntó:

—¿Tendrías un minuto? Me gustaría hablar contigo.

Así fue como iniciaron una larga conversación, en la que la abogada supo que una importante constructora quería derruir el edificio de la escuela para construir un parking y un centro comercial. Legalmente no podían hacerlo, pero estaban presionando al ayuntamiento para conseguir los permisos.

La abogada se indignó. ¿Cómo podían querer cerrar aquella escuela que alimentaba los sueños de tantas personas, solo para construir un anodino centro comercial? No lo pensó dos veces antes de asegurar que haría todo lo que estuviera en su mano para defender a la academia en un juicio.

Se esforzó tanto en preparar la defensa legal de la antigua academia, que el juicio fue todo un éxito y la sentencia dictada por el juez prohibió tajantemente que pudieran construir nada en aquel lugar sin el consentimiento de la directora de la escuela.


En ese momento, el éxito iluminó la mente de la abogada: quizás no pudiese llevar un gran centro de baile, pero sí podría dedicar su trabajo a favor de la danza. Se convertiría en una abogada de escuelas, compañías de danza y bailarines profesionales. Haría lo que siempre había hecho, estudiar la ley, pero nunca más se dedicaría a defender a personas desagradables. Apoyaría al mundo del baile desde su trabajo actual.

Los sueños son la leña que alimenta el fuego de la vida.



lunes, 18 de enero de 2016

La fábrica de juguetes

Foto: Marta Santos
Había una vez dos hermanas que vivían en una aldea.

Las dos adoraban fabricar juguetes para los niños. A veces, cosían suaves muñecos que los acompañasen cuando fuesen a dormir. En otras ocasiones, montaban pieza a pieza casitas de juguete, coches y trenecitos. Todo lo hacían con mucho cariño, esperando que el destinatario de cada pieza tuviese una vida un poco más divertida.

Un día, una de ellas se enamoró de un muchacho muy rico. El joven la correspondía, y lleno de pasión, decidió construir una fábrica de juguetes para ella sola. La chica aceptó encantada: ¡Era lo que había estado soñando durante toda su vida!

Su hermana, mientras, seguía construyendo los juguetes a mano en el pequeño taller que las dos tenían en su casa. Cuando la noticia le llegó, se alegró por la hermana, pero se negó a incorporarse a la fábrica cuando estuviese terminada.

—No te ofendas, pero siempre me ha gustado construir los juguetes yo misma y vivir todo el proceso: desde que empiezo a tallar una peonza, hasta que termino de decorarla y se la entrego a un niño. Siento que ese objeto ha sido hecho por mí de verdad, con total libertad para decidir cómo elaborarlo. Ese juguete ya no es solo un cachivache: es también una expresión de mí misma.
—Pero así tardas demasiado, hermana, y no podrás llegar a miles de niños. Si vienes conmigo a la fábrica que mi amado me ha construido, tendrás muchas más facilidades. Con todas las máquinas que vamos a tener, el éxito está asegurado.
—Puede que tengas razón, pero prefiero trabajar aquí. Gracias.

La hermana no la entendió muy bien, pero no insistió más.

Al cabo de un año, una gran fábrica se alzaba majestuosa a la entrada de la aldea. Con sus múltiples aparatos, y varias decenas de trabajadores, pronto se convirtió en el lugar favorito de los niños para ir a encargar sus juguetes. La hermana del taller tenía cada vez menos pedidos, pero vendía lo necesario para poder subsistir.

La hermana de la fábrica estaba muy contenta: dibujaba un juguete, y al cabo de pocos días miles de ellos se vendían a los niños de toda la comarca. Pronto, todos los infantes del pequeño país en el que habitaba tenían por lo menos cinco juguetes suyos.

—¿Ves? —le decía a su hermana—. El éxito que estamos teniendo es enorme. Trabajo mucho menos que tú, y gano mucho más dinero. Si quieres, aún estás a tiempo de unirte.
—Cada día me despierto con calma —respondía la otra chica—, y veo el amanecer desde la ventana de mi habitación. Me deleito con los cantos de los pájaros mientras tomo el desayuno, y los sigo escuchando cuando me pongo a hacer los juguetes. Entonces, el sol entra con sus rayos en el taller y me ilumina mientras termino mi trabajo. No desearía sustituir los trinos por los ruidos de las máquinas, ni el calor del sol por la oscuridad y humedad de la fábrica.
—Como quieras —concluyó la hermana—. Pero así nunca llegarás tan alto como he llegado yo.

