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lunes, 6 de septiembre de 2021

Reemplazando el trabajar por dinero por el cumplir la misión de tu alma

La manera en la que opera hoy nuestro mundo es como una cadena de esclavitud, en la que las personas son tratadas como objetos ("recursos humanos") que un jefe dirige. Las más altas aspiraciones son olvidadas, simplemente para conseguir dinero como fin y meta de todo. La gente se vende a las necesidades de los mercados, y buscan prosperidad abusando de otros que llevan sobre sus espaldas la carga de las tareas más pesadas, repetitivas y aburridas. La gente se olvida de su alma y de su ser interior para satisfacer las expectativas y los caprichos de aquellos para quienes trabajan para conseguir el dinero. Se convierten así en presas vulnerables para los que manejan la economía a su apetencia. Esto genera abuso, violencia, prostitución y adicciones, así como injusticia, corrupción, materialismo, competitividad, escasez... Crea un vacío interior que la propaganda consumista trata de llenar anunciando productos inútiles.

Una economía basada en recursos como la que propone el Proyecto Venus sería un estupendo comienzo para cambiarlo todo. Implica olvidarse del dinero y usar directamente los recursos naturales de la Tierra, puestos a disposición de todos, para satisfacer nuestras necesidades materiales básicas. Implica declarar la naturaleza como la herencia común de todos los habitantes de la Tierra. El agua, la electricidad, el alimento, todo como una propiedad puesta a disposición de todos los ciudadanos sin trabas monetarias. Simplemente porque los que manejan la sociedad se preocuparían por la gente, no por acumular poder y propiedades a expensas de los demás.

Los productos serían fabricados enteramente por máquinas, como ya sucede en muchas cadenas de producción en las que el trabajo humano está siendo reemplazado. Con los niveles actuales de tecnología, dicho cambio de modelo económico sería mucho más sencillo de lo que a primera vista pueda parecer. Debemos considerar, por ejemplo, la cantidad de casas y apartamentos vacíos que los bancos poseen después de haber desahuciado a la gente que no los podía pagar. Tenemos un montón de viviendas sin gente y también gente sin viviendas, todo por culpa del sistema monetario.




Una vez que se hubiera generado abundancia y todo el mundo tuviera sus necesidades materiales básicas cubiertas (techo, agua, luz, alimento, ropa...) la gente tendría tiempo para meditar y reconectar con su Ser Superior. Podrían comenzar el proceso psicológico de sanación de todas las heridas y traumas que el vivir en un sistema abusivo les ha causado.

De todas formas, no hay una receta mágica para cambiar el mundo. Es la tarea de todos y cada uno de los seres humanos que viven, respiran y actúan sobre el planeta. Estamos afectando nuestro entorno por la manera en la cual elegimos vivir nuestras vidas, por la manera en la cual pensamos y tratamos a los demás. Necesitamos dejar de seguir líderes y empezar a tomar responsabilidad por nuestro propio bienestar, por el bienestar de los demás y por el del ecosistema.

Para comenzar a cambiar nuestro modelo económico, necesitamos reformar nuestros valores. Estamos condicionados a trabajar como máquinas, siguiendo el reloj y el dinero. Vemos nuestros trabajos como algo que debemos cumplir para ser "un buen ciudadano". Sin embargo, muchos de nuestros "trabajos de buen ciudadano" están basados en la explotación de nosotros mismos, en la de los demás o en la del entorno en el cual vivimos. El valor real que dichos trabajos aportan al bienestar o mejora de la sociedad es completamente ignorado, y por supuesto, también el alma y el valor interior de la persona empleada. El mismo término "empleado" denota cómo se objetualiza a las personas. Como si fueran "algo" "empleado" para un fin (el que los que están por arriba manejando los hilos requieran y se les antoje). Como si fueran una simple herramienta.

Nuestras mentes tienden a seguir los esquemas fijos de productividad que hemos aprendido desde niños, y fracasamos a la hora de encontrar un trabajo que se adapte a nosotros, en vez de tener que adaptarnos nosotros al trabajo. Incluso las concesiones que la industria y las empresas hacen de vez en cuando, están basadas en esta concepción utilitarista y deshumanizada de las personas. Hemos olvidado el valor de nuestro Ser Interior. Hemos olvidado a nuestra alma. Hemos olvidado nuestra auténtica misión de vida, para qué hemos decidido encarnar en un planeta y tener una experiencia física. Somos mucho más de lo que se nos cuenta.



