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lunes, 15 de septiembre de 2014

Despertar

Ilustración: Marta Santos
Sabes que hay esperanza.

Él siguió sonriendo, como había hecho siempre. No había momento en el que él no sonriera.

Sabes que tienes alas –insistió—. Es hora de que por fin las veas. Has de elegir verlas. Has de sentirlas. En realidad, nada cambiará sino lo haces, porque la verdad es la que es y no puede ser cambiada. Pero tú seguirás siendo infeliz. Y ahora ya no quieres seguir ese camino. Lo has probado antes, y has visto que no es el que en realidad deseas.

Vale, ya está bien. Me has estado hablando desde la oscuridad de los tiempos, siguiéndome a cada paso que doy, en cada relato que escribo, en cada sueño que tengo. Ahora ya ha llegado el momento de saberlo de una vez. Es hora de que todas las verdades sean reveladas, pues como tales, no pueden permanecer ocultas por más tiempo. Dime, ¿quién eres tú?

Ella observó la perfección de su piel desnuda y transparente, el brillo que su cuerpo emitía, y esperó una respuesta. Quería saber qué era todo aquello de las alas. Quería saber quién era él, aquel ser tan perfecto, aquel ángel alado que siempre le sonreía.

Yo soy tú.

La sonrisa nunca dejaba de resplandecer. Y ella, por fin, comenzó a dejarse envolver por su brillo.

Soy lo que en realidad eres, tu Yo más profundo, el inconsciente del que hablan todos los psicólogos y el alma del que hablan todas las religiones.

Ella no dijo nada. Debía escucharlo por fin; por fin había decidido hacerlo.

Te he estado hablando continuamente, una y otra vez, porque tu destino es el mío. Tú eres yo, mi mitad femenina, mi mitad física; una parte de lo que he elegido ser. Tú también eres sonrisa, alegría, amor, un ángel. Te lo has estado negando desde lo que tú has llamado “oscuridad de los tiempos”. Pero ya es hora de que comiences a despertar.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Cementerio de maniquíes



Foto: Marta Santos
El sonido de sus pasos resonaba profundo por la enorme estancia. Elena caminaba con la respiración contenida, como queriendo, al retener su aliento, paralizar también todos los síntomas de vida que pudieran delatarla en aquella rebelión de lo inerme. Los maniquíes cubiertos con sábanas se crecían ante ella como fantasmas de juguete, estáticos y manifiestamente físicos. Elena no les temía. Apenas eran una extraña parte de la decoración de aquel lugar, en sintonía con las grandes lámparas de cristal y metal dorado que colgaban del alto techo, deslucidas por el paso de Cronos. Viejas glorias que prometían haber vivido épocas de esplendor, aunque sus promesas sonaran a derrota.

Lo que verdaderamente inquietaba a Elena eran los cientos de ojos sin vida que la observaban desde sus polvorientas cabezas de plástico. Había demasiados maniquíes sin sábanas, desprotegidos ante el desgaste y el ostracismo. Una marea de humanoides inanimados que le azotaba en plena cara con su despecho. —¿Por qué nos han abandonado?— parecían repetir. Estaban débiles, ajados, pero aun así conservaban una fuerza reservada durante décadas para reclamar, gritando en silencio, los motivos de su entierro en aquel gran sarcófago de paredes pintadas en color ocre.

Sus miradas herían. Elena no sabía cómo defenderse de su ataque. Tampoco quería hacerles daño, ni huir atropelladamente de aquel sitio para cerrar la puerta y dejarles solos durante otros cuarenta años más. Comprendía su desaliento, su indefensión, sus reproches lastimeros. Ellos sólo querían volver a estar entre los vivos, ser vestidos y cuidados, sentirse especiales. De algún modo, su situación no le era ajena. Ella también había vivido algo parecido alguna vez.

Por eso, se armó de valor y deslizó su mano suavemente por el rostro inerte que estaba más cercano a ella. Acariciándolo, tal vez. El maniquí no se resistió. Muy al contrario, parecía palpitar al ritmo de las venas de Elena. Estaba vivo, necesitaba ser salvado, y en ese momento se hizo más evidente que nunca. Puede que fuera una ilusión, pero a la chica le pareció que sus ojos parpadearon para confirmárselo. Entonces no lo dudó. Elena rebuscó en su bolso en busca de un pañuelo, apartando el móvil, el mp3, las llaves… Cuando al fin lo encontró, frotó la suave superficie de tela por encima de su humanoide de plástico. Poco a poco, la nube de polvo que iba levantando al hacerlo se fue precipitando hacia el suelo, como una fina lluvia primaveral.