Aquella enorme factoría acabó siendo conocida en todos los países fronterizos, y los niños de su pequeño país rebosaban de juguetes. Había tantos, que la gente comenó a cansarse de ellos, y dejaron de comprarlos.

Solo unos pocos niños, que vivían en la aldea, seguían comprando los juguetes que hacía la hermana del taller con sus manos. Había menos, valían más dinero, pero ninguno era igual al anterior.

Al cabo de unos meses, el chico que había comprado la fábrica a su amada comenzó a impacientarse. Las ventas decaían estrepitosamente, y la factoría solo daba pérdidas. Así que, a pesar de las súplicas de la chica, que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para seguir construyendo juguetes, decidió cerrarla para siempre. Vendió la fábrica e invirtió el dinero en otro negocio.

Ella, desolada, volvió al taller. Se sentó al lado de su hermana, y contempló apenada todos los juguetes que esta había estado haciendo durante las últimas semanas. Ella ya no tenía una fábrica que pudiese iluminar los sueños de los niños. Así que, sin mediar palabra, cogió una aguja, un hilo, y se propuso coser el balón más bonito que hubiese confeccionado jamás.


Los castillos que otros nos construyen caerán con el tiempo, y nos dejarán ruinas.
Pero aquella cabaña que nosotros hayamos cimentado, podremos levantarla de nuevo cada vez que el viento la derribe.



lunes, 11 de enero de 2016

El informático que estudiaba medicina

Foto: Marta Santos
Había una vez un chico que adoraba la informática.

A pesar de ello, sus padres querían que fuese médico. Cuando llegó la hora de elegir sus estudios superiores, le dijeron que solamente le pagarían una carrera universitaria si elegía Medicina. El joven no tenía dinero para mantenerse por si mismo, así que no le quedó más remedio que acceder a los deseos de sus padres y matricularse en la carrera de Medicina.

Lo hizo muy a disgusto y con una gran pena en el corazón. Debido a esta gran contradicción en su interior, al chico le costaba mucho terminar su carrera. Suspendía asignaturas, faltaba a clase a la mínima, se retrasaba al entregar los trabajos... Eso lo conducía a un círculo vicioso en el que cada vez se sentía peor y le era más difícil sacar adelante el graduado.

Los padres le reñían y también se sentían muy disgustados, pues pensaban que su hijo era un vago sin remedio que nunca sería capaz de salir adelante en la vida.

El chico comenzó a pensar lo mismo que sus padres, y cada vez eran más frecuentes las tardes en las que se aislaba en su habitación y se refugiaba en su ordenador. Como actividad escapatoria, programaba aplicaciones que inventaba para las cosas más absurdas que se le ocurrían: registrar ausencias de los profesores en clase, crear bases de datos con los alumnos clasificándolos según la ropa que vestían, hallar una media de los días en los que sus padres le reñían más y relacionarlo con las fases de la luna para predecir qué días se iba a llevar las peores broncas...

También creó un programa para registrar su paga semanal y destinarla a los gastos que consideraba más urgentes. Este último programa, en concreto, le resultaba muy útil para llevar las cuentas de su situación económica personal. Por ello, creó una aplicación en su móvil con el mismo funcionamiento que el programa de ordenador, y la utilizaba todos los días.

Sus compañeros comenzaron a preguntarse qué era lo que el chico anotaba en su móvil cada vez que consumía algo en la cafetería de la facultad, que le pagaban algo que le debían o se encontraba dinero por la calle.

—Es una aplicación para llevar la cuenta de mi propia situación económica —respondía el muchacho.

La idea comenzó a gustar entre sus compañeros, y un día, uno de ellos le solicitó una copia de esa aplicación para instalar en su propio móvil. El chico le cobró una pequeña cantidad por ello, y se sorprendió mucho porque detrás de ese compañero vinieron más a solicitarle otras copias. El joven siguió cobrando por cada una de ellas, y comenzó a manejar una cierta cantidad de dinero gracias a la aplicación que había inventado por casualidad. El éxito de esta fue tal, que acabó poniéndola en internet para que cualquiera pudiese acceder a ella y comprarla.

Sus padres estaban gratamente sorprendidos. El hijo que pensaban que nunca iba a salir adelante en la vida, se estaba haciendo rico gracias a un programa que él mismo había diseñado.

—Hay que admitirlo —Le decía la madre al padre—. Este chico tenía un talento especial que no fuimos capaces de descubrir.