Ni siquiera tenemos trabajos que se adapten al entorno natural y real de nuestro planeta, al ecosistema que nos da la vida y que nos mantiene. Y la mayoría de los trabajos tampoco cumplen una función social, sino que se adaptan a lo que los amos del mercado, los jefes del dinero, requieran. De manera totalmente caprichosa y arbitraria.

Todo esto porque estamos convencidos de que así son las cosas y así deben de ser, porque nos han lavado el cerebro desde niños en la escuela, a través de nuestros padres, de los medios de comunicación... Así que ni siquiera nos molestamos en intentar algo diferente. 

Nuestra mentalidad es estática y cuadriculada. Pero podemos cambiarla.


Seguir programas fijos, o elaborar proyectos que evolucionan





El modelo de trabajo en nuestra sociedad siempre sigue el mismo esquema:


El jefe quiere conseguir un objetivo. Entonces detalla los pasos a seguir para ello, estimando cuánto tiempo, dinero y recursos necesita para cumplirlo. Entonces, el trabajo se fragmenta. Cada persona involucrada en el proyecto obtiene su tarea a cumplir, y se enfoca en ello sin necesidad de saber qué o cómo están haciendo el resto de personas involucradas. Todo en compartimentos. Sólo el jefe, el director, el presidente o el nombre que tenga, sabe y supervisa qué hacen los demás, y juzga si están cumpliendo la tarea que quiere o no. Si no lo hacen, los amenaza con el despido y por lo tanto la pérdida de ingresos con los que obtienen productos básicos de supervivencia. Obedecer al jefe se convierte, por tanto, en un asunto de vida o muerte (metafóricamente hablando). La voluntad de las personas queda anulada.


Esto genera un trabajo mecánico y despersonalizado en el que la gente no se considera ni como la autora del servicio ni como la beneficiaria final. Las tendencias y requerimientos de un mercado abstracto que pocos saben quién dirige o cómo o por qué se maneja así, deciden qué necesidades sociales se satisfarán y cuáles no. Si limpiar un río no da beneficios, no se hace. Si alimentar a los necesitados no da beneficios, no se hace. Si vender productos químicos venenosos y corrosivos da beneficios, se hace a gran escala. La gente se vuelve esclava del sistema y ha de obedecer a los amos de éste exactamente como se requiere, o los objetivos planteados por los jefes desembocarán en un fallo del sistema.


Esta rígida manera de trabajar no ofrece más incentivos que la propia supervivencia y el dinero. Necesita que toda la gente siga un programa fijo, como un reloj: empiezas a trabajar a tal hora. Haces esto, esto y esto. A tal hora puedes hacer un descanso de 15 minutos. Después haces esto y esto. Aunque termines antes, no puedes salir de trabajar hasta tal hora. Si no sabes qué hacer, pregúntale al jefe.


El trabajo, como resultado, se vuelve algo externo a la persona, algo que aliena a los individuos y les hace perder su identidad y su auténtica misión en la vida. Quiénes son en su interior, y qué han venido a hacer a este plano físico de la realidad. Por lo tanto, viven en un miedo constante de no ser suficiente y con una amenaza perpetua sobre su propia supervivencia, que gira en torno a cuánta satisfacción siente el jefe con respecto a ellos. Esto convierte a gente independiente en siervos dependientes y sumisos. La obediencia se idealiza como el valor principal, y las personas pierden la capacidad de una autocrítica sana (ya que el jefe es quien decide por ti si lo haces bien o no), del libre pensamiento para cuestionarse las tareas que están haciendo, para qué y qué efectos reales tienen, y la de comunicación con el resto de sus compañeros quienes también están involucrados en el mismo trabajo para evitar duplicación de tareas y aumentar la eficacia del trabajo. Nadie tiene por qué saber siquiera cuáles son las auténticas intenciones del director.


Estos programas fijos necesitan que la vida siga un patrón fijo que nunca cambie. Pero la realidad es... que la vida cambia sus patrones. La vida está en constante evolución. Y si nuestro trabajo no es capaz de adaptarse a la vida real y a los retos que siempre aparecerán en nuestro camino, fallará. Ni siquiera importa si toda la gente obedece al programa establecido como robots. Cosas y acontecimientos inesperados surgirán en el camino, y si no hay flexibilidad ni capacidad de adaptación a ellos, el programa naufragará.