En apenas diez minutos, estuvo listo. Su amante relucía como si ayer mismo hubiese salido de la fábrica. Elena, antes de llevárselo a hombros, echó un último vistazo al desolado cementerio de maniquíes, inquieto entre tinieblas invisibles para un ser humano. –Volveré a por vosotros, tarde o temprano— les dijo con la mirada. Ellos parecieron comprender, pues no presentaron oposición alguna. Sabían que las resurrecciones colectivas llevaban tiempo, y eso a ellos les sobraba. A fin de cuentas, alguien que no tiene vida no puede morir.

La chica atravesó la gran puerta de madera de caoba minuciosamente decorada. Depositó a su maniquí en el suelo y empleó gran parte de su fuerza en cerrar aquel portal a otro mundo. Entre los lastimeros chirridos de sus bisagras, la puerta fue sellada. Aunque no sería por mucho tiempo.

Los padres de Elena surgieron al poco rato de entre los pasillos de aquella gran mansión. Ambos tenían la mirada extraviada. El padre acarreaba tres bolsas de plástico repletas de objetos diversos sin identificar, y su madre, además de una gran mochila a la espalda, portaba un viejo álbum de fotos en el regazo. Al pasar a su lado, su padre pareció volver a la realidad.

Nos vamos, cariño.

Ella se unió a su paso cuasi imperceptible, formando así una improvisada procesión de cuatro. El maniquí, alojado en los brazos de Elena, respiró por primera vez en mucho tiempo.

¿Volveremos pronto? – inquirió la chica, rompiendo con tijeras un silencio de papel.

Claro. Tenemos que terminar de recoger las cosas de tu abuela— sonrió melancólica su madre—. Por cierto, ¿lo que llevas ahí es un maniquí de los de la tienda vieja?

Elena le dedicó una penetrante mirada de hielo.

No. Es mi novio.


La madre se asustó. En aquel momento, le dio la impresión de que los inertes ojos del muñeco habían parpadeado.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Las velas seguían susurrando

Foto: Marta Santos
No ves las sombras que arrastras detrás de ti, así que yo no puedo hacer nada.

Él respondió con un nervioso silencio, entremezclando las yemas de sus propios dedos. Su mirada caía en picado, apagada.

Te estás encadenando cada vez más al dolor, y ni siquiera te das cuenta. Sabes que sólo un milagro podrá salvarte, y rezas cada noche para que suceda, y escribes oraciones en silencio cada madrugada, y te postras con lágrimas en los ojos ante santos en los que ni siquiera crees. Y has venido a buscarme, pensando que yo quizás pudiese ayudarte. Pero no puedo, Calixto – sentenció la mujer de ojos parpadeantes, saboreando su nombre entre los dientes—. Ahora es demasiado tarde. La muerte está demasiado cerca.

Nunca he creído en supersticiones baratas –habló el chico de pronto, deshaciendo las telas de araña que comenzaban a tapiar su boca—. La muerte aún está lejos. La luna aún está en cuarto creciente para mí.

¿Ah sí? –Más que irónica, la voz de Teodora sonaba cansada—. Esperaba que dijeras algo así. Y espero que sepas lo que estás diciendo. La muerte no necesita que creas en ella para hacerte daño.

Calixto se levantó de su silla, arrastrándola con un ruido atronador. De pronto, parecía que la conversación ya no era tan íntima como antes. Aunque las velas siguiesen susurrando su luz. Aunque la noche continuase dibujando sombras.

Soy demasiado joven. Y fuerte. –El chico hizo una pausa, acordándose de Toribio—. Y no soy como él.
Sabes que él decía lo mismo –afirmó la mujer que saboreaba nombres.
Lo sé.
Pues entonces sólo me queda recordarte que, hace dos semanas, él dormía en tu cama…
—… y ahora duerme con la tierra y los gusanos. Eso también lo sé –replicó Calixto, altanero—. Pero si fuera así, no tendría por qué regresar y besarme con sus gélidos labios cada noche. A veces consigue que me asuste.