La situación llegó a su cúspide cuando el representante de una importante empresa de informática a nivel mundial llamó a su casa. Dijo que pretendía contratar al chico, pagándole una cuantiosa suma de dinero, para incorporarlo al equipo de investigación y desarrollo de nuevos programas.


El joven aceptó encantado. Nunca llegó a terminar la carrera de medicina, pero sí pudo graduarse en Ingeniería Informática con todo el dinero que llegó a ganar por su propia cuenta.

El secreto de la abundancia es no separar lo que te hace feliz de lo que te da dinero.


lunes, 4 de enero de 2016

El señor arrogante y el señor humilde

Foto: Marta Santos
Había una vez un señor arrogante y un señor humilde.

El señor arrogante vivía en una gran mansión y tenía mucho dinero, mientras que el señor humilde vivía en una pequeña cabaña construida por él mismo. Todas las mañanas, el señor arrogante pasaba por delante de la cabaña del señor humilde para dirigirse al mercado de valores.

—Este vago maleante ya anda robando chatarra otra vez —musitaba al ver una lavadora vieja que no estaba el día anterior—. Alguien debería encarcelar a esta gente, o como mínimo, obligarles a trabajar de verdad y hacer algo productivo.

Acto seguido, miraba su reloj de oro y apuraba el paso, para estar puntual cuando abriese la Bolsa y vigilar minuciosamente sus inversiones.

El señor humilde veía cada mañana cómo los transeúntes lo miraban con desprecio o con lástima. Él se sentía mal, pues pensaba que estaba defraudando a la gente y que era un estorbo. A veces creía que sería mejor si se marchaba de allí y se iba a otro lugar. Sin embargo, no tenía otro sitio adonde ir, así que seguía viviendo en su cabaña.

En la parte de atrás de esta, tenía montado un pequeño taller en el que todas las tardes se afanaba construyendo un artefacto. Para terminarlo precisaba muchas piezas, así que se pasaba las mañanas buscando en las escombreras electrodomésticos abandonados que le pudieran servir.

El señor arrogante, mientras tanto, vivía su mañana y su tarde en el mercado bursátil, esperando conseguir cada vez más dinero con el que ya tenía. Poco a poco, su fortuna iba creciendo, y el futuro se dibujaba muy próspero para él.

Pero un día, todo cambió. Una gran crisis económica produjo la caída estrepitosa de los mercados. La mayor parte de las empresas en las que invertía cerraron, y se quedó sin acciones ni dividendos. Tuvo que vender su gran mansión para salvarse de la bancarrota total, y conseguir algo de dinero con el que poder comer y pagarse el alquiler de un pequeño apartamento.

El señor arrogante también tuvo que empezar a buscar trabajo, y no fue cosa fácil porque en aquellos momentos había mucho paro. Sin embargo, había un negocio en el que sí estaban contratando gente. Se trataba de una empresa de electrónica, especializada en la producción de robots. Había tenido mucho éxito desde que el dueño lanzara un robot jardinero capaz de detectar la humedad de la tierra y regar cada planta según sus necesidades.

El señor arrogante envió su currículum a la empresa de robótica. No tardaron mucho en contestarle, así que una soleada mañana de esa misma semana pudo dirigirse hacia la sede de la compañía para realizar su entrevista de trabajo. Allí, un afable secretario le ofreció sentarse en una salita mientras esperaba al dueño.

El señor arrogante se acomodó en su silla y tomó entre sus manos un periódico. Tuvo que dejar de leerlo enseguida, porque el jefe de la empresa hizo su aparición. El señor arrogante se sorprendió, pues la cara de este le resultaba familiar.

—Pase, pase, no se quede ahí —le sonrió amablemente el señor humilde—. Siéntese en mi despacho, que estará más cómodo. La entrevista no le robará mucho tiempo.

Y así fue cómo el señor arrogante comenzó a trabajar para el señor humilde. Con el tiempo, se acabaron haciendo amigos, pues al señor arrogante comenzó a interesarle mucho la construcción de robots y admiraba sinceramente cómo el señor humilde había sido capaz de ingeniar tan útil artefacto solamente usando cacharros viejos.


El señor humilde, por su parte, admiraba la valentía que había tenido el señor arrogante para empezar de cero y buscarse la vida cuando la mayor parte de su patrimonio se había ido a la ruina.

Si hay Dios, confía en nosotros y nos aprecia a cada uno por igual. La prueba es que el sol sigue saliendo cada mañana para todos.



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