Elaborar proyectos que puedan estar en constante evolución y mejora puede ser la solución. Como sociedad estamos en un cruce de caminos, y podemos aprovechar la oportunidad para empezar una nueva manera de trabajar que cambie las cosas para mejor, o podemos colapsar. La vida evoluciona. La vida no espera por nosotros. Si no nos adaptamos a ella, nos iremos quedando atrás.


Los proyectos que evolucionan se centran en los individuos y en sus necesidades. El trabajo está hecho para el individuo, no el individuo para el trabajo. Cada persona tiene una misión en la vida que su alma ha elegido desde planos superiores de conciencia, antes de empezar esta vida física. Esta misión de vida es sagrada y ha de ser respetada. ¿Qué te apasiona? ¿Cuál es tu afición? ¿Qué podrías estar haciendo durante horas sin darte siquiera cuenta de que el tiempo está pasando? ¿Qué harías si todas tus necesidades materiales estuvieran cubiertas?


¿Meditarías durante horas? ¿Pintarías? ¿Cantarías? ¿Bailarías? ¿Cocinarías? ¿Actuarías en obras de teatro? ¿Viajarías a explorar nuevos lugares? ¿Aprenderías otros idiomas? ¿Te implicarías con proyectos de protección y restauración del medio ambiente? ¿Charlarías con los ancianos solitarios del vecindario para hacerles compañía? ¿Escribirías? ¿Buscarías nuevas terapias de sanación física, mental o espiritual? ¿Diseñarías aparatos originales? ¿Practicarías deporte? ¿Buscarías o elaborarías información científica para compartir con el mundo? ¿Investigarías bandas criminales para traerlas ante la justicia? ¿Arreglarías motores de coches? (Sí, hay gente que ama los coches y no le importaría pasar el tiempo en eso). 


Hay un montón de gente con talento, y de gente que se enriquecería como público receptor de sus obras de manera gratuita. También hay muchas tareas sociales y medioambientales que necesitan voluntarios, y personas que se sentirían realizadas sabiendo que lo que hacen está ayudando a otras personas, sin necesidad de horario fijo. El obstáculo principal que se interpone entre la gente y sus trabajos ideales es... el dinero. Las grandes multinacionales, empresas y corporaciones deciden por todos nosotros qué se puede hacer y qué no, filtrando todo a través de sus mentes psicopáticas sedientas de poder y explotación del prójimo.


Específicamente, un proyecto que evoluciona es un proyecto que puede adaptarse a lo que sea que surja en su camino. Tenemos un equipo de 13 voluntarios para limpiar este río, por ejemplo. Tenemos la voluntad e intención de limpiar el río, y el río necesita ser descontaminado. No importa si necesitamos más gente para hacerlo más rápido. Podemos hacerlo más despacio. No importa si usamos herramientas más avanzadas o más rudimentarias. No hay presupuestos prefijados así que nos adaptamos a los recursos disponibles. Sólo queremos que la gente se sienta bien limpiando el río y que el río esté limpio. Si quieren poner música o tienen otras ideas para amenizar la tarea, está bien. Si quieren hacer una pausa temporal o definitiva en el trabajo, no importa. No pagamos sueldos por jornada laboral fija con una plantilla obligatoria. La gente puede unirse y desunirse en el momento que considere necesario. Gente abandonará y otra gente nueva se irá incorporando. También podemos comunicarnos con otros equipos de trabajo que estén realizando tareas similares en otras zonas, para compartir mejoras en los procedimientos. No hay competitividad cruel generada por los mercados; sólo deseo de solucionar los problemas reales.


Nuestro equipo es flexible y la gente comunica todo el tiempo sus inquietudes, sus necesidades, sus problemas y también sus ideas para mejorar y los éxitos que han logrado. Se sienten escuchados, siguen lo que les apasiona hacer y jamás son forzados a hacer cosas que no quieren hacer. No necesitamos a un jefe que vigile cómo marchan las cosas, porque constituimos una red de trabajo que funciona por sí sola.


En este tipo de sociedad, la delincuencia, las adicciones, la pobreza y la prostitución irán desapareciendo al esfumarse las causas que las motivan.





viernes, 28 de mayo de 2021

Antes de nacer hay que morir

 La muerte del Yo



El final se acercaba. Las fuerzas de la destrucción golpeaban su cara, deshaciéndola como polvo. Su identidad, todo lo que había sido, pensado y sentido hasta entonces, se desvanecía. Su vida se derretía, como mantequilla puesta al sol.