El chico estaba ofendido. La mujer era compasiva. No pudo menos que suspirar sus palabras:

Sigue teniendo miedo. Y sigue estando solo.

Calixto exhaló aire con fuerza, apagando la luz de los ojos de Teodora. No era un muchacho indulgente. La impaciencia se comía sus buenas intenciones como las venas se comían la suave piel de las manos de la mujer.

No tengo por qué aguantarlo, no voy a sufrir su suerte. Así que espero que me libres de su incómoda presencia. Me da igual que sea tu hermano.

Teodora cerró los ojos, agotada. Empezaba a cansarse de las sombras. Necesitaba tiempo para ella misma. Necesitaba respirar.

Está bien –murmuró.

lunes, 18 de agosto de 2014

Buscando el cielo

Foto: Marta Santos
(…) Atravesé miles de eternos océanos de fuego para llegar hasta ti… Cuando pensé que mi alma carbonizada no podría aguantar más, tu espíritu se cernió sobre las aguas crepitantes y me arrastró. Parecía un sueño. Las nubes yacían inertes en el suelo, y el sol era negro. Entonces supe que me había muerto. Gritaste sin voz, pero yo te escuché. Lloraste desolada en aquella roca partida, creyendo que nadie te oiría. Pero yo sí te escuché, amor. Los susurros que el viento arrojaba en tus oídos eran mis palabras. Sus bufidos etéreos eran mis caricias, intentando consolarte. No sé cómo no supiste verlo. ¿Acaso no sabías que en aquel lugar el viento no hablaba? ¿Es que no comprendiste que sólo podían llevarlo hasta allí las almas de los muertos? Mi alma, amor. La que no fuiste capaz de salvar. La que ahora, desde el cielo, te entrego. Mi alma, amor.
Fdo.: Etanael”

Úrsula suspiró. Dobló con sus finos y arrugados dedos el maltratado papel que ya comenzaba a amarillear, y lo guardó en el bolsillo derecho de su bata azul marino. Luego sujetó la empuñadura del oscuro bastón de madera de caoba y comenzó a caminar trabajosamente. El Parkinson que agitaba sus extremidades no era de gran ayuda. Pero el alma le temblaba más que los brazos.

Bajó la primera tanda de escaleras entre respiraciones irregulares. Al llegar al primer rellano saludó al señor Esteban, quien a sus setenta y dos años no tenía demasiadas limitaciones físicas como para estar en aquella residencia. Ni siquiera usaba bastón. El señor Esteban acompañó su saludo de un dinámico gesto con la mano derecha, acción que la anciana enferma evitó contemplar. Cuando se vive en un sótano lóbrego, un rayo de sol quema los ojos. Úrsula continuó esforzándose para llegar al comedor, bajando un escalón detrás de otro. Despacito. Uno, dos. Uno, dos. Otro. Otro más.

Su enjuto y mortificado cuerpo resonó como una caja de cartón llena de libros al estamparse contra el suelo. La sabiduría se derramó de su cabeza en forma de apagados regueros granates que se extendieron por los azulejos. No pasó demasiado tiempo hasta que las agonizantes llamas que aún flameaban lánguidas en sus ojos se extinguieran al fin. Si llegara a conservar algo de su aliento, Úrsula respiraría aliviada. Por fin estaba muerta.


Aquel funeral fue sobrio, como su vida. Carente de lágrimas, escaso en flores, limitado en expresiones de dolor. Sólo sus hijos y ella, unas caras enfrente de un féretro combatiendo en una lucha sin sentido por superarse en inmutabilidad. El viento sopló entre las hojas de los cipreses, meciéndolos entre sus poderosos brazos sin ahogarlos. El cabello de los tres descendientes de Úrsula comenzó a bailar una extraña danza a su compás, mientras los pájaros guardaban silencio. Hasta las nubes eran lúgubres ese día, vestidas de un gris oscuro estremecedor, avanzando lastimosamente por el cielo. Los presentes tenían los ojos apagados. Y en la mente, un recuerdo. Los jirones de una historia que ya nadie podría volverles a contar. La historia de alguien que se enamoró de un ángel.

lunes, 11 de agosto de 2014

Corazones rotos

Imagen: Marta Santos
Aquella mirada le dolía. Era la mirada de alguien radiante, que lleva una vida rosa y suave. Por eso mismo. No entendía cómo la felicidad podía juguetear entre sus largas pestañas después de aquel adiós que segó su alma. Se preguntaba cómo Laura podía invisibilizar su presencia con aquella naturalidad después de haber escupido sobre su nombre y atravesado su corazón con una lanza oxidada. Pero él nunca encontró la respuesta adecuada, se le escapaba al igual que el aliento que lo mantenía en pie.

Laura mientras tanto sonreía. Sonreía y paseaba con Ricardo, su nuevo novio. Cuanto más paseaba, más sonreía. Y entretanto, él se ahogaba entre tinieblas, aferrándose a antiguas promesas de amor escritas en humo. ¿A qué otra cosa podía aferrarse? Se lo había dado todo. Y ella, con frialdad aterradora, lo había envuelto en desprecio y lo había tirado al mar. Allí, en las profundidades submarinas, cubiertos por una fina capa de algas de color ocre, yacían olvidados sus amigos, su familia, su dinero, su esperanza...

Él caminó durante meses por las viejas calles de aquella sombría ciudad. Errático, enajenado, como un vagabundo solitario. Acarició a los perros sin dueño, pisó la hierba mustia... De vez en cuando, su mirada exploraba las aceras llenas de colillas, chicles pegajosos y migas de pan que le tiraban los ancianos a las palomas. Buscaba algo, aunque no sabía el qué. Sin embargo, nunca dejó de buscar. Fue por su rebelde insistencia que un día halló lo que anhelaba. En el suelo, medio oculto por una cajetilla de tabaco vacía, estaba su orgullo. Era todo lo que necesitaba para empezar otra vez de cero. Se juró a sí mismo que ninguna otra mujer volvería a destrozarle la vida, y alzó al fin su cabeza.

Logró trabajo, recuperó a su familia y a los amigos leales, e hizo otros nuevos.
Pero nunca dejó a otra mujer el espacio suficiente para hacerle daño.

Por eso nunca dejó que aquella compañera de trabajo lo amara. Nunca correspondió a sus cálidas miradas, ni a sus delicadas sonrisas. Rehuyó aquella dulzura que brotaba de su cuerpo como si de un sorbo de arsénico se tratase. Al fin y al cabo, ella era una mujer.

Por eso ella nunca fue feliz, acariciando ilusiones rotas y lanzando oraciones al viento. Sus alas habían sido quemadas mucho tiempo atrás. Ella no se fiaba de cualquiera, pero podía percibir que él era diferente. Era capaz de sentir el olor carbonizado que manaba de su espalda, por eso sabía que a él también se las habían quemado.Y por eso sabía que sólo juntos podrían curarse.

Cada tarde conversaba con la locura, diciéndole cuánto desearía abrazar su espalda deforme y besar sus monstruosas llagas. La locura era su amiga, por eso recogió su mensaje y se lo entregó al viento, para que lo susurrase en las tardes de otoño en el oído de su amado...

Puede que escuches un grito apagado en la noche lúgubre. También es posible que sientas una húmeda y fría lágrima deslizarse por tu piel. Oirás mis susurros en el viento, y entonces sabrás que era yo. Dibujando tu nombre con mi sangre una vez más. Dime, amor, ¿cómo es el tacto de lo intangible? ¿Cómo se vive flotando sobre la superficie del mar? Pruébalo. Está salado, porque es mi llanto el que te mantiene emergente sobre las aguas.
Yo soy quien te arropa al dormir para que no te enfríes.
Yo soy quien vigila tus pasos para que no tropieces.
Yo soy quien aleja el dolor para que no enfermes.
Vivo en las sombras, te espío desde la oscuridad. Siempre estoy presente, aunque no puedas verme. Cada amanecer beso tus párpados cerrados y me oculto cuando despiertas a la vida. Me avergüenza que me descubras, desnuda y culpable frente a tu lecho, por eso me disuelvo en el murmullo del viento... Pero no lo olvides: Siempre, siempre estaré a tu lado, cuidando de ti. Porque te amo.

lunes, 4 de agosto de 2014

El gusano

El gusano mordisqueaba poco a poco su hoja de lechuga. A menudo se sentía incómodo, inquieto, y algo se revolvía en su interior. No lograba discernir qué era lo que le pasaba, pero sabía que necesitaba un cambio en su vida. Estaba cansado de arrastrarse día y noche sobre la tierra y la hierba sin nada más a lo que aspirar, y cada día era como una losa que se cargaba pesadamente sobre su lomo.