El dolor rugía contra su espalda, su cabeza, sus piernas, todo su cuerpo. Avisándola. "No queda mucho", gritaba el viento. Ella sonreía en su interior. Sentía sus células mezclarse con el aire. Cada átomo de su cuerpo se disipaba, entrelazándose con la atmósfera.

"Pronto volveré a ti", le cantó al sol. 

Esperó a la muerte, y le cantó una canción. Pero la muerte no obedecía. La muerte no está hecha para obedecer. Ella es libre de hacer lo que quiere. Así que se resignó. Esperó y esperó, escuchando las últimas notas de su propia música.

Luego se metió en casa, a seguir esperando. La niebla crecía; cada vez más grande. El umbral era claro, y sólo había que cruzarlo. Pero ella no podía hacerlo aposta. Tenía que ser la muerte quien la viniera a rescatar. "Cuando mi último aliento llegue, te contaré quién he sido en realidad" le confesó. Porque ella sabía que la muerte, aunque no viniera, la estaba escuchando.

Hizo sus maletas, mentalmente. Se despidió de todo y de todos lo mejor que pudo. Pasó el duelo para no tener que dejarlo para después. Así, cuando naciera otra vez, tendría los deberes hechos.

Sentía ilusión. Quería volver a ser parte del viento, a quien sentía como su amigo. El que le susurraba canciones. El que la acompañaba a todas horas, la inspiraba y nunca la dejaba sola. En su cuerpo no podía. Aún así, lo intentaba. Por eso dejaba que el silencio mezclara sus átomos con el viento. Y así, lo escuchaba.

Sabía que la despedida no era el final. Tan sólo la bienvenida. Sea lo que fuere que había detrás del umbral, estaba preparada para ello. Había estado preparándose toda su vida.

sábado, 4 de julio de 2020

La oscuridad

S/T. Marta Santos García. Acrílico sobre lienzo.

La oscuridad se cernía sobre el mundo a pleno sol. La ignorancia y la tiranía habían ganado la partida. El infierno se hacía más opresivo que nunca. Las cadenas de la prisión apretaban hasta sangrar.

Pero la gente, en la calle, sonreía.

Niños con las sonrisas amputadas. Expresiones humanas que se fundían en el más cruel y absoluto de los anonimatos. Las cadenas eran invisibles. Pero dolían más que nunca.

El aire oprimía.

Cada segundo de vida era una lucha por no sucumbir a las llamas del averno, que acabarían tragando todo. Ocultaban sus mañas con manipuladora hipocresía. Con su red de mentiras, devoraban el mundo hasta el final. Hasta que no quedase un instante de aliento.

Era imposible respirar.

Envenenaban los árboles. Asesinaban a las abejas. Contaminaban el aire. Preparaban inyecciones letales para condenar a toda la humanidad a muerte. Y se desesperaban por comenzar a ejecutar las sentencias. Los ejércitos estaban listos para comenzar la cacería. El enemigo, las personas. Cualquier humano que respirase y se moviese por encima de la esfera del globo terráqueo.

Sus alas eran las alas de la muerte. Sus plumas, aquellas que firmaban las sentencias a muerte de la humanidad.

Pero sonreían.
Ellos siempre sonreían.

No habría testigos. Ellos tenían el control. Cualquier rebelde sería perseguido hasta la total aniquilación. Sus pretextos se vestían con la más pura y luminosa de las virtudes, los ropajes más blancos para el esqueleto putrefacto de la muerte.

En el infierno silencioso, no digas una sola palabra.
Nadie te creerá.

Preparados para robar tu alma, elaboran en sus laboratorios las más inimaginables pócimas.
Quieren controlar al milímetro cada uno de tus movimientos hasta el final de tus días.

Pero no les vamos a dejar.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Cap lloc

Ningún lugar

Foto: Rafael Ribera Carballo
Volvía para casa.

Sin saber por qué, miró hacia atrás. Nadie le seguía.

El sudor de su frente volvió a aparecer, inflexible. Había pasado demasiado tiempo refugiado en la protección de una biblioteca, y ahora el miedo al mundo lo atenazaba.

No se acordaba de cómo eran los seres humanos.

En su infancia había visto algunos, y creía recordar que estaban dotados de brazos, y de piernas. Y en la mitad de su cabeza tenían ojos. Dos ojos, que siempre lo miraban, pero casi nunca con amor. A veces con frustración, en ocasiones con altanería, algún que otro momento con indiferencia. Pero nunca con amor. Esa calidez confortable solo existía arriba, en el mundo de los sueños y en el de Lo que Realmente Existe.

Cruzó la desértica calle.
En aquel mundo apocalíptico, el único transeúnte que producía sonido al arrastrar los pies sobre la acera, era él mismo. Y las ramas de los árboles murmuraban para acompañarlo, y para que no se sintiese solo.

Pero allí, en realidad, no había nadie.
Solamente estaba él, hasta el día en que descubriese que alguien más había sobrevivido al Gran Silencio.

Entonces se reencontraría con un ser humano, después de tantos años, y ya no sabría cómo comunicarse con él. Se había olvidado.

Tenía la sensación de que tenía que articular algún tipo de sonido, pero no estaba seguro. Al tiempo que meditaba en ello, su miedo se fue transformando en curiosidad. Quería conocer a alguien, hacía mucho tiempo que no sabía cómo era la sensación de mirar frente a frente a un ser como tú mismo.

Acariciaba con los ojos a los pequeños ratones, a los saltamontes, a las arañas. A todo aquel ser que se movía y que tenía vida propia, pero ellos no le respondían. Él se acordaba de que los seres humanos solían hacerlo. Eso era lo que le gustaba de ellos.

Que reaccionaban de un modo imprevisible. Nunca sabías si te iban a atacar, o si se iban a mostrar dóciles y sumisos, o si optaban por una reacción completamente distinta a las dos anteriores. Eso era lo que temía de ellos.

Él negó con la cabeza. No, no quería volver a ver a un ser humano. Pensar profundamente en ellos le había hecho volver a sentir miedo, y no le gustaba.

Aceleró el paso. Se sintió bien, y lo aceleró entonces un poco más. Terminó corriendo, para sentir el aire contra su pecho.


Definitivamente, se sentía bien. Y no quería volver a ver a un ser humano.

lunes, 15 de agosto de 2016

Na scéalta gaoithe inis

El viento contaba historias

Ilustración: Marta Santos

En aquel lugar, el viento siempre contaba una historia con sus susurros. Si estabas atento o atenta, podías discernir sus suaves mensajes rodeándote la oreja y narrando aquello que solicitaste oír desde el fondo de tu corazón. A veces consistía en claves para descifrar los sueños, en ocasiones desvelaba detalles de tu futuro o tu pasado, y en la mayoría de circunstancias se trataba de historias que estaban pasando en otros lugares del planeta.

Al viento le encantaba contar ese tipo de cosas. Disfrutaba conectándonos a unos con otros, y viendo que nos percatábamos de lo que sucedía a nuestro alrededor cuando nos veía dispuestos a escuchar.

El viento y la luz eran lo mismo. A veces el viento traía luz, otras, la luz era la que traía viento. Pero casi nunca venían solos.

“La tierra simboliza la materia, el cuerpo. El agua son las emociones. Yo, como aire, represento a los pensamientos. Y el fuego es el símbolo del espíritu. Este es el secreto que me pediste hoy saber, pequeña niña.”

María se divertía escuchando estos mensajes. Siempre le solicitaba algo nuevo al viento, porque la curiosidad era el alimento de su alma. Además, las historias que contaba el viento solían ser tan maravillosas como reales. El viento nunca contaba la maldad del mundo. Para eso ya estaban los telediarios. El viento prefería desvelar aquello que nunca se desvelaba, el amor, los viajes, las caricias, las risas, las aventuras, las locuras que desembocaban en nuevos avances para la humanidad, la esperanza, la compasión.

El viento recordaba a los olvidados, y también transmitía mensajes. Si alguien quería enviar algún recado a la otra punta del mundo, el viento salía más barato que whatsapp, porque no consumía datos. Además, el viento también era instantáneo. Y la mayor ventaja de todas: el viento te recordaba quién eras de verdad.


Por todo ello, si los habitantes de aquel lugar sentían una leve brisa, siempre se paraban a escuchar.

lunes, 8 de agosto de 2016

Hän

Ella

Foto: Marta Santos

Ella estaba muerta.

No se sabía desde cuándo, pero el hecho es que así era. Nadie se lo había dicho nunca. Ella vagaba por la casa, sola, pensando en sus cosas, y de vez en cuando atravesaba las paredes. Aunque no se daba cuenta.

Mascullaba su tristeza para sus adentros, y desayunaba su melancolía a cucharadas. Gemía lo desgraciada que era, y tan solo los muebles la escuchaban. Cuando alguien entraba por equivocación en el que había sido su hogar, ella ni siquiera lo veía. La puerta, clausurada para siempre por el que había sido su marido, estaba cada vez más desportillada. Su deterioro hacía que cualquiera pudiese entrar a husmear sin pedir permiso, profanando sus recuerdos.