Deberías recolectar granos de arroz, o pipas, o lo que sea. Si dedicases tu tiempo a aprovisionarte de comida, no tendrías tanto tiempo de perderte en pensamientos que no te llevan a ningún lado. Tu problema es la inactividad —le recomendó su amiga la hormiga. El gusano le agradeció el consejo.

Foto: Marta Santos
Sin embargo, él se sentía cómodo comiendo lechugas. No quería acumular montañas y montañas de comida que luego se pudrirían. Prefería coger de la naturaleza sólo lo que necesitaba. Y amaba perderse por sus propios paisajes mentales para poder construir su propia visión de la realidad.

A ti lo que te falta es brillar —opinó en cambio la luciérnaga—. Te entiendo, porque yo por el día soy un insecto vulgar y feo como tú. Pero por la noche me ilumino y soy la envidia de los demás insectos. Ningún otro me hace sombra. Tú eres un gusano especial, deberías encontrar la forma de brillar.

El gusano agradeció también el consejo de la luciérnaga, pero tampoco se sentía cómodo siendo el centro de atención. A él le gustaba arrastrarse libremente por donde quisiera, y percibir toda la riqueza de la naturaleza que se abría a su alrededor. Prefería ser el observador antes que ser el observado.

Vístete con bonitos colores —terció la mariquita—. Trabaja un andar refinado y no te arrastres, y conseguirás ser precioso y perfecto.

El gusano, cómo no, le dio las gracias a la mariquita por su consejo. Ella parecía feliz, al igual que parecían felices la hormiga y la luciérnaga. No obstante, su aspecto no era lo que más le preocupaba. Sabía que trabajar en él no lo aliviaría. Y aunque no quería arrastrarse, tampoco se sentía cómodo copiando los andares de la grácil mariquita. Él ansiaba volar, pero sabía que era un gusano y jamás podría hacerlo.

La pesadez en su estómago y en su alma se iba acumulando en el ánimo del gusano. Su apetito disminuía alarmantemente y los días transcurrían sin hallar una solución a su malestar. Sufría en silencio porque le daba la sensación de que nadie lo comprendía, así que comenzó a alejarse de sus amigos insectos poco a poco. Hasta que un día, llegó una mantis religiosa.

Tu actitud es indolente y vergonzosa. Te arrastras como el más ridículo de los bichos, y tu aspecto es asqueroso. Contemplar tu inmundicia me da hasta pena. Si quieres, te haré el favor te copular contigo y devorarte después. Deberías hasta agradecérmelo, porque no creo que nadie más se preste a hacerlo.

El gusano cayó en una profunda depresión. Se aisló completamente del resto de insectos y se construyó un caparazón que lo protegiese del exterior, de la saturación de ruido e insensibles opiniones de los demás. El gusano pasó días y noches en completa soledad. Quería ser él mismo y se aceptaba tal y como era. Incluso se creía capaz de llegar a ser mejor todavía.

Al otro lado del caparazón, escuchaba los comentarios que sobre él vertían los demás insectos. En ese momento comprendió más que nunca lo tangible y denso de su aislamiento.

Ese gusano es raro y antisocial — decían—. Después de lo inmundo de su carácter y aspecto, no sé cómo se permite el lujo de alejarse de nosotros, que somos los únicos que lo hemos querido a pesar de la repugnancia que suscita. En fin. Dejadlo que ya vendrá arrastrándose a nosotros, por la cuenta que le trae.

El gusano se topó de bruces con la cruel realidad: los demás insectos nunca lo habían entendido porque nunca habían tenido la pretensión de hacerlo. En realidad, sólo querían que los imitara y adulara, que reconociese que su condición de gusano era horrible y que le convendría adoptar el camino que ellos habían elegido para sus propias vidas. Querían demostrarle su superioridad, y nunca habían estado dispuestos a aceptarlo tal y como era.

La soledad, en ese entonces más que nunca, se convirtió en su mejor amiga y en su mayor aliada. Ella le mostró con claridad que no estaba mal ser un gusano, que mordisquear hojas de lechuga y observar la naturaleza eran auténticos momentos de felicidad. Comprendió entonces que la vida se esconde en los pequeños detalles, y que él, por sí mismo, podía decidir lo que quería hacer con ella.

Un día, los insectos escucharon unos ruidos extraños que provenían del caparazón del gusano. Habían pasado semanas elucubrando teorías y especulando acerca de qué era lo que pasaba por la mente del gusano, así que la inminencia de noticias nuevas sobre él produjo una gran expectación.

Allí congregados, aquellos insectos observaron lo imposible. De la crisálida surgió un maravilloso y arrebatador insecto alado, provisto de los más brillantes y espectaculares colores que hasta la fecha habían podido contemplar.

Sin mediar palabra, la recién nacida mariposa se alzó majestuosamente ante sus ojos y se alejó volando hacia las copas de los árboles.

Del gusano nunca más supieron.


Sé siempre tú mismo elevado a la máxima potencia, independientemente de lo que los demás te digan. Y piensa que cuando pisas a un gusano, pisas a una mariposa.

lunes, 21 de julio de 2014

En el precipicio

Imagen: Marta Santos
La luz del ocaso se desvanecía anaranjada entre las cimas de las montañas. Sentada en aquella roca rodeada de nieve, contemplando el infinito, ella… un pequeño ser humano pequeño y delicado… ella lloraba.

El viento congelado bailaba encima de la alfombra boscosa que se abría ante sus pies. Algunas nubes se cruzaban por delante del sol moribundo, durante aquel instante eterno. Atrapado entre el día y la noche, aquel sol que apenas brillaba se negaba a desaparecer, congelado en el tiempo como aquel viento que danzaba sin que nadie pudiese verlo.

Ayúdame. Ayúdame, o moriré…

Con las manos ocultando su rostro como un velo, ella pedía ayuda sin saber a quién. De vez en cuando, se levantaba de la roca y miraba hacia abajo, hacia la inmensidad que se abría ante sus pies. El vacío se le antojaba dulce; las rocas de la ladera y los árboles del valle parecían llamarla en silencio. Las demás montañas la observaban impacientes. Sabían que ella no tardaría mucho en saltar.

Ayúdame, por favor, ayúdame…

Ella creía estar sola, por eso se asustó cuando sintió cómo unos dedos largos y finos se cerraban sobre su hombro.

No necesitas ayuda.

La voz de él era firme, pero tan dulce como el vacío. Cuando volvió la cabeza, se sorprendió de la luz que lo envolvía. No sólo era su sonrisa, también era su cuerpo. La piel que lo recubría era tan blanca que parecía brillar.

Voy a saltar – contestó ella.
Lo sé.

El viento levantaba a veces su rubio cabello, pero él no parecía notarlo. Estaba desnudo, y sonreía.

¿No vas a detenerme?

Él no contestaba. Continuaba sonriendo.

He pasado horas en esta roca, implorando tu ayuda entre lágrimas. Y ahora que por fin te presentas ante mí, esperaba… esperaba que me dieras alguna razón para no saltar.

El viento seguía agitando su vestido, y eso comenzaba a fastidiarla.

Estoy aquí para animarte a saltar.

Entonces ella dejó de llorar. Sus ojos acuosos se abrieron por completo, y miraron por fin al frente, llenos de determinación.

Está bien. Saltaré. Ya lo había decidido.

Paso a paso, se fue acercando hasta el borde del precipicio.

Me hundiré en el abismo más profundo, devorada por la luz de este sol que nunca quiere dejar de brillar, sumergida entre sus débiles y moribundos rayos naranjas…

Los árboles parecían una confortable alfombra verde.

—…pereceré para siempre en este instante congelado, entre el día y la noche, entre la vida y la muerte…

Sus ojos observaban el invisible aire que le serviría de colchón.

Amor – la interrumpió él, con su sonrisa imborrable.
¿Sí?
No olvides abrir tus alas cuando caigas al vacío.

Ella vaciló.

Yo no tengo alas.

En ese momento, sintió aquellos dedos largos y finos deslizarse suavemente por su espalda, desde la cintura. Al llegar a la mitad, su tacto se hizo más difuso y extraño. Él acariciaba sus alas.

Así fue como ella despertó y se lanzó al abismo anaranjado, y voló entre las montañas con lágrimas de felicidad en los ojos, y sintió el viento sostenerla y guiarla con su baile cada vez más frío hacia el sol, que comenzaba a ocultarse entre las montañas para dejarle paso a las estrellas.

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