Aunque ella no se daba cuenta.

Los pájaros anidaban entre las tejas descolocadas del tejado. El musgo invadía las grietas más recónditas de las paredes. Las telas de araña acampaban entre cada hueco. El estado de su morada era realmente lamentable, pero ella no se daba cuenta.

Alguna vez, alguien se percató de su presencia. Alguien, con extrema sensibilidad, se apercibió de sus paseos por la vivienda. De su ir y venir errático. De sus suspiros temblorosos. Alguien, alguna vez, supo que ella todavía estaba allí, anclada al pasado por costuras que solo ella podía desatar. Ese alguien intentó susurrarle que todavía tenía una oportunidad para estar viva, si caminaba hacia la luz.


Pero ella, una vez más, no se dio cuenta.

lunes, 1 de agosto de 2016

Ho guardato nel buio negli occhi

He mirado a la oscuridad a los ojos

Foto: Marta Santos
Virginia era exorcista.

Nadie nunca la consideró como tal, porque era una mujer y ni siquiera profesaba la religión católica. Es más, en la Edad Media la habrían quemado por bruja. Pero a mediados del siglo XX, simplemente la marginaban en el pueblo. Esta exclusión tenía lugar de puertas para fuera, ya que dentro de cada casa era la ayuda preferida a la que llamar cuando alguien comenzaba a comportarse de un modo extraño.

Ella hablaba con conocidos y extraños de su profesión, y regalaba su sabiduría a todo aquel que quisiera escuchar. Aunque, todo sea dicho, no había muchos. Quien más la escuchaba era Lucía, la hija de la costurera. A sus siete años, se recorría todas las tardes el camino que separaba su casa de la vivienda de la exorcista, y disfrutaba con atención todas y cada una de las palabras que Virginia le dedicaba.

“La oscuridad no nos hace daño. Es el rechazo a ella lo que nos acobarda, lo que nos hace aovillarnos en un rincón y apagar nuestra luz, escondiéndonos como ratones asustados.
Cuando integramos la oscuridad como una parte de nosotros y la iluminamos, nuestra luz cobra aún más fuerza que antes, y crecemos un poco más. Somos como pequeñas estrellas, como enanas blancas que se convertirán algún día en supernovas, en vez de al revés.

Entonces miraremos a la maldad a los ojos, y será ella quien nos tenga miedo. El fuego en nuestra mirada será ineludible, como el del mismísimo sol. Y el dolor se disolverá. La crueldad se convertirá en una criatura asustadiza. Gritará, golpeará paredes, se rebelará con toda la fuerza que robó durante siglos. Pero el muro de nuestro silencio será infranqueable, y acabará resignándose mientras le atamos las manos. Luego, cuando la encerremos en una celda pequeña y oscura, proferirá algún que otro juramento terrible cuyo eco se perderá en el vacío o rebotará contra ella misma. Entonces comenzará a golpearse su propia cabeza contra la pared con fuerza, intentando escapar o morir en el intento, porque la crueldad no tiene paciencia. Siempre quiere una solución rápida, o la muerte.

Puede que se golpee con tanta fuerza que ella sola se cause el óbito, o puede que sobreviva con las fuerzas ya muy mermadas. Entonces hablará con un hilillo de voz, aunque puede que todavía algún ramalazo de ira vuelva a hacerla proferir terribles rugidos. Pero ya nunca será la misma. En su agotamiento al recibir toda la destrucción que intentaba enviar hacia afuera, se convertirá en una criatura silenciosa.

En ese momento hay que ser fuertes.

No podemos apiadarnos de ella o tenerle compasión, aunque parezca débil, asustada o indefensa. Necesita años de soledad para que la luz vaya transformando muy poco a poco su interior. Si la sacamos inmediatamente por parecernos que ya ha cambiado, encontrará fuerzas renovadas para volver a dañar a quien se encuentre por el camino. El cambio se da primero en la superficie. Hay que dejar esa transformación en pausa para que ella misma vaya profundizando, solidificándose y haciéndose más firme.”


La pequeña Lucía mordisqueaba entonces con fruición la galleta que Virginia le había ofrecido, y que permanecía intacta desde el comienzo de la disertación. Una luz se encendía en sus ojillos castaños, y se reafirmaba para sus adentros en que de mayor quería ser exorcista.

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